Novela de Federico Falco

El trabajo en el campo como cura al mal de amor

Tras la ruptura, Ciro escapa a un pueblo de la llanura de nombre Zapiola en busca de la reconstrucción emocional.

Federico Falco
Federico Falco
(foto Marcelo Bonjour/Archivo El País)

por Mercedes Estramil
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El protagonista y narrador de Los llanos es un escritor de cuarenta y dos años, abandonado de golpe por su pareja, otro hombre. En esa mediana edad debe afrontar el bloqueo afectivo y el creativo, y para eso va a la pampa, alquila una casa y se pone a lidiar con el trabajo del campo. Esa es la trama mínima que sostiene esta novela del argentino cordobés Federico Falco (1977) finalista en 2020 del 38° Premio Herralde de Novela y ganadora del premio Fundación Medifé-Filba donde compitió con libros de Selva Almada y Martín Kohan. En la tapa de la edición de Anagrama se observa una piscina de plástico delante de un brumoso campo alambrado: esa sensación de libertad, encierro, lejanía y limpieza es la que deja la lectura de estas doscientas y pocas páginas difíciles de soltar.

Escribir la pena. Un cuerpo apenado, ¿cómo se escribe?” se pregunta el narrador de Los llanos, que escapa a un pueblo de la llanura, Zapiola, luego de que su pareja de años, Ciro, puso fin a la relación. En Zapiola no hay mucha vida social: están los almaceneros y sus vecinos (el amable Luiso, su enojado cuñado, el misterioso Wendel), y lo que el personaje tiene para hacer es cultivar la tierra y ver pasar el tiempo, mientras trata de contar hacia afuera el relato quebrado que lo atormenta por dentro. La novela se organiza en nueve capítulos, correspondientes a los meses que van de enero a setiembre, y no puede no haber un guiño en esa analogía de gestación humana.

En medio de la congoja ansiosa por el abandono y la esperanza de que la tierra dé frutos, el protagonista trabaja, se ensucia las manos, y sobre todo recuerda. Los flashbacks introducen otro tiempo dentro del tiempo; algunos llevan a su infancia en Cabrera (igual que la de Falco, otro dato para dimensionar el grado de autoficción que pueda haber en la historia y que de todos modos no altera en nada su interpretación) y a las figuras de los abuelos que le contaban historias, del tío Tonito que lo paseaba en la vieja Ford y de los padres que elegían no ver la realidad; otros remiten a su ex, desde el tiempo inaugural del enamoramiento al del reparto del mobiliario. Decía Frédéric Beigbeder en El amor dura tres años (1997) que en el primer año se compran muebles, en el segundo se cambian de sitio y en el tercero se reparten. En esta novela de Falco no hay espacio para la ironía ni el sarcasmo; el dolor es omnipresente y se vive sin gritos ni anestesia. Apenas se da, a veces, espacio para un agridulce humor: “Por el camino, enfrente de casa, pasa un hombre en moto. Después, al rato, un hombre a caballo. Mucho movimiento en el barrio”.

En el presente del personaje está el lento trabajo de la quinta/chacra/granja, que transcurre análogo en laboriosidad y fracasos a la tarea también morosa y exigente de la reconstrucción emocional. Si en los relatos románticos la naturaleza prestaba su música de fondo al dolor o al ay de mí de los personajes, aquí es el hombre el que actúa sobre los elementos (en lo que puede) para restaurar su interior. Esperar que crezcan el zapallo, tomate, rúcula, perejil, papas, acelga, cilantro, pepinos, chauchas, coliflor, etc., implica también que sorteen el tiempo, la helada, la seca, las hormigas, el acecho de los chanchos u otros depredadores, y casi nada de eso puede controlar el personaje. Esperar que las gallinas pongan huevos. Que se seque la leña. Que el invierno pase. La soledad, que ha sido definida no como falta de compañía sino como necesidad de compañía, se hace menos densa a medida que el personaje actúa y comprende que todo lo que lo rodea de algún modo lo acompaña, y que él mismo y su rumiación son el refugio que lo contiene. Desde luego, Falco no pontifica sobre estos aspectos ni cultiva la autoayuda. La reflexión es implícita y nace de la carga de realidad del relato, que no endiosa el campo ni establece un contrapunto (falso, incompleto) entre la supuesta vida idílica de este y el estrés citadino, pero tampoco muestra la clásica del hombre de ciudad que no puede con las hormigas o los gusanos.

El resto de los personajes de Los llanos son criaturas áridas que guardan historias pero que, al igual que el protagonista, no las van contando por ahí. Él tiene la ventaja de poder contarlas por escrito. De esa otra vida le quedan esquirlas, pedacitos a modo de sentencias breves que recuerda como citas entrecomilladas de autores (Anne Carson, Olivia Laing, Hebe Uhart, Louise Glück, etc.), poderosas y fieles formas de la compañía. La experiencia le ofrece aprender lo que no sabe: “Me gustaría saber más sobre pájaros. Hubo una época en que los árboles eran para mí como los pájaros son ahora: árboles, solo un montón de árboles, una masa informe de árboles”. Poder nombrarlos es lograr ver de otro modo, identificar, diferenciar, saber; remontar la angustia del desconocimiento, que en el plano afectivo le juega en contra.

Nombrar la verdad. Algo que distingue a esta novela de Falco (la primera, si consideramos nouvelle a Cielos de Córdoba, 2011) es el modo en que aborda la historia de amor homosexual y su nivel de problematización. La relación entre Ciro y el narrador (que, igual que Falco, sabe de horticultura, es escritor y acaso se llame como él puesto que recuerda cómo grababa en las hojas el hipocorístico “FEDE”) no sitúa el homoerotismo como centro sino la relación humana. Es en la visibilidad hacia el afuera que el vínculo se refiere sin explicitarlo, en tres instancias. En una, el narrador se encuentra un excompañero de secundario en una estación de servicio y ante la pregunta de cómo anda responde “Yo bien, normal, como siempre”. Pero escribe que “acá nunca nadie escuchó siquiera mencionar la palabra Ciro”. En otra, la elipsis preside un diálogo demoledor con su madre, que niega antes de escuchar al hijo. En la tercera, con el padre, la eficacia de su estrategia narrativa y psicológica brilla cuando abandona la primera persona: “Entonces hacé lo que quieras, vos sabrás, dice el padre. Pero ni se te ocurra caer con un tipo al pueblo, ni se te ocurra andar contando por ahí cuál es la necesidad, qué tiene que saber la gente. Después frenan delante de la casa y el padre se baja y el hijo se va”.

En ese punto el lector ya sabe que la novela trata de una única cosa: el autoconocimiento, pero no como percepción de género o preferencia sexual, sino algo más hondo, anterior y superior a circunstancias y deseos. Los llanos cuenta en ralentí esa anagnórisis y la convalecencia del amor y el tiempo del duelo, que salvo en Hollywood, suelen ser largos. Leerla es obligarse a frenar.

LOS LLANOS, de Federico Falco. Anagrama, 2020. Barcelona, 234 págs.

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