Guitarra, voz, pedales y un ambiente de límites difusos

Jorge Drexler. Hoy es su tercera y última noche en el Solís.

SEBASTIÁN AUYANET

De moderno traje negro y championes All-Star, Drexler y su equipo de trabajo en vivo presentan Cara B ante un Teatro Solís que favorece el intimismo y la complicidad con el público.

"Salud", dice Jorge Drexler a un espectador que larga su tercer estornudo, y suelta una risa generalizada en el público. El compositor parece más distendido, pero dice no estarlo. "Hace mucho que no estoy tan nervioso. Llevamos más de cien conciertos y es la primera vez que Matías (Cella) y Campi vienen a saludarme con un beso al escenario", explica.

Va casi una cuarta parte del concierto y los dos operarios de la iluminada consola -ubicada estratégicamente a nivel de la platea, en favor de la interacción con el escenario- ya hacen su primera visita al escenario del Solís. El catalán Campi llega con una moderna versión de un Theremin, el primer instrumento electrónico de la historia, que suena en función de la cercanía de las manos del ejecutor. Cella toca un Tenori, un extraño panel que emite luces a la vez que sonidos. A pedido de una señora, Drexler habla sobre ambos instrumentos.

El ánimo lúdico de los shows de Cara B es palpable. En ellos, la solemnidad del teatro se matiza con alguna charla mientras Drexler toca en un escenario que parece un campo desierto con apenas algún cable, dos o tres pedales y luces fijadas en el suelo. El show comienza tal como en el disco, con Un país con el nombre de un río, pero en medio de los versos Drexler cuela un retazo de El tiempo está después, de Fernando Cabrera, uno de Maslíah (Biromes y servilletas), algo de Martín Buscaglia y hasta el Yulelé de Eduardo Mateo. Precisamente, luego de algunas canciones Drexler obligará, de forma inconsciente, a volver a pensar en el desaparecido cantautor. Su voz afectada en La vida es más compleja de lo que parece recuerda más por su énfasis anímico que por su tono a la desangelada Y hoy te vi del disco Mateo y Trasante.

"No, ésa es muy triste". "Camino a La Paloma no me la juego". "¿730 días? No se pasen del tono, o esto se va a volver más melancólico". En sus notas, Drexler había hecho énfasis en que cada concierto, como componente orgánico de una ciudad, comprende la reacción del público. Entonces pregunta, se entrega de forma parcial a la demanda de canciones, ríe en pleno cantar ante alguna pifia en los acordes, toma vino, se le vuelca y se asoma, guitarra en mano, al borde del escenario para mirar hasta la cazuela. El acompañamiento de luces baña al artista y a veces también al público, como en El pianista del gueto de Varsovia, donde una potente luz portátil se mueve por todo el escenario. En Dance me to the end of love, Drexler se mete en los zapatos de Leonard Cohen y habla de un violín en llamas, pero en realidad lo más cercano a ese instrumento es un serrucho que Campi frota con un arco, de nuevo al costado del escenario. No hay espacio esta noche para Caetano Veloso, pero sí para Kiko Veneno en la versión de Volando voy.

Para el final, cuando la gente se levanta de sus asientos por tercera y última vez, sus aplausos, silbidos y gritos suenan sampleados y remixados por la consola como un resumen breve de lo que sucedió. Drexler regresó al Solís y a Montevideo y la experiencia tuvo, de alguna forma, el gusto de la ciudad.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar