Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Jorge Batlle sin tiempo

Si vivió sus últimos años como un ciudadano de a pie a quien respetaban hasta sus más acendrados adversarios, fue porque palpitó siempre como pensador en voz alta, hombre en vigilia constante, espíritu independiente.

A las ideas, las convicciones y los sentimientos no solo los entendía con la cabeza: los encarnaba de cuerpo entero, con la verticalidad del hombre cabal.

De Batlle no extraño el poder ni los contactos ni las expectativas de un regreso partidario.

En una época de relativismo y disolución, Jorge se ocupó de los hechos nucleares de la vida que a la relatividad la subyacen y la sobrevuelan. Su mirada iba 20 o 50 años adelante. Cumplía la misión del hombre de Estado, que no se satisface con mediar entre intereses de clase o de círculo y no se contenta con endeudar al país para apuntalar el presupuesto e ir tirando.

Por revelar el nombre de Amodio Pérez y comunicar que los tupas y los militares estaban entreverándose en los cuarteles, fue preso. Por advertir que el costo de las jubilaciones iba a atropellar el presupuesto, perdió de frente una elección. Por hablarle duro en alemán al mandamás del Fondo Monetario Internacional, salvó al país de la bancarrota que, con el sobrenombre de "default", le proponían desde afuera los inspectores y desde adentro las huestes del Frente Amplio. Y por amar al Estado por encima de los intereses partidarios, tras la peor crisis de la historia entregó las finanzas saneadas y el país en crecimiento.

Invitaba a pensar. Se plantaba como un ejemplo absoluto de que pensar es mucho más que repasar o recordar. Con diario o sin él, con radio o sin ella, con multitudes o en circuito estrecho, con micrófono o en cualquier esquina de calles y caminos de la República, demostraba con su ejemplo que estudiar un tema no es leer lo que otros hayan escrito, sino crear.

No defendía los valores como código preestablecido. Sostenía el papel de las ideas, la función de las convicciones y la misión de sentir, definirse y apostarse entero a lo que se ve con claridad. Fue al campo del honor. Quedó muchas veces solo, atravesado en la escena, reconstruyéndose políticamente. Ninguno de sus seguidores sobrevivientes puede hoy decir que no haya tenido momentos de divergencia con aquel torrente de vida.

Forjó la independencia de su personalidad con la agudeza del lector autodidacta. Proveniente de las entrañas de la lista 15, rememoraba el principismo catorcista de su tío César Batlle Pacheco, a quien profesaba afecto y comprensión. La grandeza le era consustancial. A los oponentes les fustigaba las razones, pero les respetaba la persona.

Se fue del gobierno sin que ni él, ni su Vicepresidente Luis Hierro López ni ninguno de quienes tuvimos el honor de ser sus Ministros o colaboradores hayamos temido sobresaltos penales ni investigaciones parlamentarias. Vaya diferencia.

Estudioso de la economía nacional y mundial, no era materialista sino espiritualista: creía en la libertad. Ajeno a los cultos religiosos, en defensa de la reconciliación nacional proclamó que "La paz es un estado del alma".

Y se fue de la vida por un estallido de su alma, transfundiéndola a todos los lúcidos de todos los partidos, que sentimos, con Aristóteles y Montesquieu, que la República depende de la virtud de sus ciudadanos.

Por lo cual a Jorge no lo lloramos porque dos años atrás se fue sino por la laya de vida en que hemos venido a parar.

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