Elvio E. Gandolfo
HACE UNOS CUANTOS años se había popularizado, entre quienes leen y escriben poesía, una frase del poeta argentino Guillermo Boido: "La poesía no se vende/porque no se vende." Su aparente tautología ocultaba la teoría de que la poesía no se vendía porque no cumplía con ciertos gestos o estilos del mercado, de lo que sí se vendía: por una esencia ética, o profunda, que escapaba de la venta.
El agua ha seguido pasando bajo los puentes. El lugar que ocupa la poesía, social y generalmente hablando, ha ido cambiando. Ha ido cambiando también, por reflejo, el grado de resonancia de la frase de Boido. Hoy la poesía parece no solo venderse muy poco, al igual que los cuentos. Además los poetas, ante el acoso de la inexistencia probable, tienden a unirse, a través de dos ejes.
Por una parte la dificultad de ver el mágico objeto del libro realizado multiplicó los recitales, en días más o menos fijos en bares o en sitios puntuales, tanto en Montevideo como en Buenos Aires. Por otra, apareció una tendencia general al libro de poesía pequeño, de alrededor de 50 páginas. Por último la dificultad agotadora no solo de la tarea concreta de diseñar, imprimir, corregir y encuadernar sino sobre todo de distribuir (ese letal cuello de botella), terminó por promover la colección brusca y completa, que aparece de una sola vez, justificando el esfuerzo muscular y psíquicamente demoledor, y rebajando costos.
Pasó en su momento con la colección "De los flexes terpines" en la prosa (ver El País Cultural Nro. 653). Pasa ahora con una "serie de series" que dio a conocer, en esfuerzo multiplicado, el sello Artefato. Son cuatro series de entre 6 y 7 títulos cada una. En "ae6", se mezcló "poesía para dos orillas"; "Grito de poesía", presentó autores de edad intermedia; "Fuga de poesía", de jóvenes. En la serie "Mentor de poesía", por último, figuran varios de los nombres con más trayectoria de la poesía nacional: Enrique Fierro, Eduardo Milán, Álvaro Ojeda, Roberto Echavarren, Roberto Appratto, Tatiana Oroño y Luis Bravo. Por la calidad de los siete títulos, leerlos en conjunto equivale casi a ponerse en contacto con una antología de buena poesía uruguaya reciente.
DOCENCIA Y VARIEDAD. Esta serie de "grandes" o maduros (el mayor es Fierro, 1941; el menor Ojeda, 1958) tiene otro rasgo: la mayoría son o han sido profesores de literatura. Cuando se leen uno tras otro los siete títulos, uno descubre que el dato no pesa demasiado. Sólo en Luis Bravo es muy posible que su reescritura de textos de la conquista española (en Tarja) pueda tener su origen en una investigación o interés profesional en el área. Pero con una particularidad: el libro se cierra con una "Última contraseña" breve, biográfica y contemporánea: "Luciana, hija/tus hijos viajarán por las estrellas/y los hijos de tus hijos/ tendrán amigos/y animales/y plantas/en otras casas del universo".
La brevedad del poema de Bravo puede dar entrada a la brevedad de los poemas de Enrique Fierro, aunque poco tenga que ver con ellos formalmente. Fierro cuenta con una obra vasta y compleja, inventiva y sorprendente, poco releída y comentada, tal vez por su residencia en Texas. En Queda los poemas suelen ser delgadas hileras de palabras, muchas veces llevadas al extremo de la síntesis, y con un gusto por la prestidigitación sonora o el quiebre de la serie. Como termina "Puente de plata": "Pasa el cielo de otoño./Pasan espumas. Pasan/ muerte y resurrección./Pasa el último gato. Y pasa/lo que nunca pasa." Y hay un tono entre romántico y tanguero en el poema más breve ("Nutrido en viajes: aves color de fuego"): "¿Alguien pudo/ alguna vez/abandonar a una mujer?".
Tanto Eduardo Milán como Roberto Appratto forman parte de un clima común de interés por el lenguaje como tema explícito, mezclado con lo autobiográfico (en el primero) o la reflexión teórica (en el segundo). Milán, que vive en México desde hace años, pero que ha visitado Montevideo con cierta frecuencia, se cuenta entre quienes más han trabajado en el ensayo sobre poesía, y en la compilación de antologías de alcance latinoamericano. En Habráse visto la tensión (o la vacilación) entre la posible frialdad de las palabras y su seducción y lo afectivo aparece ya en el primer poema: "Dudo, titubeo. ¿Qué debo decir que esté conmigo/De corazón, no tanto de lenguaje?/Es que el lenguaje es tanto." El segundo poema, uno de los más extensos, establece un juego muy logrado con la expresión "lavar la ropa sucia en casa" y el ruido mismo de la ropa, su esquivo sonido. Como en otros de sus libros, el comienzo del poema final mezcla con pericia sentidos y ritmo: "Encontrar lo que uno quiere en la escritura escribir./Lo que uno quiere en el habla hablar./Lo que uno quiere en el querer querer/todo junto en el canto del quetzal".
ESCRIBIR Y ESCRIBIR. En los primeros textos de Después Appratto queda sumido en una alegre, juguetona hipnosis ante el acto y las herramientas de la escritura (el papel, las letras, la coma). Es algo que lo fascina desde hace tiempo, incluso en su prosa (la reciente La brisa). Gran parte del avance y el ritmo dependen del encadenamiento alterno de las palabras abstractas y concretas, y una primera persona que parece siempre amenazada por la cristalización. Más de un poema esquiva el tono "blanco" para volverse expresivo de algo personal. Por ejemplo el excelente texto XII: "Yo me sentía muy mal me sentía/muy mal pensaba que mi vida/no tenía sentido en absoluto...." La euforia y la depresión alternan cada vez más aceleradamente, hasta alcanzar un espesor existencial y humorístico a la vez, como en algunas canciones de Leo Maslíah.
Tatiana Oroño incluye en Morada móvil un texto en prosa con un título digno de Appratto: "Escribir". De excelente factura, el tono no puede ser más distinto sin embargo. Sin esquivar la abstracción, es indiscutible sin embargo que está escrito por una mujer: el acecho del momento de escribir para descubrirse a sí misma se produce en medio de las tareas diarias, definidas como "perder tiempo haciendo cosas que hay que hacer, en lugar de lo que de veras hay que hacer" (que es escribir). Los poemas cortados en verso continúan el estilo de otros de sus libros, pero los mejores textos están en su libérrimo uso de la prosa, que recuerda a veces a Clarice Lispector. "Nada de palabras", por ejemplo, es mucho más que un relato en su concentración extrema ante la traición sentimental, logrando describir con precisión en muy poco espacio estrategias de venganza y ninguneo cruel, irreparable. "Ábaco" sintetiza por su parte una matemática genética, un cruce de edades en el parto: la madre hasta allí avejentada que rejuvenece, la niña recién nacida "arrugada como una viejita".
EL ENCIERRO Y LA CORRIENTE. Los poemas de Álvaro Ojeda en Cul-de-sac son los que hacen referencia más clara a la historia uruguaya muy reciente de crisis y derrumbes. Con inteligencia, el peso referencial está puesto sobre todo en el título ("Desempleados", "Ahorristas", "Atraso cambiario", "Default"), mientras que el poema mismo usa estrategias menos directas que la poesía testimonial convencional. Un recurso es aludir al pasado histórico lejano (en el tiempo y el espacio), alejando y aclarando a la vez el hecho presente. Otro, usar un lenguaje de alta metáfora o sonoridad, muchas veces con intención irónica soterrada.
Los primeros poemas de Roberto Echavarren en Casino Atlántico lo muestran como el consumado ejecutor de una corriente de palabras asentadas sobre las imágenes, la carga sexual y sobre todo la sonoridad entre "baja" y cargada de neologismos del "neobarroco" o "neobarroso" (por rioplatense). Pero en el muy extenso "Casino Atlántico" el despliegue verbal supera el gusto sensual por desgranar palabras o momentos intensos. Este gran poema permite un auténtico espectáculo verbal, denso y complejo, y desarrolla casi un relato salpicado de diálogos, que otros textos cruzados por el sexo homosexual y la buscada violencia exponen en la explosión del momento, y que aquí alcanza en cambio una temperatura inédita. l
MORADA INMÓVIL de Tatiana Oroño, 46 págs. DESPUÉS de Roberto Appratto, 36 págs. HABRÁSE VISTO de Eduardo Milán, 34 págs. QUEDA de Enrique Fierro, 53 págs. TARJA de Luis Bravo, 38 págs. CASINO ATLÁNTICO de Roberto Echavarren, 43 págs. CUL-DE-SAC de Álvaro Ojeda. Artefato, Montevideo, 2004.