Hugo Burel
Hugo Burel

Política posmoderna

Hace más de un cuarto de siglo, en mi época de docente en la Universidad Católica, di un curso sobre publicidad y posmodernidad.

La noción de posmodernidad, que circulaba por el mundo desde comienzos de los 70, por aquí no tenía aún mucha difusión ni reflexión. Sin un acuerdo para definirla entre los distintos pensadores europeos y norteamericanos que la habían elaborado, el núcleo básico de su sentido era que, tras el agotamiento de la modernidad como proyecto inacabado, lo que había sobrevenido era tan incierto como múltiple: la posmodernidad, la cual se manifestaba en diferentes ámbitos de la civilización occidental.

Desde la política a las relaciones sociales, el arte, la moda, el consumo, el narcisismo individualista o el fin de las ideologías, la condición posmoderna -título del famoso texto de Jean-François Lyotard de 1979- era un estadio inexorable que sucedía a la agotada modernidad cuyo combustible principal había sido la idea de progreso.

Esa pretensión de progreso, y los diferentes avances en las diversas áreas de la ciencia, la técnica y la cultura garantizaban un incontenible desarrollo lineal marcado siempre por la esperanza de que el futuro sería mejor. Frente a ello, la posmodernidad establece la ruptura de esa linealidad temporal signada por la esperanza y el predominio de un tono emocional nostálgico.

Mientras la modernidad impulsó el proyecto surgido con la Ilustración de la que se alimentaron -en grado diverso- todas las corrientes políticas modernas, desde el liberalismo hasta el marxismo, la definición actual de la democracia y los derechos humanos, la posmodernidad planteó posiciones que señalaban que ese núcleo ilustrado ya no era viable en un contexto multicultural.

Unos de los principales opositores a los planteamientos de la posmodernidad han sido los marxistas más ortodoxos y contemporáneos que, si bien admiten los fallos de la modernidad y su centro ilustrado, reconocen como valiosos e irrenunciables ciertos valores democráticos de igualdad y ciudadanía.

Algunos autores, -como por ejemplo Jürgen Habermas- plantean que dichos valores son la única salvaguarda frente a la fragmentación social y la crisis del estado nación. No obstante muchos de ellos siguen creyendo en el modelo marxista y comunista de sociedad pese a su fracaso y la implosión de 1989. Así el término posmodernidad ha dado paso a otros como modernidad tardía, modernidad líquida, sociedad del riesgo, globalización y capitalismo tardío, que se han vuelto categorías más eficientes de análisis que la de posmodernidad.

Bajando el concepto de posmodernidad al ámbito político y llevándolo a nuestra realidad electoral, se puede afirmar que lo que estamos viviendo es un escenario perfecto de política posmoderna. Veamos algunas señas que caracterizan genéricamente ese escenario, aplicables a muchas sociedades, en especial las occidentales.

En contraposición con la modernidad, la posmodernidad es una época de desencanto. Se desdibujan las utopías y la idea del progreso colectivo parece cada vez más lejana e irrealizable. Se privilegia el progreso individual y el hedonismo, pero también surgen reclamos corporativos con rasgos de intolerancia.

El orden económico capitalista evoluciona de una economía de producción hacia una economía del consumo. Desaparecen las grandes figuras carismáticas y surgen infinidad de pequeños ídolos y políticos no profesionales que duran hasta que surge uno más novedoso y atractivo. La revalorización de la naturaleza y la defensa del medio ambiente se mezclan con la compulsión al consumismo.

Hoy se le pueden agregar las reivindicaciones antimachistas, feministas y otros colectivos que abogan por determinada sexualidad a la salvación de los caballos de las jineteadas. Los medios masivos y la industria del consumo se convierten en centros de poder. El contenido del mensaje deja de ser importante, y se valora más la forma en que es transmitido que el grado de convicción que puede producir. Desaparece la ideología como forma de diferenciación de los líderes y es reemplazada por la imagen. Hay un excesivo flujo de información (frecuentemente contradictoria), a través de todos los medios de comunicación.

Los medios masivos se convierten en transmisores de la verdad, en el sentido de que lo que no aparece en ellos simplemente no existe para la sociedad. Las redes sociales pueden ser el contrapoder de esos medios pero, lejos de clarificar el escenario, lo confunden más, convirtiendo la política en mero entretenimiento o en un juego de bajezas que impulsan también las llamadas “fake news”. La política se desacraliza, se desmitifican los líderes o aparecen otros a fuerza de billetera o fama previa en otra actividad.

Mucho de lo anterior aplica a nuestro día a día. Por eso se puede lanzar una campaña con la desembozada sinceridad de admitir que al candidato no lo conoce nadie y preguntar ¿quién es Juan Sartori? O saltar de un oprobioso tribunal de honor y pasar de general defenestrado a candidato a la presidencia como el señor Manini Ríos. O aspirar a la candidatura de la izquierda y en un reportaje responder sin ruborizarse ante una pregunta directa: “eso no te lo voy a decir”, como hizo la señora Carolina Cosse. O subir a internet una foto de la hija del candidato Óscar Andrade y atacarla por el disfraz que luce. O difundir en las redes una versión apócrifa de la biografía del candidato Lacalle Pou. O que determinada religión o iglesia apoye a un candidato. Y podría seguir.

La política posmoderna ofreció el pasado 21 de abril en Kiev (Ucrania) una muestra perfecta: el actor, cómico y novato en política Volodymyr Zelenskiy logró una abrumadora victoria en la segunda vuelta de la elección presidencial ante el presidente saliente Petro Poroshenko, reflejando la desconfianza de los electores frente al poder y la política tradicional. Es como si aquí aquel inefable Pinchinatti, que componía el inolvidable Ricardo Espalter, hubiese pasado de hacer la parodia televisiva de un candidato a presidente a competir en la política real y ganar.

Cuando un cómico llega a presidente eso habla también de la gente que lo votó y de la crisis de la política. Pero no pensemos que algunas figuras locales estén muy lejos de esa caricatura.

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