ELVIO GANDOLFO

"Veo un deterioro muy grande en lo cultural"

Narrador, poeta, crítico y traductor, pero por sobre todo un afilado observador de la realidad de la que suele nutrirse para crear una obra de ficción ya referencial.

Elvio Gandolfo, un hombre de letras que ha vivido en dos orillas.

La risa, la carcajada expansiva y contagiosa es su marca distintiva. Aparece repentina y arrolladora en cualquier charla mano a mano, un corrosivo contra cualquier intento de solemnidad. Para muchos es uno de los mayores cuentistas contemporáneos de la literatura rioplatense, una literatura que se caracteriza por tener gigantes del género. Pero también es un afilado crítico y un referente en géneros populares como las novelas policiales, la ciencia ficción, el relato fantástico y de terror.

Elvio Eduardo Gandolfo nació en San Rafael (Mendoza, Argentina) el 26 de agosto de 1947. Pero sus padres se mudaron a Rosario cuando cumplió su primer año, por ese motivo Gandolfo se considera por sobre todas las cosas un rosarino. Hace más de cuatro décadas que vive en Uruguay, primero en Piriápolis y más tarde en Montevideo. Aunque viaja una o dos veces al mes a Buenos Aires, donde colabora con Clarín, La Nación, Perfil y la revista Noticias, regresa siempre a su ciudad adoptiva. En su obra se camina por las calles de esas tres ciudades y se habla el rioplatense con mayor o menor acento.

Dice que llegó a Montevideo a los 21 años buscando los libros de Juan José Morosoli. Era 1968, el mundo vivía una revolución contracultural que tenía su expresión local. Regresó a Rosario al poco tiempo, pero la ciudad ya lo había encantado. Volvió con ánimos de afincarse en 1976, cuando sobrevino el golpe de Estado en Argentina. "Me vine de una dictadura grande a una pequeña, aunque después me enteré de que aquí la dictadura fue mucho peor en las cárceles", cuenta.

De dos orillas.

Antes de establecerse en Uruguay Gandolfo trabajó con su padre en la creación de una revista de periodismo cultural hoy considerada de culto. Se trataba de El Lagrimal Trifurca, una publicación que en principio se planeó como trimestral pero salió de forma irregular entre 1968 y 1975. Su padre, Francisco Gandolfo, poeta y editor de la revista era un imprentero de oficio que enseñó a sus hijos a trabajar con tesón.

El golpe terminó con esta revista como terminó con tantas otras y fue decisivo para que Elvio resolviera cruzar el charco y pasar a residir en Uruguay. "Me fui a Piriápolis, arreglé con mi viejo después de grandes discusiones, una despedida, etcétera, etcétera", recuerda.

Y al poco tiempo comenzó con el que sería su segundo oficio, el de traductor de inglés y francés. Recuerda que trabajaba en largas jornadas. Repasando las obras que había traducido en aquellos tiempos se sorprende al caer en la cuenta de que hubo años en los que preparó de seis a ocho libros. De todos modos se hacía tiempo para escribir sus primeros artículos periodísticos y "dar una mano" en el quiosco que tenía Nilda, la madre de uno de sus grandes amigos: Mario Levrero. El trabajo de Elvio era corroborar que cada uno de los libros de Corín Tellado tuviera su final, ya que los clientes habían tenido algunas sorpresas desagradables. A las risas, como siempre, Gandolfo recuerda todavía algunos de aquellos finales: "Ella se aflojó en sus brazos, se menguó en ellos. Abajo, los criados seguían tocando la pandereta (risas)".

Luego sobrevino el tormentoso final de su primer matrimonio, se mudó a Montevideo y tras la separación pasó a hacerse cargo de la crianza de su hija Laura. "Fue mi Vietnam", dice cuando habla de aquella ruptura.

En esa época comenzó a trabajar con gran intensidad, además de las traducciones formó parte de las publicaciones que se abrían paso esquivando censuras sobre el final de la dictadura. El semanario Opinar dirigido por Enrique Tarigo fue uno de sus primeros empleos estables en prensa. Al poco tiempo colaboró con las revistas Jaque y Punto y Aparte, publicaciones de referencia de las que guarda grandes recuerdos.

Pero su lugar en el periodismo estuvo ligado durante varios años al Cultural de El País. La revista fundada por Homero Alsina Thevenet se convirtió rápidamente en un referente en las dos orillas.

En uno de sus viajes a Buenos Aires Gandolfo había trabado relación con Alsina Thevenet. Poco tiempo después se lo encontró y don Homero se despachó con una de sus sentencias características: "Vos y yo vamos a hacer un suplemento". Dos meses más tarde ya estaban en Montevideo para ponerse manos a la obra. "Él quería llegar y sacarlo, pero yo le dije tené paciencia. De hecho, creo haber sido un buen manager para él", dice.

Gandolfo cree que el suplemento fue un gran aporte a la cultura local. De hecho, retirado desde hace unos años de esta publicación, ve con preocupación el estado actual de la cultura uruguaya. "Veo un deterioro muy grande en lo cultural, en el sentido de ignorar hasta las cosas más básicas", se lamenta.

Amistades legendarias.

Poco antes de radicarse en el país había leído un relato breve de Mario Levrero y había quedado deslumbrado. De modo que cuando lo conoció en Piriápolis se generó rápidamente una amistad que duró hasta el final. Compartían sus gustos por las novelas de ciencia ficción, las policiales y las historietas. Se veían regularmente, hasta que la salud de Levrero empeoró y finalmente falleció en 2004.

También Gandolfo cuenta entre sus amigos a un par de escritores que imprimieron su marca en las letras. Rodolfo Fogwill es uno de ellos. "Es a uno de los que más extraño, un tipo extraordinario", dice con emoción. Fogwill falleció en 2010 y dejó una extensa obra con títulos destacados en novela, cuentos y poesía. Durante años cada vez que Gandolfo cruzaba a Buenos Aires era un ritual encontrarse en un café durante horas y poner a prueba el sentido del humor, a veces ácido, siempre punzante de ambos.

Y el otro escritor de culto con el que Gandolfo guarda una gran amistad es César Aira, el reciente finalista del Man Booker y para muchos indiscutido candidato al Nobel de Literatura.

"Los domingos a las cinco nos encontramos en Thames y Córdoba, una hora exacta y se va a la mierda. A veces si yo traigo problemas personales se va a los cincuenta minutos", cuenta Gandolfo.

Describe a Aira como un tipo sumamente cortés y de buen humor, le encanta contar chistes y conoce infinidad de anécdotas de grandes escritores. Durante la distendida charla dominguera Aira y Gandolfo hablan tanto de libros como de la vida en general. Pero cumplidos los sesenta minutos Aira se levanta, le da la mano y se despide hasta la próxima. "Lo que me asombra mucho de él es lo absolutamente entregado que está a lo literario, con una pasión juvenil", comenta.

De todos modos, el reconocimiento sobre la figura de Aira es relativamente reciente ya que por años su literatura fue sobre todo para iniciados. Se puede decir que hoy rompió las barreras minoritarias del escritor de culto y comienza a ganar cada vez más lectores.

Algo similar le ha ocurrido a Gandolfo en Argentina. El reconocimiento tardó en llegar, aunque su nombre era una referencia permanente tanto en la narrativa breve como en la crítica. En 2014, finalmente, recibió el premio de la crítica de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (Filba) y poco después el premio Kónex como uno de los mejores cuentistas del período 2009-2013.

"Para mí fueron premios menores, yo sé cómo se eligen y no es para tanto", relativiza Gandolfo. De todas maneras la distinción que más apreció fue el premio de la crítica de la Filba: "Yo me sentí muy satisfecho porque me lo dieron tipos con los que yo he laburado mucho tiempo".

Aunque ha recortado sus paseos debido a alguna dolencia física, el caminar por la ciudad es desde siempre una de sus mayores aficiones. Gandolfo es un observador atento y siempre está descubriendo una nueva historia. Cada vez que se sorprende quejándose por algo dice "ya me estoy haciendo uruguayo" y suelta una de sus carcajadas.

Cambios para peor.

"Montevideo ha cambiado mucho estos años, por ejemplo está más iluminada. Pero el cambio que no me gusta, que tiene causas muy complejas, es el deterioro de la vida cotidiana en la calle, es muy intenso. Hoy cualquier cuidacoches te enfrenta y te recontraputea y no pasa nada. Y hay un deterioro hasta del lenguaje, lo notan más los que han vivido el cambio, los que tienen hasta treinta, por ejemplo", dice Gandolfo. Vivir por más de cuarenta años en la ciudad le ha permitido ver sus luces y sus sombras. "Me la paso oyendo conversaciones —porque soy muy observador de oreja—, y no se puede creer la cantidad de tiempo que dedica la gente a hablar de la salud", comenta. "Si vos dedicás una vida entera a hablar de la salud, estás del tomate, estás muy de la cabeza", agrega. Los cambios en el humor ciudadano, el machismo soterrado, el empuje de concepciones conservadoras son observados con preocupación por el escritor. "Se va muy claramente acá, en Estados Unidos y en Europa hacia el fascismo, son muy evidentes los indicios. Y no es una cosa que haya traído Internet, nada que ver, es un chip enfermo que tenemos en el mate que de golpe se activa y nos lleva a cualquier lado", dice.

SUS COSAS.

Películas. "Dejé de ir al cine porque ya me resulta incómodo, pero veo películas en DVD o que me bajan amigos", dice Gandolfo. Colecciona y disfruta con frecuencia películas del cine clásico, la época de oro de Hollywood y el cine europeo. También sigue con atención las últimas producciones.
​Amuletos. Gandolfo es un cultor del cómic y tiene una colección de historietas que guarda desde su juventud. Por alguna razón llegó hasta su biblioteca una figura de La Cosa de Los 4 Fantásticos, uno de los cómics precursores de Marvel creados por Stan Lee. Se convirtió en su amuleto personal, con el poder de levantarle el ánimo en los días grises.
​Revistas. Su colección más importante son los libros de bolsillo de la serie Amazing y Fantastic, con los clásicos de la ciencia ficción. Además de historietas, colecciona las revistas Cahiers du Cinemá; Diario de Poesía; Investigación y Ciencia, Wired, entre otras publicaciones.

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