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por Juan de Marsilio
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En Uruguay durante todo el siglo XX hubo narradores centrados en los temas del campo, a los que se agrupa bajo el rótulo de nativistas. Siempre con un público fiel, aunque con juicios críticos dispares, retrataron un mundo paisano que en sus infancias ya agonizaba o sobrevivía en la memoria de los más viejos. Julio C. da Rosa (Treinta y Tres, 1920– Montevideo, 2001), destaca en la novela —extensa o corta— y el cuento, tanto para adultos como infantil. La publicación de sus Cuentos completos, prologados por su hijo el académico Juan Justino da Rosa (Colección Clásicos Uruguayos), permite presentarlo a las nuevas generaciones de lectores.
Nació en costas del Arroyo Porongos, hijo de un productor rural que era también infatigable lector. Cursó estudios secundarios en la ciudad de Treinta y Tres y vino a estudiar Derecho en Montevideo, sin recibirse. Montevideanos fueron la familia y los empleos. Nunca dejó de visitar su departamento, y fue diputado por Treinta y Tres entre 1963 y 1966 por la Lista 99, entonces todavía en el Partido Colorado. Dentro de su generación, la del 45, formó parte del grupo de la Revista Asir, que en polémica con el grupo de la Revista Número, sostuvo la vigencia de la narrativa nativista.
El pago y su habla. La patria afectiva del hombre común es la infancia. La del escritor es el habla de su infancia. Da Rosa muestra el Treinta y Tres de los 20 y los 30, o el que recordaban los viejos de esos días. Sus personajes hablan como lo que son: paisanos. La voz narrativa usa el habla culta, pero con llaneza, y salpica aquí y allá con términos propios de sus personajes. Así, al lector urbano le es más amigable el viaje a otro modo tan distinto de hablar la misma lengua.
El nativismo no empezó con da Rosa, aunque, por lo que toca a expresiones mayores, ha terminado con él. Este cuentista tomó por maestro al minuano Juan José Morosoli, con quien, pese a verse unas pocas veces, trabó sólida amistad por correspondencia. Un tema recurrente en estas cartas es el temor de que el ritmo capitalino alejara al escritor de sus raíces. También tuvo buen trato y recibió consejos del maragato Paco Espínola.
De Morosoli tomó da Rosa la estrategia narrativa: narra hechos, pero para indagar en el ser del protagonista. Lo mismo que Morosoli y Espínola, da Rosa prefiere los personajes humildes, en cuyas vidas rara vez asoma la tragedia —aunque cuando toma el registro trágico lo haga muy bien, como en los cuentos “Un hijo” o “Crispín de las manos”— pero están llenas de afectos, tristezas, alegrías y desgracias que los vuelven ricos y profundos, sin que ellos lo noten. La prosa de este autor —que no siempre es de lo más precisa y nunca intenta el preciosismo— muestra de modo eficaz al hombre, su duelo con las circunstancias y los debates de su alma. Sea que busque conmover o hacer sonreír, lo consigue sin trampas ni golpes bajos.
Nombres y apodos. Hace ya varias décadas que no nacen muchos Bienvenidos, Silverios, Serafines, o Ceferinos; Belarminos, Sabinianos, Abedonios o Doralicios, menos. Ya con los nombres de sus personajes da Rosa lleva al lector a un tiempo en que el nombre de los hijos se tomaba del Santoral y no de la TV (quien escribe estas líneas sabe de alguien llamado Maguiver, en homenaje al personaje Mac Gyver, claro está). Si el lector ha pasado primero por Los cuentos de Don Verídico de Julio César Castro, concluye que entre los personajes del treintaytresino y tipos como Fofeto Fulero y Cuaterno Pif, hay un parentesco no tan lejano.
Algunas veces el apodo le gana al nombre o al apellido del personaje, por definir mejor su destino y función en la vida, como en el caso de Juan Velorio o Solito, protagonistas de sendos cuentos homónimos, si bien a Juan Velorio, de apellido Laguarda, el nombrete que lo define le es ofensivo, sin que por ello reniegue de su destino de asistente infaltable a los velatorios de los que se entera.
Así comienza el cuento “Una casualidad”: “Abedonio Lemos ya era un hombre con mujer y con hijos cuando descubrió para qué había nacido. Y lo descubrió por una casualidad. De esas que se dan una vez en la vida, es decir, una por cada individuo. La de Abedonio fue dar con Pereira, cuidador de caballos”. Los personajes de da Rosa son personajes con un destino, que suelen descubrir de modo inesperado y al que, les guste o no, tienen que ceñirse. Pero es un destino muchas veces a término, porque el tiempo pasa, las cosas cambian, y su función se vuelve innecesaria, como en “Mala cabeza”, cuyo protagonista, en un tiempo de ómnibus, ya no tiene a quien trasladar en su volanta.
Hombre de la escuela de Morosoli y Espínola, da Rosa presenta con mirada amorosa y compasiva a los personajes más humildes: lavanderas, peones, sirvientas, carboneros. Pero los negros y los locos son dos cuerdas que pulsa con singular maestría (aunque sería necio pedirle que no se dejase ganar hoy por algunos estereotipos propios de su tiempo). Textos como “Cuento de negros”, “Loco”, “Cosas de negro” o “Ese era un negro” son de los mejores del volumen.
Da Rosa hacer reír, pero sin cebarse en sus personajes: uno se ríe con y no de ellos. El noviazgo de treinta y pico de años de Emeterio y Amabilia, en “Novios”, causa risa, pero también enternece, por la constancia y pundonor de la pareja para sortear obstáculos haciendo las cosas como Dios manda. A veces la ternura aparece de un modo más serio, como en el final de “Cosas de viejo”, cuyo protagonista al enterarse de que su mujer lo engaña con la complicidad de las hijas, se dice “Mato todo, y me alzo en el freno p'al Brasil...“, pero se hace encerrar en la comisaría para no hacer una barbaridad.
Sería deseable que la colección Clásicos Uruguayos tenga distribución comercial. Podría llegar a más lectores; este volumen, sobre todo por el prólogo, sería muy útil a los docentes de Literatura. También sería excelente que el Estado o algún editor publicasen al menos una selección de los cuentos infantiles del autor, al que los uruguayos veteranos recuerdan por su Buscabichos y los cuentos que publicaba en el suplemento El Día de los niños bajo el seudónimo de “Juancito de por allá”.
CUENTOS COMPLETOS, de Julio C. da Rosa. Con prólogo de Juan Justino da Rosa. Ministerio de Educación y Cultura, 2021. Montevideo, LXII + 482 págs.