LO QUE SE DECIDE EN LA OTRA ORILLA

Argentina vuelve a votar: otro posible golpe para Alberto Fernández augura nuevas tensiones con Lacalle

En una semana hay elecciones legislativas y estará mucho más en juego que la renovación de bancas: empezará a verse qué pasa de cara a las presidenciales de 2023. Opinan politólogos del vecino país.

Alberto Fernández y Luis Lacalle Pou. Foto: Presidencia de Argentina.
Luis Lacalle Pou y Alberto Fernández en Olivos el 13 de agosto. Foto: Presidencia de Argentina.

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Este domingo 14 de noviembre serán las elecciones legislativas en Argentina, ese prolegómeno que dará pie a un sinfín de teorías sobre la materia predilecta de la opinología al otro lado del río: qué pasará de cara a las presidenciales de 2023 (y hasta si cambiará el vínculo con Uruguay, como se relata más abajo en el recuadro). En efecto, se ponen en juego 127 bancas de diputados nacionales (casi la mitad de la cámara baja), un tercio de la Cámara de Senadores (24 bancas), dos gobernaciones provinciales y cientos de diputados y senadores provinciales, así como concejales y jefes comunales; pero la tradición agonista de la política argentina señala a las elecciones de medio término ya no solo como modo de balance de lo que pasó en los dos primeros años de mandato de la presidencia vigente, sino como termómetro de lo que pasará durante los dos próximos años y, por consiguiente, en la próxima contienda presidencial. Esa que está ahí nomás a la vuelta de la esquina.

Lo cierto es que hay bastante más que eso en juego, pero bastante menos que eso también. Pura liturgia y sobreanálisis. Consultado por El País, el politólogo y analista argentino Andrés Malamud señala que “algunos consideran que una derrota catastrófica del gobierno pondría en riesgo la gobernabilidad”. Y agrega: “Pero antes de las PASO, otros creían que una victoria del gobierno ponía en riesgo la democracia, y los exagerados suelen errar”. Son los mismos que oscilan entre denunciar la argenzuelización o la facistización sin mayores argumentos.

Hay algunos detalles a tomar en cuenta, eso sí: una ratificación del triunfo de la coalición opositora Juntos por el Cambio podría redundar incluso en una pérdida de quórum propio en el Senado —que es presidido por la vice Cristina Fernández— y algún reacomodamiento de posiciones; pero la coyuntura parece que guiará la agenda y las posibilidades: volatilidad e inestabilidad de la política económica argentina (inflación desembozada que come salarios mes a mes, saturación de índices de pobreza —en torno a la mitad de la población y más aún entre ciertos sectores poblaciones como jóvenes y mujeres—, un endeudamiento por arriba de los 45.000 millones de dólares que agobia los planes y que hacen difícil presumir una lectura tan a largo plazo).

Pero entonces, ¿cómo llega y cómo queda el gobierno argentino?

El analista Martín Rodríguez, uno de los más lúcidos en la otra orilla y con la mira siempre puesta en el peronismo que lo representa, señala a El País una “debilidad casi congénita, estructural por naturaleza de su propio frente”: Alberto Fernández “hizo cosas inéditas en política argentina, ser presidente y no querer ser un líder. Ni (Fernando) De la Rúa, siendo el peor presidente de la democracia, fue tan lejos en esto. Todos tuvieron esa dosis justa de mesianismo y fundacionismo, con que se vive la política argentina, pero acá no: porque Alberto creía que era el costo de romper el frente”.

—¿Y eso lo condena?

—Esa es su falla. No hay presidencia sin liderazgo. Y eso se da así: sin Cristina no se puede, solo con ella no alcanza. Y están atrapados en eso: y en un contexto de pobreza, inflación y endeudamiento. Lo que está en juego es mucho, pero sin ser catastrófico, porque la cosa es muy cambiante.

Según Malamud, alineado con el espacio de Juntos por el Cambio y específicamente con la Unión Cívica Radical, además de ponerse en juego las bancas, donde además el gobierno podría perder también la primera minoría en Diputados, “están en juego los equilibrios internos de cada coalición: si se repite el resultado de las PASO, pierden casi todos en el peronismo y ganan casi todos en la oposición”.

Incluso al expresidente Mauricio Macri le atribuye una cierta reparación histórica en la lectura de ese eventual triunfo arrollador de la oposición.

ELECCIONES

El pronóstico de la última encuesta

La dura derrota electoral que sufrió el gobierno argentino en las PASO del 12 de setiembre se repetiría en las elecciones legislativas del próximo domingo. Si se confirman los pronósticos de las encuestadoras, el oficialismo perdería el control del Congreso a manos de un conglomerado opositor en el que saldrá fortalecido Juntos por el Cambio, la coalición que lidera el expresidente Mauricio Macri.

Según un estudio de la consultora Opinaia sobre 3.256 casos, Juntos por el Cambio llegaría al 30% en todo el país, superando por unos seis puntos al Frente de Todos, que obtendría 24%. En la provincia de Buenos Aires, el macrista Diego Santilli se impondría en la disputa por ingresar a la Cámara de Diputados por cuatro puntos (41% a 37%) a Victoria Tolosa Paz, la primera candidata del Frente de Todos. En la Capital Federal se replicaría el amplio triunfo obtenido por la exgobernadora María Eugenia Vidal, quien le sacaría 18 puntos porcentuales (44% a 26%) al radical kirchnerista Leandro Santoro, primer postulante del Frente de Todos.

Por último, se ubicarían como tercera fuerza nacional los candidatos libertarios, liderados por Javier Milei en territorio porteño, que alcanzarían un 9%. Superarían así a la izquierda que, con un 5%, quedaría relegada como cuarta fuerza más votada en el país junto al peronismo no kirchnerista. (La Nación/GDA)

En cuanto a cómo actuará ese espacio con la renovación que podría imprimirle el vigor de la victoria, Malamud señala dos opciones: “Puede marcar agenda mediante acuerdos o mediante confrontación. Si opta por la ambigüedad, por ejemplo, presidiendo Diputados de prepo, se desgasta sin ganar nada a cambio: porque puede generar expectativas presidiendo la cámara, pero no ofrecer soluciones”.

Pero veamos.

El termómetro, si se quiere, fueron las elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) del pasado domingo 12 de setiembre: ahí —en esa especie de ensayo de la elección del próximo domingo— Juntos por el Cambio obtuvo 41,53% y el Frente de Todos 32,43%.

La derrota elocuente del oficialismo en las primarias pareció sepultar cualquier pretensión reeleccionista del presidente Alberto Fernández, quien aun con todo el peronismo encolumnado —la explicación más deseable y usada para justificar el ahora antiguo triunfo de 2019— no logró matizar las broncas consumadas de una mala gestión. Es cierto, hubo pandemia. Es cierto, hubo herencia pesada (tales los argumentos más esbozados desde el oficialismo), pero no alcanzan a explicar el voto dolor, el voto bronca y el voto viraje: la pobreza crece, la inflación no cesa, la pandemia se comió sueños y expectativas de renovación de la esperanza que, con el macrismo y Cambiemos, habían quedado en el último subsuelo.

Ese panorama traza a El País, en parte, el analista de izquierda Fernando Rosso, que observa tres escenarios temporales: “En lo inmediato, se pone en juego la capacidad de gobernar los próximos dos años por parte de un Frente de Todos con una economía detonada y el garrote del FMI: los márgenes son muy estrechos. Si, además, se complementa con debilidad política, el coctel es explosivo. Más en el mediano plazo, se juega el destino del peronismo. En las primarias pasó algo que parecía inconcebible hasta ahora: la derrota del peronismo unido y, sobre todo, en la provincia de Buenos Aires. No hay que decretar por adelantado la muerte de nadie, pero esos resultados fueron una manifestación de una crisis muy importante y más en general, a veinte años de la crisis y las jornadas del 2001, parecen también agotarse las dos respuestas ‘desde arriba’ que configuraron un régimen político”.

Eso que dice Rosso explica, quizás, la aparición de dos vertientes por ahora menores pero que canalizaron cierto caudal electoral y que representan humores sociales que se perciben en la calle o en las redes sociales.

Por un lado la izquierda, con el Frente de Izquierda asentado como tercera fuerza nacional, con más de un millón de votos totales y la posibilidad de una bancada pequeña pero de elenco estable en el Congreso Nacional. Tiene como fuerza novedosa la construcción piquetera del Polo Obrero, un sector que moviliza a marginados y sectores sumamente populares que tradicionalmente hubiesen estado encolumnados en el peronismo, pero que vienen reclamando, por izquierda, asistencia, trabajo, vivienda, salud y, en suma, dignidad. Un horizonte de salida.

Lo mismo, aunque en las antípodas, parecen reclamar los otros emergentes: los sujetos enojados y embroncados que se encolumnaron tras el fenómeno Javier Milei. Un economista poco tradicional, aunque afincado en poderes mediáticos y del establishment con larga trayectoria allí, que catalizó el voto “anti política” en sectores juveniles que vienen de hacer el ingreso a la vida política semiadulta de la mano de un triple desencanto: las postrimerías del kirchnerismo —que ya no ilusionaba ni crecía a tasas chinas, y estaba salpicado de corrupción—; el macrismo que los ilusionó y los dejó más endeudados y lejos de cualquier pretensión de normalidad esbozada, y la renovación albertista que prometía volver a crecer y padece enanismo.

Javier Milei. Foto: La Nación/GDA.
El economista Javier Milei celebra tras las PASO. Foto: La Nación/GDA.

Este sector se postula anti políticos, anti Estado, anti ayuda estatal y clama por un liberalismo acérrimo —en su vertiente de la economía— y preocupado porque cierren las cuentas y dejen de “mantener vagos”. En esa verba encendida y su melena característica, Milei cosechó un nada desdeñable 14% porteño, pero no irradia aún su fuego hacia el resto del país.

Sobre la aparición de Milei, el politólogo Martín Rodríguez señala: “En los análisis veo que todos tienen razón, hay un viejo voto de centroderecha argentino que va teniendo recuperaciones, que puede ser (Alberto) Albamonte en 1984, la Ucedé con Adelina Viola, y después está el hecho de que ese discurso liberal es popular: hablan la lengua de la calle. Hablan de guita, hablan de lo que le importa a la calle. Y puede ser eficaz”.

Y Rodríguez se refiere después a lo que llama la canción de moda: “No es que no se vota a la derecha, porque Macri ganó en 2015. Desde que estuvo en política en 2003 todos creían que era imposible que un criado en Barrio Parque presidiera una Argentina plebeya, pero ganó. El tabú del político de derecha se fue quebrando. Esto está más corrido porque la crisis actual inhibe incorporarlos. La pregunta es si es un hit del verano o un clásico. Algunas ideas pienso que vienen a quedarse, pero veo a Milei y no me parece que él pueda durar”.

Más allá de hacia dónde acaben virando una y otra fuerza, o mejor dicho hasta dónde logren captar el desencanto que sí se presume y refuerza en cada encuesta electoral y social —de pésimo nivel de credibilidad están las encuestadoras pero a la orden del día en su distribución mediática—, lo cierto es que de crecer estas dos tendencias (izquierda y Polo Obrero piquetero de un lado; y libertarios anti Estado del otro), es probable observar allí una grieta que, lejos del simbolismo de la grieta Frente de Todos-Juntos por el Cambio (que en el Congreso han sabido garantizarse gobernabilidades mutuas y negociaciones tensas pero aceitadas), tense la cuerda hacia el pasado. O sea, la grieta de clases sociales, de los desposeídos clamando ante el Estado y de los poseedores pidiendo la sangre de los plebeyos en sacrificio para que rindan las cuentas nacionales.

Mientras tanto, la calle se calienta. Si uno se aleja de los centros o focos de conflicto —Microcentro, 9 de julio, Casa Rosada— se observa calma. Tensa calma. Quejas, fastidio, hostilidad creciente, pero poco o nulo aire electoralista a pocos días de la contienda. Si uno vuelve al foco iridiscente del nicho (en la avenida 9 de julio de los piquetes, en los canales de TV o en Twitter) ahí puede que se lleve la impresión de que se está en disputa el futuro de la Nación.

¿Una derrota provocaría más tensiones con Uruguay?
Fabiola Yañez en la Residencia de Olivos mientras Alberto Fernández y Luis Lacalle Pou se saludan. Foto: Cancillería Uruguay

En una elección intermedia poco suele decirse sobre cómo afectan las relaciones internacionales, puesto que la disputa electoral se centra en la distribución y correlación de fuerzas internas. Pero el presidente de la Sociedad Argentina de Análisis Político, Martín D’Alessandro, dialogó con El País y explicó que, como todo hecho político, esta instancia tiene impacto en todos los ámbitos, incluso “algún rebote en la relación con Uruguay”.

En ese sentido, D’Alessandro, consideró que hay dos opciones: si la derrota del oficialismo —como algunas encuestas prevén— es aún mayor de lo que se puede imaginar, el gobierno podría tender a radicalizar su postura antagonista, más asociada al sector cristinista y kirchnerista nacionalista, provocando eventuales chispazos con el gobierno de Luis Lacalle Pou.

De todos modos, es una posición difícil de asegurar porque, tras la derrota en las PASO, “que fue por 10 puntos y es la más amplia en la historia del peronismo”, la tendencia señalada por D’Alessandro es la moderación, quizás en busca de leer el humor social —“y CFK lo hace como nadie, creo yo”— quitando figuras de peso propio y colocando peronistas moderados en los gabinetes nacionales y provinciales.

Pese a esa intención de “moderar” el gobierno, el analista observa otras acciones en las que se han puesto más duros en términos ideológicos, “diciendo que la oposición es anti Argentina, actos para no pagar la deuda, reivindicaciones más afines al kirchnerismo más nacionalista”.

Y el experto señaló que sigue habiendo gran incertidumbre: “No se sabe qué va a pasar, si se moderan o se radicalizan”. Después explicó: “Si eso último pasara, al menos para la tribuna pueden fidelizarse en torno a su 25% más cercano a CFK y que tiene más desconfianza en Lacalle Pou, y podría, eventualmente, producir algún tironeo”. A eso, además, hay que añadirle el peso fuerte de la economía argentina en la uruguaya en momentos de zozobra, crisis, inflación, pobreza y endeudamiento: todo eso es un combo que también puede afectar de este lado del río.

¿Y cuáles son los temas pendientes entre los dos países? El pasado viernes 13 de agosto se reunieron por última vez cara a cara Lacalle Pou con el presidente argentino Alberto Fernández en la Residencia de Olivos. Aquella noche cenaron y el objetivo, además de afianzar las relaciones entre los dos gobiernos, fue analizar distintos aspectos de la relación bilateral y también regional. Se habló de avanzar en las negociaciones vinculadas a la navegabilidad del río Uruguay y las comunicaciones en general en los pasos fronterizos.

Uno de los temas que esa noche estuvo arriba de la mesa fue el proyecto de puente entre Bella Unión y Monte Caseros. Se trata de uno de los principales planes a futuro entre los dos países, aunque el tema se arrastra ya desde hace unos cuantos años.

Hubo una declaración conjunta de Uruguay y Argentina en la residencia de Anchorena el 2 de junio de 2010, cuando se reunieron los entonces presidentes José Mujica y Cristina Fernández. El anuncio se ratificó en agosto del año siguiente en la Casa Rosada, donde los mandatarios encomendaron a la Comisión Administradora del Río Uruguay (CARU) la elaboración de estudios de viabilidad e impacto ambiental. Si todo sale bien, la obra se construirá tres kilómetros aguas debajo de Bella Unión y Monte Caseros.

Un tema que genera tensión entre los dos países es la negociación de un TLC entre Uruguay y China. Además, Uruguay decidió que no comparte la propuesta de Argentina y Brasil de rebaja de 10% del Arancel Externo Común del Mercosur, según publicó el semanario Búsqueda. Pero luego se supo que Brasil baja los aranceles a las importaciones y así perfora el Arancel Externo Común.

Elecciones en Argentina. Foto: EFE.
Argentina renueva las bancas de senadores y diputados el 14 de noviembre. Foto: EFE.
DATOS

Tres claves de esta elección

1. ¿Cuántos votarán? La mayor esperanza del gobierno en su intento de revertir el resultado en la provincia de Buenos Aires (su bastión) es que vayan a votar simpatizantes del Frente de Todos que faltaron en las PASO. En los tres comicios anteriores, el aumento de participación de las PASO a las generales benefició a Juntos por el Cambio y a esa ilusión se aferran los opositores.

​2. Los que no llegaron. En las PASO compitieron 20 listas y 14 quedaron eliminadas por no alcanzar el piso de 1,5%. Se trata de un universo de más de 700.000 electores. Hay de todo en ese grupo, pero la mayoría de los votos pueden aglutinarse en tres caracterizaciones: peronistas disidentes (2,5 puntos), partidos anti aborto (2,9 puntos) y por último izquierda (2,1 puntos).

3. Afuera de la grieta. La polarización entre Juntos por el Cambio y el Frente de Todos implica un desafío para los partidos que corren por afuera. El gobierno apunta a conquistar a parte de los votantes de izquierda, con el discurso del “miedo a Macri”. El otro punto es qué sucederá con los que votaron en blanco en las PASO: solo 400.000 en la provincia de Buenos Aires. (La Nación/GDA)

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