Urbanismo y cultura

Ángel Rama, Miami, Brasilia y la auténtica ciudad latinoamericana

Adrián Gorelik es de los pocos intelectuales que interpretan el urbanismo como un proceso cultural.

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Adrián Gorelik
(foto Wiko-Angelika Leuchter)

por Fernando García, desde Buenos Aires
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A pocas horas de emprender un viaje académico a Chicago, Adrián Gorelik nos recibe en su pequeño estudio en el barrio de Caballito, el centro geográfico y social de Buenos Aires desbordado por una ambición inmobiliaria sin plan ni control. Rodeado de libros y un antiguo grabador a cinta que utilizaba en sus días de estudiante, este arquitecto e historiador es uno de los pocos intelectuales capaces de interpretar al urbanismo como proceso cultural. Su nuevo libro La ciudad latinoamericana (Siglo XXI) es el resultado de años de investigación plasmados en un texto que da todas las pistas para pensar un fenómeno en el que la influencia de la guerra fría es vista bajo un nuevo prisma. Sorprende así que en las citas que abren el primer capítulo se crucen el estadounidense John Friedman y el uruguayo Ángel Rama. La entrevista que sigue se despliega en torno a este señuelo de polaridad que no es tal. Parte de un enfoque tan desafiante como riguroso.

—En el libro se plantea un esplendor de la ciudad latinoamericana como concepto entre los años 40 y 70. ¿Dónde estamos hoy?
El libro habla de “ciudad latinoamericana” como una idea, ya que no se trata de una ciudad “real”, sino de un artefacto construido por un grupo de figuras e instituciones que comenzaron a pensar a todas las grandes ciudades del continente como un mismo fenómeno y así articularon agendas políticas, académicas e intelectuales. Esa forma de pensar la ciudad perdió productividad en los 80 y creo que fue por dos razones. Los grandes libros de los 60 y 70 siempre buscan la comparación entre las ciudades latinoamericanas o toman la ciudad que estudian como “caso” de una problemática mayor. En cambio, los principales libros de los 80 vuelven a interesarse por la especificidad de cada ciudad en términos de “cultura urbana”: Buenos Aires, una modernidad periférica de Beatriz Sarlo, Orfeo extático en la metrópoli de Nicolau Sevcenko sobre San Pablo, los trabajos de Carlos Monsiváis sobre México, entre muchos ejemplos, toman a esas ciudades como clave de sus intransferibles formas de modernidad. Y si se deja de pensar en términos comparativos, es también porque pierden vigencia las teorías que hacían posible la comparación, como el desarrollismo o el dependentismo que, cada una a su modo permitían observar diferentes ciudades con patrones comunes. Por otro lado, desde el punto de vista de la opinión pública y el periodismo, la idea de “ciudad latinoamericana” se convirtió exclusivamente en sinónimo de degradación: hacinamiento y violencia, los monstruos parasitarios desde los cuales es imposible pensar políticamente. Ese lugar épico del pensamiento urbano entre los 40 y los 70, cuando se pensaba a la ciudad como palanca de la transformación, se perdió.

—Su investigación muestra que aquella vocación urbanista fue en buena medida auspiciada por fundaciones e investigadores estadounidenses. ¿Cómo se explica?
Quise hacer énfasis en algo que me parece novedoso en los debates sobre la guerra fría. Por supuesto que las relaciones de Latinoamérica con los Estados Unidos no fueron idílicas ni mucho menos. Existieron los golpes de Estado financiados por el Departamento de Estado, sí, pero encontré que el tema urbano presentaba un escenario muy diferente. Básicamente, porque las ideas norteamericanas sobre la planificación y las figuras que las llevaban adelante tienen una participación importante en el New Deal. La planificación supone una participación del Estado en la vida social que rompe con las más clásicas ideas liberales y eso siempre produjo conflictos dentro de los Estados Unidos, donde los promotores de una acción planificada muchas veces son identificados como “comunistas”. De hecho, la Segunda Guerra Mundial volvió impracticables en los Estados Unidos las políticas más osadas de Roosevelt y muchos de sus funcionarios migraron hacia el sur, utilizando a las fundaciones (Ford, Rockefeller) como soporte para intentar aplicar sus prácticas reformistas en América Latina. Al menos en los temas urbanos y regionales, hubo una zona muy viva de la cultura norteamericana que desplazó hacia el sur su matriz progresista y reformista, creando situaciones muy distintas para repensar la Guerra Fría.

—¿No cree que la radicalización política de los 70 conspiró contra los logros de esta colaboración?
Es posible, pero hay que entender que el germen de esa radicalización ya estaba presente en esa misma colaboración de las décadas anteriores. Y por eso en el libro propongo comprender todo el período, de los 40 a los 70, como un ciclo único. Un buen ejemplo es el Centro Interamericano de Vivienda de Bogotá (CINVA), la primera institución creada por la OEA, con ideas y fondos panamericanos, pero donde ya en los años 50, bastante antes de la revolución cubana, se van generando ideas muy comprometidas sobre la vivienda social y sobre el rol del técnico o el intelectual como quien acompaña a la sociedad en el cambio.

—Claro, pero en los 70 todos esos valores puestos en la ciudad se ponen en crisis: dependencia, alienación, los focos rurales de la guerrilla. ¿No es así?
Así es. La ciudad deja de ser pensada como un lugar de transformación progresista para ser pensada como un lugar de resistencia al cambio, sobre todo por la presencia de las clases medias. El pasaje del desarrollo a la dependencia y del reformismo a la revolución mantuvo la matriz optimista sobre la posibilidad del cambio, pero en relación a la ciudad, la segunda fase dejó de verla positivamente, ya que el ejemplo de la revolución cubana llevó a pensar que el cambio sólo podía venir del campo. Los habitantes de la villa miseria, la favela, los cantegriles no serán más vistos como quienes debían ser auxiliados para su integración a la ciudad, sino como quienes ponían en práctica en las barriadas una forma no burguesa de la vida urbana. Esto ya es a fines de los 60 y comienzos de los 70, pero entonces los golpes de Estado cortan de cuajo la experiencia, porque en esas zonas muy movilizadas de la vida social y política, pero también de la reflexión académica, van a concentrar buena parte de su fuerza represiva.

Cooperativismo a la uruguaya.
—¿Cómo puede caracterizarse a Montevideo en este recorrido que hace el libro?
Montevideo integró la red de pensamiento urbano que yo analizo, aunque no me detengo en ella, como tampoco lo hago con Buenos Aires, porque no encontré en estas dos ciudades experimentos de planificación que hubieran tenido el peso de las que estudio en ciudades de Puerto Rico, Colombia, Venezuela, Chile o Brasil. Pero el Centro Latinoamericano de Economía Humana (CLAEH) creado por Juan Pablo Terra en los años 50, en directa relación con las propuestas de planificación del dominicano francés Louis-Joseph Lebret, fue promotor de un desarrollismo humanista que tuvo gran implantación también en Brasil y Colombia. Terra llevó adelante una cantidad de investigaciones sobre el mundo rural y urbano y la vivienda social, en un momento en que florecía en Uruguay un movimiento cooperativista de vivienda muy poderoso y creativo, que fue capaz de articular las experiencias de auto-construcción de la población con la tradición sindical.

—¿La ciudad latinoamericana no es tal sin las villas?
Siempre teniendo en cuenta que la “ciudad latinoamericana” es una figura de la imaginación social, la villa miseria es el principal elemento que la constituye. Porque en los años 50 comienza a considerarse la expresión urbana de la grieta estructural que constituye las sociedades latinoamericanas, entre el campo y la ciudad; y por el tipo de sociedad urbana que constituye. La villa es una suerte de retorno de lo reprimido por la ciudad, el campo, en el que éste se reapropia del terreno que la urbe le quitó. José Luis Romero lo llama “la ofensiva del campo sobre la ciudad”.

—¿Urbanizar las villas es un oxímoron entonces?
En los años 40-50 las políticas de los estados latinoamericanos tenían como ideal la construcción de grandes conjuntos habitacionales donde relocalizar a las poblaciones erradicadas (esa era la palabra clave de entonces: erradicar). La defensa de los derechos de los pobladores, la reivindicación de sus esfuerzos y sus luchas en la auto-construcción de su hábitat quedaba en manos de las organizaciones de base. Pero en ese mismo momento fue surgiendo otra concepción como vimos con el ejemplo del CINVA que proponía una política pública más atenta a la capitalización del esfuerzo comunitario. Curiosamente, esa propuesta, que encontrará su versión radicalizada en las barriadas de Lima y los campamentos de Santiago de Chile, tenía una matriz panamericana, con el modelo de las propuestas de “lote y servicios” iniciadas en Puerto Rico a finales de los años 30. Algunas políticas desarrollistas (sobre todo bajo dictaduras) continuaron la práctica de la erradicación, pero ya desde los años ochenta se vuelve completamente inviable y hoy hay un consenso casi universal a favor de la urbanización, con ejemplos notables, como los del plan “favela-bairro” en Brasil y toda la política urbana del alcalde Mockus en Medellín, que instaló centros culturales y escuelas de punta en los cerros más críticos que rodean la ciudad, y los conectó con sistemas de transporte modernísimos. El problema del discurso urbanizador hoy, en ciudades como Buenos Aires, es que termina siendo una suerte de coartada progresista para no hacer cambios sustanciales que modifiquen condiciones de vida lamentables.

La ciudad letrada de Ángel Rama.
—Ángel Rama aparece como una figura clave en su análisis. Es algo que no deja de sorprender teniendo en cuenta que es una figura que viene de la crítica literaria. ¿Cómo se relaciona con los estudios urbanos?
Rama ofrece una definición ineludible: la idea de “ciudad letrada” se asocia con los otros modos con que, en ese período, se buscó una caracterización cultural de nuestras ciudades como “ciudad artificial” (Richard Morse) o “ciudad ideológica” (José Luis Romero). El libro La ciudad letrada ejemplifica, por una parte, la fuerte atracción que los temas urbanos ejercieron sobre el mundo cultural de los años 1940-1970. Pero, por otro lado, es una suerte de réquiem a ese ciclo, ya que Rama comienza a trabajar en el libro en el comienzo de la década del 80: su mirada vino a plasmar el estado de la opinión radicalizado donde la ciudad comienza a ser vista con desconfianza, como el obstáculo principal a cualquier transformación efectiva ya que, se descubría, nunca había dejado de actuar como agente principal en la producción y reproducción del poder. Rama apunta con elocuencia el doble sistema de dominio que las fundaciones urbanas de la Conquista vinieron a perpetuar: el dominio de la ciudad sobre las regiones interiores y el dominio de la razón moderna europea sobre las culturas locales, orales y populares.
Lo que la muerte tan precoz de Rama le impidió conocer es el nuevo ciclo de optimismo urbano que se abría en la década del 80. Podríamos decir que esos cambios, de la ciudad y del pensamiento sobre ella, tuvieron su expresión en Montevideo en los años noventa con la intendencia de Mariano Arana, cuando se recuperaron aspectos sustanciales de la tradición pública y democrática de la ciudad; una experiencia cívica y política que ofrecía el contrapunto más clamoroso a lo que estaba pasando en Buenos Aires, y puso en valor la cultura más letrada y más urbana de América latina, la “ciudad letrada”, que podía exhibir más éxitos sociales desde los realizados por el batllismo de comienzos del siglo XX hasta los años sesenta.

—Usted plantea que de haber una ciudad latinoamericana hoy, ella no es otra que Miami. ¿Qué quiere decir?
Convengamos en que es una boutade, pero se apoya en el rol que Miami tomó en la organización de la industria cultural latinoamericana desde los años 90, como una suerte de nuevo centro desplazado. Hay allí una Latinoamérica como solo podría verse en un parque temático.

—¿Y eso no será una consecuencia del desencanto con la experiencia urbana en nuestras ciudades?
Sí, con el desencanto con la idea de que la ciudad puede ser una herramienta transformadora de toda la sociedad.

—¿Por eso no tuvimos otra Brasilia en todo el continente?
Brasilia logró producir inmediatamente la imagen de una capital para toda la nación. Las famosas columnas invertidas que Niemeyer creó para el palacio presidencial están reproducidas artesanalmente en muchísimas viviendas populares en todo el país, mostrando una suerte de imaginario moderno-popular de gran pregnancia. Hay que reconocer que desde muy temprano en el siglo XX la arquitectura brasileña fue capaz de ofrecer las formas que la política demandaba para la producción simbólica de la nación moderna. Y hoy podemos recorrer Brasilia como el museo de arquitectura al aire libre más grande del mundo y, al mismo tiempo, como el museo de las aspiraciones desarrollistas de la modernidad latinoamericana.

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