por Eduardo Milán
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Si el año pasado, clímax de “la década prodigiosa” —como la llamé copiando a Claude Chabrol en su conocida película con Orson Welles y un psicótico (en esa y en todas, especialmente en Psicosis de Hitchcock) Anthony Perkins— no se hubieran conmemorado cien años de Trilce de Vallejo, cien del Ulises de Joyce, cien de La tierra baldía de Eliot, entre otras celebridades menores, no sé si no dudaría de su existencia. A esta altura, con la re-situación espacio temporal a que obligó la pandemia del Covid 19 alentándonos a ser más lentos, uno no sabe si existió la vanguardia. ¿Existió la vanguardia, existieron las vanguardias estético-históricas de la década de los locos 20 de comienzos del XX? A juzgar por los tres libros mencionados parecería que sí. No sé si con el vértigo ni con la verticalidad determinante de su finalismo o de su opción transformadora —Dadá acababa con todo, el constructivismo planeaba nuevas formas- pero estuvieron allí, o sea acá. La pregunta viene porque es más amplia que esa entrada en la irrealidad que produce un acontecimiento mundo-viral. Viene porque la pregunta se hace desde hoy. Y hoy, el arte dejó de morir, dejó de ser problema teórico-práctico, ya no interesa si sirve, a quién, qué significa la producción simbólica en medio de un capitalismo del tipo única realidad. El arte es un estado de hecho y ya dejó de ser un estado de excepción —parodiando al gran Agamben—: hoy es de una horizontalidad casi se diría accesible en un cien por ciento —para seguir con la emblemática centuria. El siglo XX parecería haber enseñado, tomada la parte por el todo, en el nivel del pensamiento, a problematizar, debatir, proponer, negar, profetizar. Hoy no interesa el tema a ese nivel, el del pensar. El problema ya se veía a finales del XX. Me acuerdo cuando Roberto Echavarren y yo discutíamos con Néstor Perlongher a fines de los 80 en un café de Montevideo sobre el posible neobarroco conosureño que para Perlongher era más bien neobarroso, en abierta alusión al sustrato lamoso del Río de la Plata, el río rico. Está el bar —no era el Luzón donde iba Salvador Puig, donde iba Eduardo Darnauchans—, no están las personalidades que le dieron vida. Dura más un bar que una idea —ya no se diga que una vida humana.
Poéticas
Dura más un bar que una idea
O que una vida humana
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