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por Darío Jaramillo
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El título completo de este libro de William Davies (Londres, 1976) es Estados nerviosos, Cómo las emociones se han adueñado de la sociedad, y en él hay una sensación nueva añadida al placer que proporciona la lectura. Mientras se lee, pareciera que las noticias que llegan en la prensa tuvieran la lógica enunciada por el diagnóstico que Davies hace del mundo actual, y que coincide con la letra del tango “Cambalache”, “el mundo fue y será una porquería, ya lo sé”.
Sus teorías parecen explicaciones de lo que uno no logra entender. Es más, y esto lo dice Davies, cuando las teorías dejan de ser un mero lente y se convierten en doctrinas, en dogmas, es cuando comienzan los problemas en forma de fanatismo.
Pues bien, Estados nerviosos es una muy congruente explicación de por qué el mundo está como está. Para reducir su teoría a una frase, lo que Davies dice es que el mundo cambió de paradigmas. Y lo primero que hay que argumentar a favor de este libro es que fue escrito tres años antes de la peste del coronavirus y, curiosamente, es una muy buena herramienta para entender las incongruencias personales y sociales de quienes hemos vivido este tiempo sin tiempos, siempre en presente, sin pasado ni futuro. También el gobierno de Donald Trump, todo, pero especialmente su patético final, desde que perdió las elecciones.
Paradigmas destronados. “El mundo moderno se cimentó en dos distinciones fundamentales, ambas inauguradas a mediados del siglo XVII: por un lado, entre la mente y el cuerpo; por el otro, entre la guerra y la paz. Las líneas de división en cada una de ellas empezaron a desdibujarse hace más de cien años. Como veremos, el nacimiento de la psicología y la psiquiatría a finales del siglo XIX acercó entre sí a la mente y el cuerpo y, en consecuencia, demostró cómo nuestros pensamientos están influidos por impulsos nerviosos y sensaciones. La invención del bombardeo aéreo a principios del siglo XX significó que la guerra incluía técnicas para aterrar y controlar a la población civil mucho más allá de los límites del combate. Ambas distinciones —entre mente y cuerpo, y entre guerra y paz— parecen haber perdido totalmente su vigencia en la actualidad y, por consiguiente, ahora sufrimos la intrusión del conflicto en nuestra vida cotidiana”.
Durante tres siglos largos (que ahora se sienten cortos) la humanidad, mejor, la cultura europea judeocristiana que se vende como la verdad, ensayó un mundo en el que la razón rige a la sociedad, el hombre comienza a experimentar con la realidad, a enunciar las leyes que la gobiernan y los comerciantes se aprovechan de la “objetividad” de los números. Los gobiernos se legitiman como árbitros para los conflictos, su oficio principal es, entonces, una sociedad en la que el individuo no tenga miedo de los otros individuos. A la vez, monopolizando la violencia, los Estados crean ejércitos profesionales para librar guerras contra otros Estados; durante este período la paz de la sociedad civil es la ausencia de agresión entre sus miembros, la gente cree en la ciencia, cree en que el Estado cuida de todos gobernando con criterios de razón.
El inmediatismo. De pronto encontramos que ese paradigma ya no nos gobierna, que esa lectura del mundo no pasa de ser un discurso para luego hacer exactamente lo contrario. Ahora nadie cree en las cifras, y la paz en todo el mundo, la paz cotidiana y de vecindario paradisíaco está contaminada de guerra, de guerra en abstracto y de pequeñas guerras: las palabras son bélicas, se hacen guerras contra el virus o contra las drogas. Y la ciencia no es tan impoluta, las afirmaciones que van por los altavoces pregonando la neutralidad de la ciencia y su vocación humanística se desmoronan ante los ojos de todos. Así como la guerra exige poner a su servicio la técnica, la realidad toda se convierte al inmediatismo. Todo para ya. Y, claro, la razón que antes se creía necesaria para doblegar las emociones y sus desmanes, se doblega ante las mismas emociones. En las relaciones entre el Estado y la sociedad ya no importa la verdad. La verdad puede inventarse para servir a cualquier causa. Qué pena, pero ese mundo ideal que forjaron tipos como Hobbes y Descartes, esa realidad que posibilitó el comercio y el mercado terminó doblegándose ante las necesidades del mercado y del comercio.
Verdad es lo que diga el mercado. “El mercado es, por lo tanto, un tipo de institución ‘posverdad’ que nos salva de tener que saber lo que está sucediendo en general (…). Desde el punto de vista de Hayek, el mercado hace lo que las elites intelectuales se niegan a hacer, a saber: tener en cuenta las emociones, instintos y opiniones de la masa de gente corriente sobre el terreno. Puesto que los expertos o los políticos no intervienen, los mercados poseen una cualidad populista anti intelectual. Y esto es bueno (…). Los mercados no son tanto herramientas para producir datos como para medir nuestras emociones. Ahí es cuando la fe en el mercado coincide con el populismo y el nacionalismo, puesto que todos estos credos contemplan la política como poco más que la coordinación de un público amplio a través de un sentimiento compartido”.
Imposible razonar. Reinan las emociones. Como cundo se disfruta del juego de mesa llamado Monopoly. Usted puede durar horas y la partida termina cuando uno de los jugadores se queda con todo. Lo que es notorio es que la historia del capitalismo, desde sus inicios en medio de una sociedad gobernada por leyes que no favorecían los negocios, pasando por el Estado liberal fabricado sobre medidas para comerciantes y prestamistas, esa historia culmina con un pequeño grupo, ínfimo, que es dueño de todo —el Estado incluido— y usted y quien esto escribe, ah, somos el mercado, meras fichas totalmente prescindibles: “En 2018 la mitad de la riqueza del mundo estaba en las manos de únicamente cuarenta y dos personas”.
Hasta el siglo XIX, la ciencia se libró del virus del mercado. “La ‘propiedad intelectual’ apareció por primera vez en la opinión jurídica estadounidense en 1845 y se extendió por Europa en la década de 1860. (…) El paradigma del saber experto del siglo XVII como algo que pertenece al público fue retado por una alternativa industrial en virtud de la cual la ciencia se transforma en una herramienta para generar beneficios”. La consecuencia es patética: “Si el valor del conocimiento reside primordialmente en el mercado, entonces el meollo de la cuestión es que una afirmación concreta sea vendible y no que sea una descripción válida del mundo” y “a medida que la ética del libre mercado se ha infiltrado en las esferas tradicionales de la erudición, esto ha provocado unos resultados desconcertantes. La vida académica se ha acelerado con la presión de publicar o de patentar los resultados de una investigación más rápido para poder reivindicar la propiedad de un área de estudio antes que nadie. En la competitiva prisa por establecer unos resultados, la calidad de lo que se patenta se ha resentido notablemente con el paso del tiempo”.
“El mayor logro del conocimiento científico y el gobierno moderno, que se remonta a mediados del siglo XVII, consistió en establecer una base para la interacción civil de la que se había eliminado la violencia. El límite entre la guerra y la paz era manifiesto y el respeto público por los hechos reforzó esa posición. En general existen diversas fuerzas en el siglo XXI que ponen a prueba ese límite, incluidas las tecnologías y las estrategias que desdibujan la distinción entre la guerra y la paz. Pero asimismo existen razones emocionales por las que esa línea se está difuminando. Parte del atractivo de la guerra, al menos en cuanto a idea, es que —al contrario que la sociedad civil proyectada por Hobbes— representa una forma de política en la que las emociones importan de verdad.
Actualmente los Estados participan en una serie de nuevas guerras que cada vez son más intangibles: la ‘guerra contra el terrorismo’, ‘la guerra contra la droga’, la ‘ciberguerra’. La sociedad civil y la democracia se conciben también como ‘guerras’, por ejemplo ‘las guerras culturales’ que dividen la política estadounidense desde los años sesenta. (…) A principios del siglo XXI, no se trata tanto de que ‘la guerra sea continuación de la política a través de otros medios’ aunque precisamente cada vez está menos claro dónde terminan los medios ‘pacíficos’ y dónde empiezan los ‘violentos’”.
Crispación. “La formulación de los conflictos políticos, culturales y económicos como ‘guerras’ es trascendental, y debemos examinar detenidamente por qué. Si queremos comprender cómo las sensaciones, el dolor y los nervios están organizando el mundo que nos rodea, necesitamos contemplar la situación desde dentro, comprender su atractivo y su lógica, así como su amenaza. No se trata simplemente de algo irracional o nihilista, sino que posee una racionalidad propia que desbarata muchos de los supuestos políticos y filosóficos del saber experto del siglo XVII para sustituirlos por otros. En lugar de la estricta separación entre guerra y paz postulada por Hobbes, hay una progresiva militarización de la política. Y en lugar de la estricta separación entre mente y cuerpo defendida por Descartes está la imagen de un ser humano provisto de instintos y emociones. Las técnicas civiles de recopilación del conocimiento tales como la contabilidad o las publicaciones científicas, son reemplazadas por las técnicas militares de recopilación de información de los servicios de inteligencia y por dispositivos de toma de decisiones en tiempo real. La verdad se alía con la valentía”.
“La sensación de que el lenguaje mismo se está utilizando como arma, tanto para socavar la confianza como para suscitar miedo, se ha generalizado con la expansión de las redes sociales y las prácticas de troleo que las acompañan. Parte del problema reside en que nunca sabemos dónde está el límite entre las palabras y la violencia. (...) Los negocios empiezan a adquirir el aspecto de una campaña militar en la que el subterfugio y el engaño son armas fundamentales y cuyo objetivo es destruir a los rivales en el campo de batalla”. Ludwig von Mises pensaba que “el capitalismo es afín a la guerra, una en la que quienes luchan en ese campo de batalla son emprendedores cuyas armas son el coraje, la innovación y el capital. Al igual que en la guerra, hay pocos hechos concretos en los que confiar y todo se reduce a la valentía, la estrategia y la intuición”.
Dominados por las emociones, por ese mismo hecho, quedamos incrustados, inmóviles en un presente continuo que se ha hecho manifiesto con la pandemia: “la cualidad esencial de las emociones —su inmediatez— es también lo que las vuelve potencialmente engañosas al generar una reacción desmesurada y miedo. Empresas y políticos sin escrúpulos han explotado largamente nuestros instintos y emociones para convencer de creer o comprar cosas que, con una reflexión más atenta, no habríamos creído ni comprado”.
ESTADOS NERVIOSOS, de William Davies. Sexto Piso, 2021. Madrid, 340 págs. Traducción de Vanesa García Cazorla.