Cada verano, miles de personas disfrutan del mar sin saber que bajo sus pies se esconde una fuerza peligrosa: las corrientes de resaca. Estas corrientes son responsables de más de mil muertes al año en todo el mundo. No se trata de olas gigantes, sino de flujos de agua que pueden empujar mar adentro a quien se cruza en su camino.
Cuando una persona intenta nadar de frente hacia la costa, se fatiga rápidamente. La corriente sigue tirando y el pánico hace el resto. Por eso, comprender cómo y cuándo se forman estas corrientes puede marcar la diferencia entre un baño seguro y una tragedia.
Todo empieza con las olas
Las corrientes de resaca se originan en la zona donde rompen las olas. El oleaje empuja grandes volúmenes de agua hacia la orilla y genera una sobrepresión en la costa. El agua busca, entonces, una vía de escape y regresa al mar formando canales estrechos y veloces que avanzan perpendicularmente a la línea de playa.
Durante décadas, se pensó que todas las corrientes de resaca eran similares: flujos rectos y concentrados, como se describió en 1941. Sin embargo, investigaciones recientes han demostrado que cada playa tiene su propio sistema de corrientes. Su forma, intensidad y duración dependen del tipo de arena, la pendiente del fondo, las mareas y las condiciones del oleaje. En otras palabras, no hay dos playas iguales.
Cada playa tiene sus resacas
En la Universidad de Oviedo estamos desarrollando el primer experimento en España para analizar y categorizar el sistema de corrientes de resaca de la playa de Salinas-El Espartal, en Asturias. El objetivo es comprender cómo se forman, qué extensión alcanzan y en qué momentos de la condición de marea representan un mayor riesgo para los bañistas.
El reto no es pequeño: estudiar el movimiento del agua requiere tecnología precisa y equipo adecuado. Para hacerlo más accesible, hemos diseñado una metodología de bajo coste que combina tres herramientas. Primero, un drifter GNSS-RTK, un dispositivo flotante que registra su posición cada segundo con un margen de error de menos de un centímetro. También usamos tintes biodegradables (a base del colorante uranina) que permiten visualizar la trayectoria exacta de la corriente sin dañar el ecosistema; y drones, que capturan desde el aire la evolución de la mancha de color y del movimiento del drifter.
Con esta combinación, obtenemos un mapa detallado de la velocidad, dirección y forma de las corrientes bajo distintas condiciones de marea, viento y oleaje.
Mejor seguridad para bañistas
Este estudio no solo amplía nuestro conocimiento sobre la dinámica costera, sino que también ofrece una base para mejorar la seguridad en las playas. Con datos precisos, podremos diseñar sistemas de alerta temprana, señalizaciones más efectivas y estrategias de rescate adaptadas a cada playa.
Pero comprender las corrientes de resaca no solo sirve para prevenir accidentes. También ayuda a entender mejor el papel que desempeñan en el ecosistema: distribuyen nutrientes, modifican la morfología del litoral y afectan a la vida marina en la zona intermareal.
Cómo reconocerlas
No estamos hablando de monstruos marinos que engullen bañistas, sino fenómenos naturales tan comunes como las olas. Saber reconocer las corrientes y reaccionar adecuadamente puede salvar vidas.
Para ello, lo primero es entrenar la vista. Antes de entrar en el agua, conviene observar durante unos minutos la línea del oleaje y el movimiento general de las olas. Hay varias señales que pueden delatar su presencia:
• Zonas sin rompiente. Es el indicio más evidente. Si en un tramo de la playa las olas no rompen, es muy probable que allí exista una corriente de resaca.
• Bandas de agua más oscura. Un color azul más profundo suele indicar un canal de mayor profundidad por donde el agua está regresando al mar. Estas zonas pueden albergar corrientes persistentes.
• Arena en suspensión. Algunas corrientes registran velocidades muy altas. Lo habitual es que alcancen entre 0,5 y 0,8 m/s con oleaje moderado, pero en ciertas condiciones pueden llegar hasta los 2 m/s. Esa fuerza es suficiente para arrancar arena del fondo y transportarla mar adentro, creando franjas de agua turbia que permiten identificarlas desde la orilla.
Y cómo actuar
Saber detectarlas es fundamental, pero también lo es actuar con calma, si alguna vez nos atrapa una. Lo más importante es no intentar nadar contra la corriente. Ese esfuerzo solo conduce al agotamiento.
Si la playa cuenta con servicio de salvamento, lo recomendable es dejarse llevar y pedir ayuda. Guardar fuerzas facilita que los socorristas puedan asistirle y que pueda colaborar durante el rescate.
Si no hay socorristas, mantenga la serenidad. Estas corrientes suelen perder intensidad una vez superan la zona de rompiente, por lo que lo más eficaz suele ser dejar que nos arrastre hasta que afloje. Una vez fuera de su influencia, podemos nadar en paralelo a la costa antes de dirigirnos de nuevo a la orilla.
Otra opción válida es nadar hacia zonas donde las olas rompen. Allí, el agua avanza hacia tierra y puede ayudarnos a regresar. En cualquier caso, la clave es evaluar la situación, conocer nuestras capacidades y escoger la estrategia más segura en cada momento.
Fomentar una cultura de seguridad, identificar las zonas de riesgo y entender cómo actúan estas corrientes son pasos esenciales para reducir los ahogamientos y disfrutar del mar con respeto y conocimiento.
The Conversation/Deva Menéndez Teleña, Aitor Marqués Alonso, Jesús Ángel García Maza