Poesía, gestión cultural y vida

Con Hugo Achugar: "Debo haber tenido muchos enemigos durante el tiempo que estuve en la Dirección de Cultura"

Se considera un provocador. Acaba de publicar su obra poética completa en cuatro tomos

Hugo Achugar
Hugo Achugar
(Estefanía Leal/Archivo El País)

por Gera Ferreira
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Hugo Achugar (Montevideo, 1944) es poeta, narrador, ensayista y una de las figuras centrales del pensamiento cultural uruguayo. Formado en el IPA, se exilió durante la dictadura y desarrolló una sólida trayectoria académica en Venezuela y Estados Unidos antes de su retorno. Fue Director Nacional de Cultura (2008-2015) y dirigió el Dpto. de Artes, Sociedad y Políticas Culturales (CURE, Centro Universitario Regional del Este, Universidad de la República). Autor de una obra que abarca más de cinco décadas —entre poesía, novela y ensayos sobre memoria, ciudad y cultura latinoamericana—, ha recibido distinciones como el Premio Bartolomé Hidalgo, el Premio Morosoli y el Gran Premio Nacional a la Labor Intelectual (2024). Acaba de editar su obra poética (in)completa (2025).

—La Poesía (in)completa (2025) tiene cambios porque fue reescrita.
Ah, traición a la patria.
—A Incorrección (2012) le saque el primer poema.
¿Por?
—Porque quería empezar por el largo poema “fragmentos”. Y además porque hay versos que aparecen dichos antes.
Por suerte tengo esta edición individual que documenta su existencia.
—Sí, claro, la gente cree que es una antología. Yo saqué (edité) muchas cosas, y de un libro en especial saqué casi toda una parte. Además, como los más antiguos no tenían soporte digital, los he tecleado. Y mientras los tecleaba iba corrigiendo pequeñas cositas.
Licencias, llamémosle.
—Esto lo dije el día de la presentación con Gerardo Ciancio. Luis [Bravo, autor de uno de los textos que integra la edición] tampoco quería que sacara nada.
Suscribo.
—Ciancio también dice que de algún modo esta reunión constituye otro libro, no es el conjunto de una reescritura, es otro libro.
¿Cómo fue el proceso de recorte? ¿te complicó, te divertiste?
—Muchísimo y seguiría.

En cuanto a tu obra poética, tu ritmo de producción no fue nunca publicar un libro por año.
—No. Hay dos libros que acá no se conocieron por la dictadura y el exilio. Textos para decir María (1976) y Las mariposas tropicales (1986).
La particularidad de esta obra (in)completa es que uno se topa con un régimen cronológicamente descendente. Primero lo actual y termina con lo más viejo, entonces parece que vas rejuveneciendo como Benjamin Button.
—”Viaje a la semilla”, jugando con el título de Alejo Carpentier (1944).
Se percibe la síntesis, la depuración que me confirmas con ese rastrillo que pasaste. Para quien no conoce tu poesía, leer esta obra (in)completa es mejor estrategia que ir a los libros individuales. ¿Cómo te convenciste de hacerlo?
—En 2024 gané un Fondo Concursable para libros o emprendimientos culturales que se supone son de riesgo. Porque publicar poesía en cuatro tomos se considera de riesgo, igual que la novela gráfica o los cómics.
No suelen aparecer proyectos así, salvo que sea póstumo o tardío. Me parece un caso insólito, junto con el de Circe Maia (A nueva luz. Poesía completa [2025]).
—Lo que pasa es que este proyecto era una especie de regalo para mí, porque cumplía 80.
Te salió redondo.
—Salió, pero ahora tengo 81. Además, ese año fue de explosión. Gané este proyecto, el Bartolomé Hidalgo por de qué va (2025) y el Gran Premio a la Labor Intelectual (MEC, 2024).
Estás pipón.
—Sí, sí. Me sentí muy abrumado. Lo dije cuando recibí el Hidalgo.
¿Preparaste speech?
—Tiendo a que no. Sé que tengo que decir un par de cosas, pero prefiero decir lo que me sale en el momento.
Espontaneidad a full.
—Absolutamente. Eso es una cosa que me importa.

En esos momentos donde aparecen los reflectores, tiendo a pensar que les escritores uruguayes desaprovechan la chance de observar las cosas de forma más amplia sobre nuestro medio, e introducir preguntas o problemas para generar conversación.
—Eso lo hice con el Gran Premio a la Labor Intelectual. Ahí sí quería escribir, porque es demasiado importante, y lo que dije tenía que ver con la necesidad de invertir en investigación y en cultura para el Uruguay que se nos venía encima. El Uruguay que nos debemos, como dijo Ricardo Pascale, que es lo que cada vez me preocupa más, y mucho. Pero volviendo, la poesía es incompleta porque además estoy preparando y terminando un libro de poesía, que no sé si va a ser uno o dos.
¿2026?
—2026 seguro. Y después, en la universidad estuvimos conversando con el decano de la Facultad de Artes, Fernando Miranda. Un día le dije, ¿sabés que llevo más de cuarenta años escribiendo sobre arte? ¿Qué te parece si reedito ese material con una introducción hecha hoy?
¿Y?
—Me dijo que sí, por supuesto.
¿Este? [Le muestro Planetas sin boca (2004)].
—No. Todo lo que este tiene de arte, más otros ensayos de otro libro que es inclasificable, porque es una mezcla de autobiografía, ensayo, ficción. Nada, empecé a discutir ya con la editorial universitaria y el libro va a salir en 2026, posiblemente entregue el borrador en febrero.
O sea que lo (in)completo seguirá siendo incompleto.
—No, porque lo incompleto de poesía es una cosa. Estos son escritos dispersos que no se publicaron, y lo incompleto tiene que ver con que publiqué en el extranjero en revistas que acá no llegaron.
¿Tenés el título?
—En un juego: Amateur. Sobre artes.

Está bueno.
—Lo llamo así porque no soy un profesional de las críticas de artes visuales. He curado un par de artistas, he hecho exposiciones, pero me siento un aficionado, un amateur. Además me gusta esa palabra. Igual, ¿sabés que escribí dos novelas, no?
Juana Caballero escribió dos novelas.
—No, Juana Caballero escribió una. La otra la escribió Hugo Achugar: Falsas memorias. Blanca Luz Brum (2000).
Lo quise conseguir y no pude.
—Es insólito. Es un libro que no se consigue pero acá vendió mucho. Fue editado en Uruguay, Argentina, Chile, México y España.
Tengo que agradecerte la pista del epígrafe de Juana en Planetas sin boca. Te escuché en una entrevista, porque no me había dado cuenta.
—Es que nadie se dio cuenta. Ahí está el juego, en qué es verdadero y qué es falso. Entonces, eso que está en mis novelas, en mis ensayos, y de un modo cada vez más creciente, porque me siento con mayor libertad por la edad que tengo. Hago lo que se me canta.
Está bien, aprovechá.
—Y si no les gusta, no les gusta. Por ejemplo, Habla el huérfano (2019) también es un libro inclasificable. Luis [Bravo] dijo, “quizás el siglo que viene entenderá de qué se trata”. Yo quise escribir una cosa que el librero no supiera dónde meterlo, en qué etiqueta va. Entonces, muchas veces mis ensayos son inundados por la poesía, otras veces mi poesía tiene otras cosas. Alguien me dijo hace poco, “lo tuyo es lo híbrido”.

Traje una efeméride, aprovechando que mencionaste las artes visuales, ya que por estos días hubiese cumplido años Fernando Loustaunau (1956-2025).

—Sí, Fernando es uno de los casos donde los aparatos de legitimación en Uruguay la hicieron postmortem en función de su labor como conversador, etc. Pero nunca prestaron atención a la obra anterior y a lo arriesgado que fue. Era un hombre de una Cultura, en el viejo sentido de la palabra, de un archivo, de lectura, de evidencia, muy cosmopolita. Conocía la cultura uruguaya como pocos, Montevideo como casi nadie, pero además vivió el mundo.
En El Estado y las musas (2024) Inés de Torres habla de los mecanismos de legitimación artística en el Uruguay del 20, a partir de las políticas culturales y charlando con ella coincidía en que no es que hayan cambiado tanto las cosas. Pensando en tu actividad como Director de Cultura, ¿pudiste observarlo desde otro lugar?
—En una entrevista que me hicieron hace un año o dos años en El País, me pusieron “el provocador”. Y yo digo, sí, me reconozco. Por eso hice lo de la cumbia villera, respaldando aquel taller que realizó Ernesto Rizzo [“Made in cante” (2009)] en el espacio de la sede central de la DNC, y que armó polémica.
Es cierto. De ese momento decías que tuviste que tomar distancia de tus amigos para mantener el nivel ético y de responsabilidad, y cortar con ese “país de cercanías”, diría Real de Azúa, de tanto amiguismo, pensando en el sistema de validación del que hablabas.
—Debo haber tenido muchos enemigos durante el tiempo que estuve en la Dirección de Cultura. Para empezar, lo primero que hice cuando entré fue ir a la oficina donde estaba Hueso quevrado (2006), que había presentado para el concurso y sacarlo.

A propósito de concursos, todavía hoy las categorías de premiación oficiales siguen siendo narrativa, poesía, ensayo y dramaturgia. No se reconocen otras prácticas creativas como parte de la producción de la literatura nacional.
—¿A qué te referís? ¿Performance?
No, a proyectos de escritura no-creativa, incluso el incómodo lugar de la prosa poética, los diarios, experimentos de no ficción o cosas con inteligencia artificial, etc. ¿Es tan difícil adaptarse o modificar la ley?
—Es que están abrumados por la cotidiana, que les come la vida. Hay que hacer una ley nueva, sí. Se le puede plantear a Maru [Vidal, Directora Nacional de Cultura] que se haga una reforma y quizás se logre entusiasmar. Porque es mucho más fácil eso que hacer un aggiornamento.
Lo prefiero antes que aumentar los montos.
—Quizás hay que hacer una cosa más audaz, y también que no sea la universidad o la academia quienes nombran a los jurados.
Lo vengo diciendo hace mil… pero volviendo a lo de la validación y la provocación…
—Siempre fui provocador, desde el comienzo. Mi primer libro, Derrumbe (1968), fue primer premio en el primer concurso de Banda Oriental. Desde ahí, si bien hay una voz que podés reconocer, hay una cosa constante en mí, deliberada, que es el buscar nuevos desafíos.

Vivir y escribir parecen ser EL desafío, ¿no? En términos de resolución formal y de síntesis, me gusta más lo tuyo actual porque tiene la depuración que da la sabiduría de conocer lo propio.
—A mí me gusta la etapa de quiebre también, eh.
Hablando de eso, me da la impresión de que aquí seguimos enquistados con prácticas que se reproducen y que nunca se llega a ese quiebre, sea negativo o positivo, para mover las cosas.
—Lo tienen que hacer ustedes, las nuevas generaciones.
¿Pero cómo, si hay gente atornillada o que llegó ahí por otros manejos? Primero eso. Segundo, te invisibilizan, pero saben perfectamente que existís. Entonces...
—[Se ríe] Sí, tengo una anécdota. Yo tenía veinticuatro años y fui a hablar con alguien a quien iba a escuchar a sus clases, por supuesto en Humanidades, que era Ángel Rama. Fui y le dije: Ángel, ¿qué tenemos que hacer los jóvenes para poder ingresar en el mundo? Y me dijo, “tenés que sacar una revista”. Y ahí fue cuando sacamos dos números de Brecha, con el apoyo de Banda Oriental y Heber Raviolo. Brecha, que después toma el nombre de la revista.
Mirá, no sabía.
—Allí estaban, entre otros, Jorge Arbeleche, Mercedes Ramírez de Rossiello, Roberto de Espada, Enrique Estrázulas y Heber Raviolo.
Mirá los nombres que me decís, Hugo.
—Bueno, claro.
Hoy el rol de las revistas literarias, si existen, es otro, por lo que el consejo de Rama aplica solo para ese contexto.
—Totalmente de acuerdo.
A su vez, ¿cómo hacemos para entender cuál es el alcance y valor de nuestra producción si nos guiamos siempre por obras individuales o la novedad y desconocemos lo anterior?
—Ya lo he dicho muchas veces, hay que romper con “la historia comienza conmigo”.

¿Tenemos forma de neutralizar al mercado y potenciar nuevas prácticas de revisión?
—Bueno, hay programas, proyectos personales, académicos, institucionales que van por otro lado. Pero Gerardo, perdoname, ¿por qué no hay en el liceo o en la universidad un curso de Cultura Uruguaya, salvo uno optativo en el CURE de Maldonado que yo creé, y que justamente se llama Introducción a la Cultura uruguaya?
Buen punto. Pensando en el CURE, ¿qué te faltó por hacer allí?
—Lo que faltó y no logré terminar, pero por suerte se está tratando con la gente que quedó, es una Licenciatura en Artes y Políticas culturales.
¿Todavía se te consulta o bueno, muchas gracias por el aporte?
—Cuando me llaman, respondo.
Sé que te han preguntado mil veces sobre tu perfil, director, profesor, poeta, y siempre decís que sos todo lo mismo. Voy un poco más. ¿nunca te picó ser editor o tener una librería?
—Trabajé en un librería.
¿No me digas que en Venezuela?
—No, en el exilio, en Buenos Aires. Estaba desempleado y Nancy Bacelo habló con el poeta Héctor Yánover (1929-2020), muy amigo y dueño de una librería mítica cerca de La Recoleta, que todavía existe [Librería norte]. Y me consiguió ahí. Hacía el turno de la noche, de 20 a 00 h.
Hugo Achugar librero, quién lo diría.
—Sí, vendía libros sobre caballos para arriba de la mesa del té y después recomendaba.
¿En qué año?
—1974.

La del estribo y sobre libros, ¿qué pensás sobre el cierre/apertura de la Biblioteca Nacional?
—Conozco el proyecto, he hablado con Gabriel Calderón desde hace meses. Creo que es interesante y todo un desafío. Hablé con Rocío [Schiappapietra, Directora actual] y con Julia Demasi [Secretaria ejecutiva]. Según tengo entendido ya está concretado el apoyo económico que va a recibir el proyecto.
¿Estuvo bien cerrar, darle resurgimiento en vez de seguir cinchando la roca?
—A ver, depende de cómo te cuenten la historia. Tengo esperanzas en que, si se concreta, va a funcionar muy bien.

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