por Juan de Marsilio
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En 1986, ya hacía diez años que el uruguayo Alfredo Fressia, poeta y docente de francés y literatura, residía en San Pablo tras su destitución por la dictadura militar uruguaya. Huía además del opresivo ambiente político del período de facto, y de la compleja y traumática asunción de su homosexualidad, proceso que culminaría en Brasil y del que este libro da cuenta en parte. En ese año publicó en portugués Destino: Rua Aurora que fue bien acogido por la crítica paulista y tuvo una segunda edición. En 1997 Fressia decidió traducirlo al castellano, proceso del que surgió un nuevo texto, Frontera móvil, que en homenaje a la poesía y la amistad reedita el poeta, diseñador y editor Gustavo Wojciechowski, alias “Maca”.
Poemas en prosa. En su tramo inicial y más extenso el libro oscila entre el poema en prosa y el relato, para dar cuenta del desarraigo y la nueva aclimatación que el exilio implica. No se cambia de país impunemente, ni tampoco de idioma, como reconoce el autor en la nota introductoria de 1997. Son textos de prosa elegante y juguetona, propia de un hombre que domina tres lenguas, que pasean por escenas sórdidas, paisajes urbanos bellos o anodinos y amores encontrados o desencontrados, heterosexuales o gays. Una prosa matizada por pinceladas de humor tierno, inocente,
Y la rua Aurora se llama Aurora, que es un nombre de señora gordita de cierta edad que hace visitas por la tarde y tiene siempre muchas cosas para contar.
Fressia no elude los aspectos sórdidos de la nueva realidad como exiliado, diez años antes de publicar Destino: rua Aurora. No los elude, pero los metaboliza en poesía, como por ejemplo, en el texto que, tras escribir que necesita “sueños y cines para no morir”, nombra los cinco cines que hay en su calle con sus respectivos programas, de los que el lector deduce que tres de las salas se dedican al porno y de las otras dos le queda la duda. Tras la enumeración, Fressia concluye: “Ahora sí, Dios sabe que estoy en paz.”
Por eso caben en estos textos amores canónicos y anómalos, un taxi boy que asesina al cliente, pero también otro que en un festejo popular se abstiene de ejercer porque está tocando el acordeón para deleite de la concurrencia y orgullo propio, o un encuentro entre varones en un baño público que termina con todos presos y uno de ellos muerto de vergüenza. En el viaje hacia la comisaría el avergonzado encontrará el amor de su vida, con el que comparte la pasión por la poesía, sobre todo francesa, y por el que se jugará cuando el padre del muchacho, honesto funcionario de correos a punto de jubilarse, repudia a su hijo.
Ingenioso y elegante. Sobre el final la prosa se vuelve aforística, y cada fragmento es redondo, perfecto, contundente, sea para provocar una sonrisa, sea para mentar algún dolor profundo y prolongado,
Hay que tener mucho cuidado para hablar de Montevideo porque es una ciudad de dolor. En Montevideo siempre se sufre un poco más que en el resto del mundo.
El tema del exilio se ve en dos de estos textos compuestos por breves cláusulas en prosa, que funcionan como díptico (“Aeropuertos/Aviso a los pasajeros” y “Montevideo, La Coquette”). El primero, ya desde el arranque, muestra el horror de tener que desarraigarse,
Los aeropuertos son un pacto de silencio. Yo no digo mi terror, tú no dices tu terror, él no dice su terror. Y se sonríe, como si hubiera alguna connivencia silenciosa. El terror, en los aeropuertos, provoca más sonrisas cómplices que diarreas.
Hay algo de pudor y coraje en ese disimulo, pero pesa mucho más el modo cruel y aséptico en que se prohíbe sentir y expresarse,
Las grandes tragedias se neutralizan en los aeropuertos. El piso brilla y el dolor no huele a nada. Cuando algunos lloran, las lágrimas se secan en el aire acondicionado.
En el segundo, la evocación de Montevideo —a la que, luego de la vuelta a la democracia, Fressia volvía año tras año—, revela esa ambigüedad con que la patria distante late en el corazón de muchos exiliados: es el lugar doloroso que forzó la partida y cuya memoria se vive, cuando no como una llaga, como una cicatriz, pero a la vez el lugar que se añora, porque allí se vivió la infancia, se configuró la identidad y se dejaron afectos, vivos o difuntos. En esto de que el exiliado se lleva consigo la patria de la que huye, hay en Fressia cierta influencia de Constantino Kavafis (1863–1933), el gran poeta griego de Alejandría, y en especial de su poema “La ciudad” en el que al exiliado que dice,
Iré a otra tierra, hacia otro mar,
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
el texto le responde que,
…la ciudad es siempre la misma.
Otra no busques —no la hay—
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
No obstante, en Fressia este tono pesimista se matiza, por un lado, por el vitalismo de la sociedad paulista que lo acoge y, por otro, con la distancia irónica con la que el poeta recuerda la ciudad de origen,
Los sábados, en Montevideo, se puede oír candombe. Con prudencia.
Cierran el libro dos poemas en verso libre y de estrofas breves (“Solís o la flecha” y “Tres Mesas del Sorocabana”) en los que el autor se muestra erudito, en certeras alusiones a Zorrilla de San Martín y Julio Herrera y Reissig, a la vez que lúdico y entrañable. El primero de los textos permite una reflexión sobre los cambios en el acercamiento a la literatura nacional en nuestras aulas: ya no se trabaja los poemas mayores de don Juan Zorrilla de San Martín —La Leyenda Patria y el Tabaré, alguno de cuyos mejores fragmentos se reproducía antaño en la contratapa de una prestigiosa marca de cuadernos escolares— por lo que para unos cuantos lectores menores de cuarenta años, entender algunas alusiones del poema referido a Solís requerirá lectura complementaria. Asimismo, el poema sobre el Café Sorocabana tendrá para las generaciones más jóvenes —que no pueden medir lo que han perdido— cierto dejo arqueológico.
Ahora que Fressia ya no vuelve año tras año, puntual, a ver a los amigos de Montevideo, se abre la oportunidad de que las nuevas generaciones de lectores exploren la obra de quien, cruzada ya la última frontera, sigue siendo uno de nuestros poetas mayores y que fue, de este lado, excelente persona. Esta Frontera móvil puede servir de inicio en ese viaje.
FRONTERA MÓVIL, de Alfredo Fressia. Yaugurú, 2023. Montevideo, 96 págs.