Mercedes Estramil
UN DIRECTOR de cine japonés exitoso hoy en el mundo, Takeshi Kitano, señaló en el film Brother (2000) que los japoneses son -o al menos parecen- "insondables". En esa película el matón interpretado por Takeshi viajaba a Estados Unidos y su extraña amistad con un delincuente negro estadounidense era una ocasión apropiada para comparar la gestualidad de dos culturas; por supuesto el negro era locuacidad y movimiento, y el japonés inmovilidad y silencio. Cuando Sofía Coppola filmó Perdidos en Tokio (2003) los visitantes norteamericanos desbordaban una calma depresiva, inmunes a las ceremonias típicas y al mundo vertiginoso de un país ultramoderno. El cine de Akira Kurosawa exportó en sus títulos mayores la imagen de un Japón tradicional y por lo mismo exótico, donde lo formal era regla de oro. La modernidad lanzó al aire la pregunta del millón: cómo de la ceremonia del té, el ikebana, el origami, los kimonos, los suicidios al estilo harakiri, las geishas y los samurais, pudo derivar en pleno siglo veinte un Producto Bruto Interno de los mayores del mundo. Japón suena hoy a karaoke, budismo zen "marketinizado", alta tecnología y juventud a la deriva, y el lente de los cineastas jóvenes (Takashi Miike, Kiyoshi Kurosawa, Hideo Nakata) ve eso.
Sin embargo, la permanencia de aquellos productos en el imaginario cultural ha cimentado un repertorio de ideas (fijas) sobre la sociedad japonesa. Por ejemplo, que son disciplinados, trabajadores, sumisos, ritualistas, e inescrutables. Así como los orientales del Río de la Plata tenemos la "garra charrúa" y la "viveza criolla", construcciones que ya no sirven ni para explicar lo que somos ni para seguir adelante, pero siguen ahí, listas para usar.
INVISIBLES. Gestualidad japonesa, como lo advierte su traductora y prologuista, no es un diccionario de gestos. Su autor es Michitaró Tada (1924), un intelectual japonés especialista en literatura francesa y antropólogo, cuyo enfoque multidisciplinario aborda el espinoso asunto de la "identidad". Vinculados al tipo de estudio que realiza Tada, en Internet aparecen los nombres de Ruth Benedict y de Renato Ortiz, dos observadores extranjeros del mundo nipón. Benedict (1887-1948) fue una antropóloga norteamericana que estudió la cultura japonesa luego de la Segunda Guerra Mundial y terminó publicando un libro de culto: El crisantemo y la espada. Patrones de la cultura japonesa (1946). Lo hizo a pedido expreso del ejército estadounidense, que había ganado la guerra y sellado ese triunfo con las bombas atómicas, pero no entendía el proceder de sus prisioneros ni cómo un país tan militarista aceptaba sin vueltas una derrota aplastante y pasaba la página.
El brasileño Renato Ortiz (1947), sociólogo y antropólogo, separa los procesos de globalización tecnológica y económica y de mundialización cultural, y analiza cómo, atravesado por estos procesos, el concepto de identidad ha dejado de atarse a los conceptos de Estado o Nación. Su libro Lo próximo y lo distante. Japón y la modernidad-mundo (2000), censura la vieja división Oriente-Occidente, una construcción simbólica más que geográfica que ya no puede configurarse en el mundo actual. Japón -o más bien, el mito del Japón doble, el tradicional y el moderno- le sirve a Ortiz para quebrar las ideas de esencialidad y de unicidad de las identidades.
El análisis de Michitaró Tada no va tan lejos ni tan rápido. Gestualidad japonesa reúne una serie de artículos publicados en diarios de Tokio en los años setenta, dato que no hay que olvidar. Lo que se analiza ahí es el lenguaje silencioso de los gestos de la vida cotidiana, casi invisibles o involuntarios para quienes los practican, pero pasibles de una sanción social si se ejecutan mal. Gestos que son, más que una manifestación de psicologías individuales, una respuesta cultural. A medida que Tada los desarrolla, el lector que no ha visitado Japón se larga a cotejarlos con la información que el cine o la literatura proporcionan. Y es entonces cuando muchas conductas que en la sala nos hacen incomodar o reír o pensar "qué raros son los japoneses" encuentran su explicación, incluso si esta refuerza la extrañeza. Por ejemplo, el asentir continuamente con la cabeza, los largos silencios y el mirar hacia otra parte, las risas compulsivas o las repentinas explosiones de cólera. O el despojamiento visual de las habitaciones, la costumbre de sentarse en el tatami (alfombra de juncos), el caminar arrastrando los pies.
ELOGIO DEL CONTROL. Uno de los rasgos reconocibles destacados por Tada es el de esa "simpatía casi incoherente" por la que los japoneses asienten todo el tiempo como si estuvieran de acuerdo con lo que el interlocutor dice, una interpretación que no se sostiene, por ejemplo, a la hora de firmar un negocio, cuando se descubre que el asentimiento de cabeza no era un "sí" necesariamente. Tada lo atribuye a un mecanismo de empatía con el "otro": asentir es entonces una respuesta emocional y no lógica, que tiene que ver con el valor que la sociedad japonesa le da a la integración social. Lo mismo ocurre con la "imitación", un valor considerado positivo y constitutivo, importante como elemento de cohesión grupal y de transmisión y preservación de conocimientos.
Ese fuerte deseo de pertenencia grupal se convierte a su vez en fuente de problemas en medio de sociedades de consumo y con alta densidad poblacional. Para manejar esa tensión de hallarse entre extraños Tada señala la utilidad de gestos también reconocibles: bajar la mirada, caminar con la parte superior del cuerpo ligeramente inclinada hacia adelante. Posiciones que además guardan relación con un pasado feudal de amplia duración, donde los únicos que miraban fijamente eran los poderosos. Entre las formas imaginativas que la timidez encontró para romper el hielo, Tada destaca el antiguo y en sus comienzos religioso arte de los arreglos florales, o ikebana. El ikebana funciona así como intermediario comunicacional, en la medida en que expresa con delicadeza los sentimientos de quien lo realizó -en general una mujer- para que otro lo viera.
Todo esto lleva a uno de los rasgos más elogiados dentro de la sociedad japonesa: el autocontrol, ligado a la autodisciplina, al trabajo duro y la falta de autocompasión. El autocontrol transformado en modelo de vida y modelo social impone y justifica esa aparente tranquilidad y lentitud representados por ese Japón de película donde todo parece inasible, inamovible y milenario. La expresión directa de los sentimientos profundos o el apelar públicamente a las emociones se considera inscripto en la esfera del descontrol. En ese contexto hay comportamientos que si bien no pueden prohibirse no están bien vistos: recibir a alguien en posición acostada, reír de manera escandalosa, ponerse en cuclillas o bostezar e incluso llorar. Exhibir el cansancio, el aburrimiento, la debilidad o el dolor viajan a contramano de una cierta mítica del Japón, que Tada señala y de algún modo admira. Muchos de esos gestos incorporados al inconsciente colectivo no son más que remanentes de un pasado en el que tuvieron una funcionalidad precisa. El temor a la autoridad, por ejemplo, determinó una forma de mirar; las reverencias derivaron en un modo de sentarse; ciertas posturas del trabajo agrícola llevaron a caminar de tal o cual manera; e incluso la expresividad fija de las máscaras en el teatro Noh contagió al público un modelo de impasibilidad.
Gestualidad japonesa no revela -por suerte- cómo son los japoneses. Todo en el autor es aproximativo, es una explicación entre otras. Tampoco pretende ser más que un inicio, en el que falta justamente el baño de shock de la mundialización, después del cual ya no pueden existir postales típicas japonesas, ni de ningún otro lado.
GESTUALIDAD JAPONESA, de Michitaró Tada. Ed. Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2006. Distribuye Gussi. 277 págs.