por Mercedes Estramil
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Las ficciones domésticas de Ann Beattie (Washington, 1947) saben más de casas heladas y volcanes en extinción que de fuegos incontrolables. La casa en llamas contiene trece de sus mejores relatos, publicados entre 1976 y 2006, tres décadas de una mirada penetrante a los patios traseros emocionales de la clase media norteamericana, los mismos que han visitado los personajes de precursores o contemporáneos suyos de Estados Unidos y Canadá (John Cheever, Raymond Carver, Lorrie Moore, Alice Munro, Richard Ford, entre otros), hijos predilectos de revistas como The New Yorker.
Este volumen muestra cierta progresión creativa; no tienen el mismo impacto los relatos de los años setenta que los últimos, en los que la inserción de conflictos y claridad expositiva es mayor. “El último día raro en Los Ángeles” (2001) sigue la historia de un rico ocioso, estructurado y oportunista, cuya vida da un giro frente a dos momentos epifánicos: la mirada de un ciervo, y la acción criminal inesperada de un chico. Ese uso inteligente de los picos de tensión se ve también en “Piedras en la pared” (2005) y en “El señuelo de confianza” (2006), también protagonizados por hombres a los que la vida sorprende con lecciones tardías mostrándoles que los asuntos importantes siempre están fuera de control.
Un rasgo medular de la prosa de Beattie es su carácter digresivo y arborescente. Nunca es la foto de un individuo o dos, sino un retablo nutrido de familiares, conocidos, animales, a los que Beattie necesita dedicarles espacio. La consecuencia inmediata, a nivel de lectura, de ese procedimiento novelístico aplicado a relatos breves, es que se pierde a menudo el hilo de la trama. Y si la trama es débil, por más escenarios humanos singulares que inserte (familias disfuncionales, heterosexualidades que transicionan, mutilados de guerra, traiciones de pareja, apegos fallidos), la lectura exige un plus de concentración. En el peor de los casos, aburre. Alcanza sus mejores momentos cuando se detiene y desarrolla un personaje metiéndose a fondo (“Martes en la noche” es un buen ejemplo), o cuando culmina la conversada y anodina cena de “La casa en llamas” (1979) con un parlamento antológico de virilidad inflada. El esposo dice, “Todos los hombres, incluso si están locos (...) o son más gay que la reina del verano (...) creen que son el Hombre Araña y Buck Rogers y Superman. ¿Sabes lo que todos sentimos en nuestro interior y que tú no sientes? Que nos vamos a las estrellas”. En esa factura valiente, honesta, incorrecta, la narrativa de Beattie muestra de lo que es capaz.
LA CASA EN LLAMAS, de Ann Beattie. Chai, 2022. Buenos Aires, 243 págs. Trad. de Virginia Higa.