Tomás Linn
Tomás Linn

No debió suceder

Hechos como los del sábado de noche no deben pasar. Nunca. Su gravedad excede toda racional calificación. La banda de delincuentes y facinerosos que hizo correr el pánico en una zona de Pocitos, demostró que no le tiene miedo a nada: ni a la policía, ni a los fiscales, ni a los jueces.

Y eso es porque saben que hagan lo que hagan las consecuencias serán, en el peor de los casos, mínimas. Da la sensación que quienes deben tomar decisiones sobre estos episodios, tal vez crean que fueron serios, sí, pero no graves.

He ahí el problema.

Mucho se discute en estos días respecto a si hubo o no algo político detrás de los desmanes. Algunos entienden que aun no habiendo un trasfondo político, estos hechos pueden ser terreno fértil para que eventualmente sean aprovechados por grupos radicalizados.

Haya habido o no un trasfondo político, el hecho sigue siendo, por sí solo, de una gravedad tremenda. Una banda de forajidos se sintió con libertad para apoderarse de una parte de la ciudad, sembrar el terror, robar, cometer todo tipo de tropelías, romper vidrios de casas, apartamentos y autos (quemaron uno) y hacerlo con impunidad. Saben que no tiene costos.

Sí, es verdad, alguno fue detenido y tal vez le den una leve condena. La reprimenda que les dio la jueza se pareció más a la que da el director de un liceo a un grupo de adolescentes que se pasó de rosca, que a una banda de criminales capaces de cualquier cosa.

Las autoridades, nacionales, judiciales y hasta municipales, parecer estar en otra órbita. Viven en una realidad ajena a estos hechos, gravísimos, que tanto aterra a la gente común y corriente del barrio que sea. Porque habrá quien subestime lo del sábado al ser las víctimas vecinos de Pocitos, pero en los barrios más pobres de Montevideo, y de algunas ciudades del resto del país, también pasan cosas terribles y tampoco parecen sacudir la sensibilidad de autoridades, fiscales o jueces.

Para poner un ejemplo, el Intendente de Montevideo le salió al cruce a algo que dijo el periodista deportivo Alberto Sonsol sobre un sobrino que siendo “normal” (en el sentido de alguien común y corriente, “que estudia y trabaja”) había sido advertido sobre lo que podía pasar mientras que jerarcas de más autoridad no lo sabían.

A Christian Di Candia no le gustó lo de “normal”. Presumo que entendió que eso ponía en la categoría de “anormales” a los que salieron a vandalizar la ciudad. El comentario de Sonsol, según el intendente, mostraba que “siguen faltando siglos de empatía y transformación cultural” en nuestro país. El comentario del intendente dio para pensar. ¿Pretendía Di Candia que los montevideanos sintieran “empatía” por estas hordas? ¿Pretendía que hubiera en Montevideo una “transformación cultural” al punto que todos nos convirtiéramos en vándalos?

La Intendencia no tiene una Policía a disposición como para poner orden donde no lo hay. Pero los graves líos ocurrieron en la ciudad que el intendente gobierna y por lo tanto, como autoridad pública que es, debió mostrar genuina alarma ante lo sucedido y no salir a torear en tono infantil, a un periodista.

Ese es el problema. Pasan cosas muy graves y las autoridades no reaccionan. O cuando lo hacen, parece que estuvieran del lado de los delincuentes.

Este reflejo es el que ha llevado a que haya tantos casos en los juzgados de personas que al ser asaltadas, repelen el ataque y terminan matando al agresor. Ese reflejo lo tienen, porque saben que ante la violencia ejercida contra sus casas, sus familias o sus lugares de trabajo, ninguna autoridad vendrá a su rescate. La justicia por mano propia es, sin duda, un problema en una sociedad que se rige por la ley. La cuestión es que suele aparecer porque la gente no vislumbra ningún otro tipo de justicia. Y los delincuentes tampoco: saben que tienen la cancha despejada para hacer lo que quieren. La justicia por mano propia siempre emerge cuando hay ausencia de justicia institucional. Ausencia que no debería suceder.

El próximo gobierno se comprometió a tomarse en serio esta tema. Tiene muy claro que la población toda, y no solo la capitalina, está harta de vivir con miedo, amenazada y rodeada de criminales.

Sin embargo, una cosa es que el gobierno, a través de la Policía, haga lo que deba hacer (vigilar, investigar con precisión y éxito cada hecho ocurrido, atrapar a los delincuentes) y otra es lo que ocurre luego en los juzgados.

Para el común de la gente ni el viejo mecanismo procesal ni el nuevo, dan las soluciones que se reclaman. El nuevo para colmo se ha vuelto ininteligible para la gente de a pie. Lo que ve, es que los delincuentes no van presos. Y cuando van, es por tan poco tiempo que es como si no fueran presos. Esto obviamente, no lo percibe solo el común de la gente, sino también los delincuentes y criminales. Por eso actúan como si tuvieran el terreno libre para hacer lo que quieren. Es que lo tienen.

Lo del sábado de noche fue terrible. Fue de terror. Fue uno de esos hechos que nunca debieron suceder.

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