por Juan de Marsilio
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Al lector aficionado a la poesía latinoamericana el apellido Huerta, asociado a México, le es conocido por un gran poeta, Efraín Huerta (1914– 1982). Menos conocido fuera de fronteras mexicanas es su hijo David (1949), quien desde 1972 viene desplegando una obra poética sólida y variada, tanto en lo temático como en lo formal, además de incursionar en el ensayo, el periodismo y la docencia universitaria. Muchas veces premiado en su país, elogiado desde temprano por figuras como Octavio Paz y Raúl Zurita, la obtención en 2019 del Premio de Literatura en Lenguas Romances de la Feria de Guadalajara, y la publicación en España de la antología El desprendimiento, abren la posibilidad de una mayor difusión.
Este poeta podría ser ubicado en la llamada Generación de Tlatelolco, en alusión a la violenta represión a las protestas estudiantiles del 2 de octubre de 1968 que dejó entre decenas y cientos de muertos, según la fuente. Hay en su poesía, sin que lo político sea un tema central, chispazos de inquietud cívica, más ética que ideológica, como en su poema “Ayotzinapa: México” sobre el secuestro y desaparición de 43 estudiantes en Iguala, Guerrero,
Esto es el país de las fosas
Señoras y señores
Este es el país de los aullidos
Este es el país de los niños en llamas
Este es el país de las mujeres martirizadas
Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó
Riesgo, exploración. Si bien Huerta es un poeta experimental, que explora diferentes estilos formales en sucesivos poemarios, su obra tiene un claro hilo conductor, una poética coherente. Es la poética del desprendimiento, donde el poema debe ser expresión genuina del ser del poeta. Cumplido esto, el texto debe vivir con plena autonomía de lo biográfico. En palabras del poeta,
Veo en este poema un matiz de desprendimiento. Un acto raigal de sublevación y lejanía: tal es la paradoja.
Al separarse, al desprenderse, al dejar de ser fijación y sedentarismo, adquiere con plenitud su ser – poema, su vuelo hecho de palabras y de ortografía, sintaxis y cláusulas, pies y tesis, esmalte de sílabas y perfiles grecolatinos de largura y de brevedad ilusorias; pero queda en su centro móvil un aire o un aroma de cosa plantada, de organismo que se ha arrancado y en el arrancarse posee un cuerpo y lo despliega, lo ofrece a quienes lo leen. A eso llamo «matiz de desprendimiento».
(“Matiz de desprendimiento”, en El ovillo y la brisa)
Que un poeta experimente, explore y se arriesgue no es sinónimo de que improvise de modo caprichoso e irresponsable. El poeta juega, pero juega en serio. Huerta tiene amplias y sólidas lecturas —así como también mucha música en su memoria auditiva, mucha pintura y mucho cine vistos— y sabe que a estas alturas de la historia humana ningún artista es otra cosa que un continuador de tradiciones, que si puede innovar es por lo que le debe a los clásicos. Un bello ejemplo es el poema que Huerta escribe, con gratitud, a Garcilaso de la Vega,
Entonces Garcilaso de la Vega
movió la mano y en la página
Apareció la Flor de Gnido.
El poeta caballero levantó luego la pluma,
entrecerró los ojos y pensó en el amigo
que le había rogado escribir
Algunos versos amatorios. Reflexionó:
“Ella leerá. Ella, acaso, sentirá
el hondo fuego que late
en los versos, en las estrofas”.
Garcilaso volvió a la escritura,
al arroyo del canto. Puso las últimas
palabras del poema. Vio Nápoles,
vio caballos indómitos, vio
las aves de cetrería, vio el rostro
de una mujer distante. Vio
su propia muerte en el asalto y vio
el otro ejército, los poetas
que seguirían su huella, el brillo
de la prosodia castellana – y se distrajo
con su propia sonrisa,
mientras la tarde mediterránea
se disolvía con ardiente dulzura.
(“El otro ejército”, en La música de lo que pasa)
Por ese saberse parte de una tradición, Huerta no desprecia, de vez en cuando, escribir usando las formas métricas clásicas, e incluso imitando la manera de algún genio, Góngora es este caso,
Dos oseznos hay en la fragosa cumbre
copia lucida: en mi redil guardados,
negros copos de hirsuta mansedumbre,
antes fieros, al fin domesticados.
Serán doble solaz de amada lumbre,
calor para tus brazos adorados,
¡oh hermosa, oh sin par dulce Galatea:
fuente de tu sonrisa este par sea!
(“Una octava perdida del Polifemo” en After Auden)
Sensualidad. Es una poesía profunda, seria, pero también es una fiesta para los sentidos, rica de imágenes sensoriales. Dos de sus libros fueron creados junto a artistas plásticos, Los objetos están más cerca de lo que aparentan, con Miguel Castro Leñero, y Homenaje a la línea recta, con Gunther Gerzso. Huerta deleita al lector con imágenes captables por los sentidos, que a la vez son base para el sentido figurado y la sugerencia, como puede verse en este poema publicado a los veintitrés años,
Delgada sombra,
espejos en declive.
Una flor de sosiego
se cumple en íntimo ramaje.
De la fuente del aire
viene esta luz de seda.
Los reinos de la brisa
inauguran su tenue
laberinto. ¿Es la mañana
o el ocaso? Ingrávido
itinerario del instante;
fervores que sostienen
vuelos de pájaros. El polvo
es una opaca reverberación
bajo este cielo
de sentida presencia.
La mirada
brilla en el centro
del silencio.
(“Residencia”, en El jardín de la luz)
EL DESPRENDIMIENTO (ANTOLOGÍA POÉTICA 1972–2020), de David Huerta. Galaxia Gutenberg, 2021. Barcelona, 432 págs.