por Ramiro Sanchiz
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Hay una manera muy simple —no necesariamente errada o poco productiva— de leer Bajar es lo peor (1995), la primera novela de Mariana Enriquez, recién reeditada. Consiste en entenderla como un trabajo promisorio que, pese a lo que desde algún punto de vista se pueda pensar como su “inmadurez” (la autora tenía apenas veintidós años cuando la publicó), ya anuncia temas u obsesiones que comparecerán de manera deslumbrante en trabajos posteriores, como la excelente Nuestra parte de noche (2019) o los cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego (2016). El catálogo incluye —entre otras cosas— la belleza andrógina, el olor a espíritu adolescente, el homoerotismo masculino, el vastísimo espectro del horror literario y cinematográfico, la poesía y la subjetividad romántica y el rock más radical u “oscuro”.
Indicios de horror. Pero hay maneras más interesantes de leerla. Si en su momento, como señala la propia autora en el prólogo a la reciente reedición, se la trató más bien como una novela de realismo sucio, el reconocimiento de claves relacionadas con el horror sobrenatural pronto se abrió camino. Por ejemplo, la belleza mágica o anómala de Facundo, capaz de erotizar o mesmerizar y obsesionar a quien lo contemple, o la atmósfera de ficción de vampiros (sus protagonistas Facundo y Narval parecen una reversión de los Louis y Lestat de Entrevista con el vampiro, de Anne Rice), o la recurrencia inquietante (que puede resolverse en clave digamos “psicológica”, aunque hacerlo deje sabor a poco) de los demonios que atormentan a Narval, comparables a los “cenobitas” de la serie de películas Hellraiser, en escenas que también parecen seguir una lógica narrativa asimilable a la del anime de horror.
Reconocer los indicios de horror sobrenatural, en cualquier caso, puede llevar a pensar otra vez a Bajar es lo peor: un anuncio de lo por venir, el establecimiento de una promesa. Pero podemos pensar también, alternativa y complementariamente, que vale la pena quedarnos en aquello de entender la novela como realismo, sucio o del tipo que se pretenda. En ese sentido, la representación de época (los noventas del menemismo argentino, los estragos del neoliberalismo) y el foco en ciertas escenas marginales —tema que Enriquez exploraría con todavía mayor intensidad en Cómo desaparecer completamente, su segunda novela, de 2004—, desde la prostitución adolescente hasta el tráfico de drogas, ensamblan un discurso poderoso sobre la historia reciente de Argentina y quienes padecieron sus males.
Así, los personajes de Bajar es lo peor, en su desmesura romántica y su pujanza expresionista (es imposible leer la novela sin sentirse movido por la urgencia que transmite su sintaxis, su ritmo, su insistencia en repetir matrices episódicas acumulando intensidad casi al límite del absurdo), se nos aparecen como del otro lado de un eficaz túnel del tiempo. Cabe preguntarse hasta qué punto esta reconstrucción de época o este meterse con momentos de la historia argentina reciente es un valor literario en sí mismo, pero esa pregunta debe comparecer ante otra más vasta, la que permite establecer una serie definida de valores orientados a una manera de entender lo literario como especificidad. La novela, en su momento, generó un verdadero culto no realmente distinto al que generan las ficciones de Enriquez en la actualidad, y en ese sentido, por parafrasear a Houellebecq hablando de Lovecraft, si eso es “escribir mal” —o escribir por fuera de cierta matriz de valoración o de cierta concepción de la literatura y lo literario— o escribir de manera inmadura o incipiente, entonces ¿qué podría importar escribir “bien”? La respuesta es, por supuesto, volver a traer a colación la pregunta por lo literario, a una mirada que intenta (no importa con qué rigor histórico: eso queda en manos de historiadores, no de novelistas) dar cuenta de una época donde la tensión entre la implicación personal y la mirada del narrador comporta un valor en sí mismo.
Entre partir y desaparecer. La novela Bajar es lo peor se deja leer desde 2025 como un episodio en la historia literaria de la producción de subjetividad adolescente y postadolescente en Argentina, además de ser como un testimonio ficcional de un momento histórico, o al menos la primera entrega de esa indagación y crónica, sobre todo si pensamos en Cómo desaparecer completamente, su segunda novela de 2004, como el momento en que Enriquez retoma esos temas y los trabaja con un foco más claro. En esta novela, de hecho, la crisis en la que está sumida la Argentina de comienzos del siglo XXI es conjurada bajo la dicotomía entre partir (como el hermano del protagonista, que migró a Barcelona) y desaparecer (término que, por supuesto, resuena a lo largo de la obra posterior de Enriquez con los ecos de los crímenes de las dictaduras del Cono Sur), como si ambos verbos diesen por sentado sus significados sobrenaturales y tramasen su propia forma de horror.
El hecho de que ese género esté involucrado de una forma u otra —porque en ambas lo está, y en Bajar es lo peor es difícil eludir el hecho de que la novela está casi todo el tiempo al borde de lo sobrenatural y de la violencia— solo añade una capa más de complejidad que devuelve a una visión de mayor alcance de la obra de Enriquez, en particular de su manera de usar los procedimientos y figuras del horror para incorporar la historia reciente de Argentina a su narrativa. Si buena parte de los noventa en la historia argentina fue una historia de horror, con Bajar es lo peor, Mariana Enriquez muestra un claro despunte de esa manera de leer esa década, de paso elaborando una efectiva reconstrucción de época y una ficción intensísima y apasionante.
BAJAR ES LO PEOR, de Mariana Enriquez. Anagrama, 1995/reedición 2025. Barcelona, 271 págs.