Algo más que un libro de viajes

Cal Flyn, la artista que encontró vida en los lugares más terribles del planeta

Los sitios envenenados y abandonados por el hombre pueden, paradójicamente, ser la salvación del planeta Tierra.

.
Cal Flyn, autora de Islas del abandono
(foto Nancy McDonald, detalle)

Este contenido es exclusivo para nuestros suscriptores.
.
por Mercedes Estramil
.
Un canal de YouTube latinoamericano especializado en datos geográficos insólitos (Un mundo inmenso) dedicó hace más de un año uno de sus videos a una ex zona turística: la playa de Varosha, en la isla de Chipre. En 1974, una invasión militar turca dividió la isla y dejó en medio una extensa “zona colchón” a la que nadie puede entrar: casas abandonadas de un día para otro y hoteles vacíos bajo la mirada del patrullaje armado. Lo único que proliferó ahí fue una naturaleza libre de los controles humanos. El mismo canal dedicó otro video a Prípiat, el desolado panteón de Chernóbil, donde uno podría suponer que no vive nada. El libro Islas del abandono, de Cal Flyn, habla de esas zonas de exclusión y de diez más, en lo que podría llamarse un via crucis de sufrimiento planetario.

Flyn es cronista de ese espectáculo en tres instancias: tierra contaminada/ poblaciones desplazadas/ resurgir de la naturaleza. Viaja a los lugares y se expone a los peligros que acechan en sitios abandonados, que no siempre son islas en sentido literal. En eso se diferencia de otro libro a tener en cuenta para saber dónde no ir (a vivir, sí a turistear), el Atlas de islas remotas de la alemana Judith Schalansky. En el caso de Flyn, la mayoría de los escenarios fueron en su día el hábitat de miles de personas: la Detroit de las fábricas de automóviles de mediados del siglo veinte (que a comienzos de este ofrecía becas a artistas para que la repoblaran); el Edimburgo petrolero de fines del siglo XIX y comienzos del XX; la Estonia rural de los megaplanes soviéticos; la Paterson del algodón, cuna y tumba de la Revolución Industrial en New Jersey; la Verdún francesa donde se peleó la batalla más larga del mundo en 1916; la Slab City de California, donde un desvío del río Colorado generó un mar tóxico de sal; la Prípiat de la peor explosión nuclear hasta hoy; etc.

Un microbio. Nacida en 1986 en Inverness, Cal Flyn vive en las Islas Orcadas, archipiélago al norte de Escocia. Tal vez heredó su espíritu aventurero de un antepasado infame, su tatarabuelo Angus McMillan, asesino de aborígenes en Australia, sobre el que escribió un libro anterior. Como sea, la idea de investigar para Islas del abandono le llegó en un viaje a Inchkeith, una isla deshabitada de 23 hectáreas a seis kilómetros de Edimburgo, que fuera prisión, hospital de cuarentena y ahora es hogar de flora y fauna que crece a sus anchas. Como si aquí dijéramos la Isla de Flores, 31 hectáreas, y el mismo destino de ruinas, gaviotas y conejos. La visión de ese lugar le puso en frente la premisa de su estudio: ¿y si la ausencia humana le hace bien al mundo? Ahí se dedicó a explorar lugares vaciados, descubriendo que la depredación humana viene ligada a intereses antropocéntricos de expansión ilimitada. Industrialización, ganancia, explotación.

Hay que decir que Flyn escribe desde su creencia en el relato de la pandemia y en el cambio climático provocado por el hombre (que varios científicos desmienten), pero también desde la duda. En este sentido no da respuestas concluyentes sobre lo que se debería hacer en pos de lograr el bien a largo plazo. Algunos de los casos planteados dejan en claro que la estupidez humana a corto, mediano o largo plazo es tangible. Por ejemplo, no hay duda de que los errores que condujeron a la catástrofe de Chérnobil trajeron muerte y devastación inmediata y cánceres a futuro. Pero no es menos cierto que la zona de exclusión (o “zona de alienación” como le llaman los autores del formidable Chernóbil herbarium), se repobló de linces, ciervos, alces, jabalíes, lobos y plantas de todo tipo (radioactivas, sí, pero vivas). Lo mismo que al saqueo de la forestación sucede el fenómeno de la reforestación natural. Por otro lado, la excesiva injerencia controladora puede derivar en insectos resistentes a los pesticidas, plantas resistentes a los herbicidas, bacterias resistentes a los antibióticos; el caso del río Passaic en Staten Island lo deja claro. Allí los residuos industriales vertidos al agua crearon un guiso tóxico de dioxina, contaminante mortífero y casi indestructible. Otro renglón de la estupidez lo registra el jardín botánico abandonado de Amani en Tanzania, al que se transportaron especies exóticas sin prever que se convertirían en invasoras, destruyendo el hábitat natural. También se pueden citar los “intercambios biológicos” del descubrimiento de América, que provocaron millones de muertes.

En honor al viejo refrán de que lo que no te mata te fortalece —hormesis en terminología científica—, hay quienes proponen que un nivel bajo y constante de radiación, o generar adrede tierras baldías sería incluso bueno. Lo cierto es que a partir de un solo microbio y después de mucha eliminación de seres sintientes, la vida resurge, y tanto en una zona de exclusión gigante como en un garaje abandonado, hay vida.

Vidrios rotos. Otro aspecto de Islas del abandono tiene que ver con el daño social producto de la depredación natural, lo cual lleva al tema de la crisis económica y psicológica, esta sí, indiscutiblemente real. En el capítulo final, Flyn visita el mar de Salton, una playa artificial y reseca en el sureste de California, creada en 1905 a raíz de un diluvio y convertida en balneario turístico. Duró poco. Cuando el agua se retiró quedaron toneladas de sal, residuos de fertilizantes agrícolas y toxinas. Y llegó al lugar otra resaca: drogadictos, delincuentes, visionarios religiosos, descreídos, perdedores, locos, los excluidos del capitalismo. Slab City, a pocos kilómetros de ahí (se lo ve en Google Earth, da miedo) se fue quebrando de a poco, siguiendo la teoría deteriorista de los vidrios rotos que indica que lo que no se repara incentiva más roturas.

El libro de Flyn deslumbra e interpela. No tiene una sola foto ni la precisa. Está escrito con el equilibrio justo entre el dato frío y la sensibilidad contenida de un artista. Entre las varias películas de catástrofe planetaria que cita está Stalker, la distopía del gran Andrei Tarkovski, un viaje a través de la devastación, contra el miedo al apocalipsis y a favor de la redención de lo humano. La filmó en 1979, siete años antes de Chernóbil, en locaciones ya tóxicas. Flyn correlaciona eso con las muertes por cáncer del director, de su esposa Larisa y del actor Anatoli Solonitsyn. Este libro propone un viaje similar y muestra que siempre habrá un alquiler a pagar por habitar la tierra.

ISLAS DEL ABANDONO, de Cal Flyn. Fiordo, 2023. Buenos Aires, 343 págs. Trad. de Lucía Barahona. Otra reseña sobre este libro se publicó en El País Cultural del 18/6/2023.

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

premium

Te puede interesar