Revolución en un país musulmán

El día que Alá bendijo a la democracia

Con "La república era esto" la Primavera Árabe tiene su novela, una que aborda la intimidad de los protagonistas, y con una fuerte carga de erotismo.

Tahrir Square February 9 2011.jpg
Plaza Tahrir en El Cairo durante la revolución de febrero 2011.
(foto Jonathan Rashad)

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por László Erdélyi
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El 25 de enero de 2011 la plaza Tahrir de El Cairo fue ocupada por miles de personas pidiendo la dimisión de Mubarak, el dictador en el poder desde hacía casi 30 años. No fue un hecho aislado, sino uno más de la llamada Primavera Árabe, cuando la gente de manera espontánea se manifestó de Túnez a Siria, del Yemen a Libia, contra Estados opresores que ofrecían poca libertad y ningún futuro, sobre todo a los más jóvenes. Si bien en Libia resultó en la espectacular caída del dictador Gadafi, y en otros se terminó diluyendo, lo de Egipto atrapó la atención de Occidente. Su estatus de país árabe culto, rico, por ser El Cairo el sitio de donde emana la jurisprudencia sunita (la rama legal que más influye en el mundo árabe), y además porque los manifestantes pedían democracia, derechos y justicia en una región donde esos reclamos parecen increíbles, hizo estallar la imaginación de los bienpensantes occidentales. Pero en la plaza Tahrir no había nada muy organizado, solo rebeldía espontánea. Algún manifestante, sabiendo que el mundo los observaba, alzó un cartel donde decía “No somos Al Qaeda”, que todas las cámaras enfocaron. Aunque todos los egipcios allí presentes sabían que no eran Al Qaeda.

En 2018 el escritor egipcio Alaa Al Aswani publicó su novela La república era esto, un texto coral a lo Victor Hugo donde se narra lo que le sucede a múltiples personajes en esos días de 2011, desde aristócratas a mucamas, desde estudiantes revolucionarios a integrantes clave del gobierno de Mubarak. Por ejemplo Daina, la hija del ministro de seguridad, una joven estudiante de medicina muy idealista que apoya a los revoltosos, pero queda muy enfrentada a toda su familia que ocupa altos cargos en el decadente régimen de Mubarak. El autor, Alaa Al Aswani, es un activo defensor de los derechos de las víctimas de la revolución del 2011. Su duro cuestionamiento a un primer ministro en un debate en televisión, en febrero de 2011, llevó a la dimisión del mismo. La novela La república era esto está prohibida en Egipto y en casi todo el mundo árabe, y Al Aswany ha debido exiliarse. Pero antes de todo esto, de la revolución y su protagonismo y las amenazas que comenzó a recibir, él arreglaba dientes. Porque Alaa Al Aswany es dentista.

Para comprender el fondo de la novela hay, no obstante, una cuestión clave para quien la lee desde América Latina, o desde un país laico como Uruguay: cómo incide en las vidas privadas de estos revolucionarios el factor religioso. En esa región del planeta lo religioso condiciona lo político, incluso lo subordina o desprecia, más cuando actúan agrupaciones extremistas islámicas muy organizadas y militantes. En la plaza Tahrir las imágenes de televisión mostraban a miles de mujeres egipcias participando con su hijab (vestimenta que puede ser muchas cosas en el mundo árabe, pero allí era una declaración), y lo hacían con orgullo, de manera espontánea, mientras los Hermanos Musulmanes, un grupo radical islámico, seguía apoyando a Mubarak. Para ellos la mera presencia de mujeres era inaceptable.

Pecados abominables. Los personajes que construye Al Aswani revelan todas las contradicciones y paradojas posibles, lo que da cuerpo y matices al relato. “¿Cómo un musulmán devoto como el general Alwany veía películas porno?” se pregunta el narrador. El poderoso ministro del interior de Mubarak ya no sentía deseos por su señora, entonces se excitaba con esas películas y a continuación tenía sexo son su intachable esposa, Tahani, mientras seguía pensando en las imágenes porno. Ella accedía solícita porque así lo indicaba la religión, y él seguía siendo un musulmán intachable y devoto, pues así no mantenía relaciones fuera del matrimonio, algo prohibido. Ese acto de “alivio” para su cuerpo lo llevaba a cabo en las mañanas, antes de ir a trabajar al ministerio rodeado de guardaespaldas. Una vez allí participaba de sesiones de tortura a disidentes.

Daina, la hija, es lo opuesto, frontal y honesta a la hora de denunciar cualquier hipocresía. Es la hija dilecta del padre, quien quiso mandarla a estudiar a Cambridge pero terminó aceptando la universidad en El Cairo, hecho que él percibe hoy como un grave error porque le “metieron” ideas. El culpable es Jáled, compañero de Daina en la facultad. Así, la familia de Alwany ofrece un escenario de tragedia shakespeareana donde sucesivos hechos violentos radicalizan a Daina, que se pliega a los revolucionarios. Su padre estalla; “no tenemos más remedio que reconocer” confiesa dolorido a un grupo de militares y religiosos, “que algunos jóvenes han importado ideas extrañas a nuestros valores, a nuestra religión y a nuestra sociedad. Los jóvenes de Facebook y Twitter son los que han aparecido como plantas extrañas en nuestra buena tierra”.

Entonces un sheij interviene. “—¿Quién inventó Facebook? Sionistas y masones, Dios los maldiga. Quieren acaban con la comunidad musulmana”.

Matrimonio concertado. Otro personaje que crece en la novela es el de Asmá, una mujer joven, docente y perteneciente a una familia tradicional musulmana. Establece una relación epistolar vía email con Mazen, otro joven revolucionario, a modo de catarsis. Ella le cuenta de las maniobras de su familia en pos del matrimonio concertado. “Presionan hasta que accedo a ver al pretendiente. Yo me niego y discuto, pero al final no tengo escapatoria. Entonces viene a nuestra casa, elegante, arrogante y nos tranquiliza con su bolsillo rebosante de billetes. (...) Tras alardear de su patrimonio, el novio comienza a examinar la mercancía, o sea yo... Siento sus ojos revisando mi cuerpo meticulosamente, y sin prisas. Y no hay nada que reprocharle. El hombre va a pagar una cuantiosa dote para poder disfrutar de mi cuerpo —así se describe el contrato matrimonial en algunos libros de jurisprudencia islámica— y, por lo tanto, ¿acaso no está en su derecho de examinarlo con sus propios ojos para para cerciorarse de que invierte su dinero en el lugar correcto? (...) ¡Qué humillación siento entonces, Mazen! Es como si fuera un ser insignificante sin dignidad, un producto expuesto en una vitrina”. Entonces llega el turno de Asmá, que le pregunta al pretendiente, “¿Te sientes satisfecho con la tortura de inocentes por parte de la Seguridad del Estado, o con el fraude de las elecciones? ¿Estás de acuerdo con el traspaso del poder de Mubarak a su hijo Gamal, en herencia, como si Egipto fuera un corral de aves?” Luego le aclara que jamás va a usar el hijab, y que va a participar activamente de las organizaciones que se oponen al régimen. El pretendiente huye despavorido.

El padre de Asmá, Zanati, aporta una jugosa historia que hará las delicias de todo uruguayo que vive en edificios y que, cada tanto, debe soportar el vejamen que significa una asamblea de copropietarios. Vive hace 20 años en Arabia Saudita y desde donde mantiene a la familia, pues posee un jugoso contrato. Comparte un apartamento con otros hombres para bajar costos. Uno de sus compañeros empezó a tomar su café, a escondidas, lo que desató su ira divina, invocó leyes coránicas y hadices del Profeta, y hasta amenazó con denunciarlo por su “abominable acción”. El perpetrador achicó, pidió perdón y casi se suicida. Pero fue solo el comienzo. La administración del edificio decidió que había que pagar el mantenimiento del ascensor entre todos. Algo lógico, pero Zanati se negó. Entonces la administración le puso llave al ascensor y Zanatti se las arregló para romper la cerradura, una y otra vez. Al final cedieron y abrieron el ascensor. La última batalla la libró contra el pago igualitario del consumo de agua, cuando había clínicas en el edificio que consumían mucho más (él nunca la había pagado, era un deudor contumaz). Movilizó a los demás, convenció a otros copropietarios, y tras un gran alboroto contra el administrador, logró la victoria y, simpatía mediante, también que le perdonaran su deuda con el edificio. Zanati, un auténtico chanta, dejó a medio edificio enojado, aunque luego los saludaba de forma cordial en la mezquita.

Vida pública, vida privada. El 25 de enero la gente tomó la plaza Tahrir y las manifestaciones cundieron por todo Egipto. Luego las fuerzas de seguridad dispararon balas verdaderas para reprimir, mataron jóvenes, y más tarde, para no quedar expuestos, enviaron matones a sueldo a golpearlos. El 11 de febrero dimitió Mubarak y todo fue algarabía, o casi todo. Pronto se dieron cuenta que nada iba a cambiar y volvieron a la plaza, y los que también vinieron fueron los Hermanos Musulmanes que aprovecharon la situación y negociaron con el gobierno pero por detrás. Luego los Hermanos ganarían las elecciones parlamentarias y presidenciales en 2012 con Mohamed Morsi, en la primera victoria electoral de un candidato islámico como jefe de Estado. Pero duraron poco. El propio presidente, en un gesto de intolerancia inaudita, amenazó de muerte a la oposición. “La cultura islámica, que te predispone a la tiranía” reflexiona un personaje. El ejército los derrocó un año más tarde y llamó a elecciones anticipadas, instalando así una realidad política donde las fuerzas armadas siempre están y, en última instancia, son un actor secular opuesto al radicalismo religioso, no solo en Egipto, sino en otros países de la región.

Pero de esto hay poco en la novela. El foco de atención son las lealtades familiares, laborales y religiosas de los personajes, algo que el autor, Al Aswani, va desmadejando con inteligencia, porque dichas lealtades condicionan la relación con el poder, y en última instancia, con la forma de hacer política. Decía Samuel Huntington que uno de los factores de debilidad de las democracias en Oriente Medio se debía a que el jefe de familia tenía más poder en las decisiones de vida de un familiar que un ministro de gobierno. El clan pesa más que el Estado. Por lo tanto, el espacio de lo público, el de la república, el de las cuestiones que conciernen a todos, siempre será débil. Y corrupto. Casi todos los personajes de la novela braman y se enojan contra la corrupción de los poderosos en Egipto. Tiran piedras, arriesgan sus vidas. Pero la denuncia sigue siendo una cuestión abstracta; tienen una idea vaga del por qué, pero también intuyen, en el fondo, que son parte del problema. Por eso Al Aswany no se queda en lo obvio y hurga en la psicología de cada uno de los personajes exponiendo así, desde una perspectiva íntima, las dificultades que hay en el mundo árabe para construir ciudadanía.

Pero además la religión por esos lares es algo bien diferente a como la siente un lector rioplatense. Mientras que para un uruguayo o argentino la religión es un acto de fe, en Oriente Medio tanto para el Islam como para el Judaísmo la religión es un sistema de leyes que lo determinan todo, desde lo que uno come, pasando por lo que uno viste y sí, hasta cómo uno actúa en temas de sexo. No es “fe”, es ley y pertenencia. No es “elección personal”, es ley, incluso por encima del Estado. Ley como palabra divina, claro, pero ley con todo lo que implica, jurisprudencia, principios de deducción, precedentes, un mundo de conceptos, y más.

Este cruce de lealtades religiosas y seculares puede ser trágico. El personaje que mejor lo encarna es Nuhrán, la conductora de televisión, una mujer muy expuesta y de intensa vida pública. Para no ser atacada debe ser muy observante de los preceptos islámicos sobre la vida en pareja. Además es muy bonita, y por lo tanto, muy deseada, lo cual plantea un problema mayor en la cultura represiva islámica. Pero Nuhrán lo manejará con inteligencia y pocos escrúpulos. Cuando enviuda pasa a tener muchos pretendientes, elige uno, se casa, recibe buena dote, y cuando el régimen político cambia (y su marido comienza a emborracharse), aprovecha la oportunidad para deshacerse de él, divorcio mediante, apelando a otros hombres influyentes, hombres que harían cualquier cosa por complacer a una figura de la televisión leal al régimen. Consigue otro marido, se casa, vuelve a ser una mujer respetable, y pide a las autoridades para usar el hijab en televisión. Su gesto es recibido con euforia por las televidentes, lo que le genera una enorme popularidad. Nuhrán, al usar el hijab en cámaras, lo hizo sabiendo que en el mundo musulmán la vestimenta es una declaración, para todos, y más en ese momento tan particular. Pero hay que ser cuidadosos con su alcance. El hijab protege a la mujer, avisa, pero su simbolismo cambia radicalmente según desde qué lado se lo interprete.

De hecho Nuhrán es una musulmana observante que cumple con el derecho al coito de sus maridos (sobrios o borrachos), a pesar de ser una diva adorada del mundo musulmán. El narrador aprovecha esta contradicción vida pública de mujer poderosa, que en apariencia todo lo puede, pero sometida y con poco derecho al placer en la vida privada para describir al detalle las artes amatorias de la buena musulmana. Por ejemplo la depilación en dos direcciones, cómo y cuándo apagar la luz del dormitorio y encender las velas, cuándo utilizar vestimenta de bailarina “para contonearse ante él de una forma obscena, desvergonzada y hechizante”, cómo ofrecer ciertas partes del cuerpo, y cómo hacer una felación tal “como legitimaba la ley divina”. En ese sentido la novela hace evidente el fuerte erotismo de esta cultura represiva, lo cual es paradójico. Es que, lo que se tapa para no ver, sólo alimenta la imaginación.

La república era esto es una lectura que conmueve, y una oportunidad para entender los vínculos del poder religioso y secular en el mundo árabe, sobre todo por parte de la mujer. De cómo ejercer el poder en su vida privada, y también en la vida pública.

LA REPÚBLICA ERA ESTO, de Alaa Al Aswani. Anagrama, 2022. Barcelona, 496 págs.

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