Fabio Guerra
LA FALTA de información que afecta a muchos críticos teatrales uruguayos viaja a la par de su negativa a reconocerlo. Lo dice Alfredo Goldstein, un crítico y director teatral al que la comunidad artística le ha perdonado menos esa doble condición que el haber sido exitoso en la segunda, afirma. En el siguiente diálogo, este profesor de literatura egresado con medalla de oro del Instituto de Profesores Artigas señala algunos puntos ciegos del quehacer crítico y su relación con los medios, el público y los artistas. Plantea, también, sus descargos.
PREVIATURAS
—Decís que hay dos líneas de crítica teatral uruguaya.
—Una proveniente del ámbito universitario, la investigación universitaria, con un planteo a veces muy literario o semiológico de la crítica, y la otra más vinculada a la experiencia y la intuición. Estas líneas conviven y en algunos casos se combinan, pero lo que está ocurriendo ahora, que no pasaba antes y resulta alarmante, son los errores terribles que cometen algunos colegas, por falta de información.
—¿Qué tipo de errores?
—Todos los que puede precipitar quien no conoce el texto original de lo que verá, aparte de otros datos de suma importancia para el espectador, relativos al contexto histórico de la obra, corriente estética en la que se inscribe, etcétera. Soy de los que pide el texto, a los elencos, antes de ir a ver la obra. Me parece fundamental porque, si no, podés llegar a juzgar una versión como si fuera el texto original y, por lo mismo, legitimar, en la crítica, modificaciones que en realidad traicionan la ideología e intención del autor. Y me sorprende que la lectura previa de textos no sea una costumbre entre mis colegas. Claro, después leés en la prensa críticas con importantes errores conceptuales e informativos y, todavía, sus autores son reticentes a rectificarlas públicamente. Es decir, a publicar admisiones y enmiendas de los yerros cometidos.
—Así que la crítica debe ser, también, pedagógica.
—Lo cual no quiere decir aburrrida. Creo, firmemente, que es mucho más útil una cobertura previa bien hecha, que la crítica en sí. Porque la información fundamental es la que enriquece al espectador, y eso no pasa por la valoración sino por la comprensión. Darle herramientas para que aprehenda mejor las coordenadas éticas y estéticas de lo que verá. El espectáculo, luego, se explica por sí mismo.
—Si el espectador de todos modos hará su propia lectura, ¿qué sentido tiene la crítica?
—Es el último eslabón en la cadena productiva del hecho teatral. Si es capaz de eludir la mera valoración subjetiva y adjetivadora —los extranjeros se asombran de la cantidad de adjetivos que usamos los críticos uruguayos— y analizar en profundidad, sobre todo en lo previo, un espectáculo, es altamente beneficiosa para el espectador.
—Remarcás el valor de las previas. ¿No sería más coherente, entonces, transformar a todos los críticos en cronistas previos?
—Los medios no suelen destinar espacios a las previas, salvo rarísimas excepciones. Las previas, en los diarios, están asociadas a reportajes a los protagonistas del espectáculo o el traslado del comunicado. Y aquí volvemos a los errores porque, si el que traslada desconoce lo que está trasladando, no puede identificar los horrores en los que incurre, a veces, el propio remitente. Y el corrector del diario, que adolece del mismo desconocimiento, cierra el círculo. Ojo, no estoy cuestionando los reportajes a los protagonistas de un espectáculo; son bienvenidos, porque toda la cultura uruguaya necesita promoción. Lo que me parece es que es diferente un reportaje a un análisis previo de autor, época, propuesta estética y demás. Y esto es lo indispensable: una crítica, desde el vamos, más informativa, y a la que los medios acepten darle más espacio.
MALDITO ÉXITO
—Ser crítico y director a la vez, ¿no te resulta éticamente incompatible?
—Estoy cansado de hablar de esto, sobre todo por lo que me ha costado, económica y emocionalmente, esa doble opción. Todos los que me acusan hacen hincapié en la ética. La unión entre artista y crítico, en todas las disciplinas artísticas, es de antigua data en Uruguay. Dos ejemplos dentro del teatro: Ángel Rama y Antonio Larreta. Está lleno de músicos, plásticos, escritores ni hablar, que ejercen oficio crítico, y nadie los señala con el dedo. En cambio yo me gané ingentes enemigos en nombre de una ética que no siempre honran quienes la postulan. Ejemplo: me parece absolutamente antiético que en una asamblea del gremio de actores algunos se dediquen a insultarte y agredirte, y tiempo después te pidan invitaciones sin costo para el espectáculo que dirigís.
—Bien, pero volvamos a mi pregunta.
—Bueno, aclarado que ponerse de acuerdo sobre quién posee el cetro de la ética es sumamente complejo, creo perfectamente deslindable una actividad de la otra. Si uno puede deslindarlas, no veo el problema.
—El problema no es con el deslinde sino con con la ventaja comparativa que implica, frente a otros directores, disponer de un espacio en la prensa para criticar e, incluso, calificar con estrellitas espectáculos de otros.
—El semanario donde trabajo (Brecha) no permite que sea yo quien coloque las estrellitas en los espectáculos que dirijo. Además, la tarea tanto crítica como calificadora es compartida con Álvaro Loureiro. Casualmente él también dirige teatro, y la dirección del semanario decidió que para ninguno de nosotros haya estrellitas.
—La suspicacia permanece porque, aunque no califiques tu espectáculo, sí calificás los restantes de la cartelera.
—Esa tarea es inherente a mis funciones como crítico teatral del semanario. En cuanto a la suspicacias, nada puedo hacer. Me basta con aclarar que en el medio donde escribo, todas las obras que dirijo van al sector "No reseñadas". Y allí se quedan. Empecé a estudiar y actuar en teatro hace 30 años, y a criticar hace 23. Al principio era bastante intolerante en mis críticas, por desconocimiento, pienso, del proceso creativo de una obra, y las exigencias que impone a cada participante. Cuando comencé con las primeras, tímidas, direcciones, pude ver desde otro ángulo esa evolución, y comprendí muchas cosas desde otra perspectiva. Entre ellas, con cuánta ligereza había juzgado antes lo que ahora experimentaba en carne propia. Así que me parece indispensable que una vez en la vida, por lo menos, todo crítico acompañe paso a paso el proceso creativo de una obra.
—Cuando recibiste premios, te los dio una Asociación de Críticos Teatrales que también integrás. Las suspicacias, otra vez, son inevitables.
—Lo sé. Considero que mis compañeros de la Asociación han tenido un coraje inmenso al dar ese paso, después de años de exigirme el triple que a cualquier director, justamente por el prurito de no premiar a un colega. Greek fue la obra dirigida por mí que más premios recibió y fue muy fuerte la reacción que produjo en el ambiente teatral. Algunos me dieron vuelta la cara y otros les decían pestes a terceros para que éstos, a su vez, me las notificaran. Práctica, por otra parte, bastante común entre cierta gente de teatro. El medio cultural local es muy ingrato con quienes reciben premios. Creo que lo que no consiguen perdonarme no es tanto que sea crítico y director a la vez, sino que haya sobresalido, aunque sea un instante, en la segunda actividad. Hay envidia y defensa acérrima de las "chacritas".
—Es una acusación seria.
—Con la palabra envidia englobo el rechazo al triunfo del otro, la puja de pequeños poderes, el individualismo exacerbado. Toda mi vida tuve que pagar el precio de ser director y crítico, entre otras cosas, generando y financiando mis espectáculos. Hay teatros, incluso, que han tomado la decisión institucional de no convocar a directores que ejerzan la crítica.
—Es su derecho.
—Por supuesto. Y me ha pasado que grupos que en un principio me llamaron a dirigir luego, por manejos internos, revierten esa posición, anulan la decisión y, aun, se apropian del texto que propuse. En fin, tampoco dramatizo. Son las reglas de juego en un movimiento teatral fatalmente disociado. Somos pocos, y cada uno está en la suya. l