Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Imprecisión

La muerte de cuatro pilotos de la Fuerza Aérea en dos vuelos de instrucción debe estremecer nuestros sentimientos más profundos. En ca- da uno de estos accidentes, ¿cuántos valores se estrellaron en el aire contra las debilidades acumuladas de la Aviación Militar, tantas veces llamada a salvar vidas ajenas pero incapaz de garantir la de sus servidores?

La muerte de cuatro pilotos de la Fuerza Aérea en dos vuelos de instrucción debe estremecer nuestros sentimientos más profundos. En ca- da uno de estos accidentes, ¿cuántos valores se estrellaron en el aire contra las debilidades acumuladas de la Aviación Militar, tantas veces llamada a salvar vidas ajenas pero incapaz de garantir la de sus servidores?

Vayamos más a fondo. Ni el duelo por las vidas irrepetibles ni la conciencia de tener obsoleto el equipo de un servicio esencial ni la espera por un informe que se dispuso mantener secreto (?) pueden disimularnos que estos lutos son síntomas nuevos de un mal hábito que viene corroyendo nuestro modo de vivir: la imprecisión. Que paraliza, impide, deteriora. Y cuando menos se piensa, también mata.

Desde luego, todos repetimos que el ser humano es imperfecto y no infinito, limitado y no omnisciente. También sabemos que el error ajeno -¡y propio!- nos espera a la vuelta de cada página escrita o vivida. Hasta los más poderosos sucumben ante fallas que desencadenan catástrofes: el Titanic, el Challenger, Chernobyl… Sí: las mayores cumbres vienen envueltas en supremas lecciones de modestia. Pero una cosa es modestia y otra es pereza, dejadez y resignación.

Saber que jamás podremos conocer y prever todo y asumir que nada tenemos seguro no nos autoriza a cejar en nuestro esfuerzo por imprimir rigor lógico y exigencia má-xima a cada tema donde se arriesgue algo valioso. Saber que nuestra vida es frágil y limitada no nos autoriza a bajar la guardia. Y dolorosamente, en eso hemos caído en el Uruguay, al sofocar la ambición de precisión y grandeza personal que inspiró a las generaciones anteriores.

Cuando el subsecretario de Economía, Pablo Ferreri, señala que “los uruguayos hemos hecho un esfuerzo gigantesco de aportación de recursos a la educación pública y eso no se ha traducido en mejoras de calidad” tiene razón y hay que reconocérsela por encima de partidos. Pero tal absurdo obedeció a la patéti- ca imprecisión de hablar de 4,5% o 6% “para la educación” cuando en realidad era solo para los sueldos de docentes y funcionarios… ¡Era “para la educación” como gremio y no como arma ideal contra la ignorancia!

Imprecisos fueron los balances de Ancap y el título de su expresidente, imprecisos fueron los corredores Garzón y Gral. Flores e impreciso es nuestro manejo en el Mercosur. Y atención: la imprecisión no es monopolio de estos tiempos. Desde hace décadas ha venido colándose en las bases matemáticas, gramaticales y musicales de la enseñanza y hasta en el lenguaje de los medios de comunicación. Los resultados han sido deletéreos para el pensamiento y la voluntad. Ni en el Derecho se empuja hoy el análisis hasta sus últimas consecuencias. La cultura ya no provee ideas firmes desde las cuales vivir sino un clima de transa y silencio para seguir durando.

Hacia 1910 Vaz Ferreira, en augusta soledad, denunció que los razonamientos errados que se disfrazaban con números eran falacias de fal-sa precisión. Un siglo después tenemos que denunciar, a co-ro, que soportamos todos un contexto dramático de imprecisión.

La patentizan los escombros esparcidos de un avión y un helicóptero y la simbolizan cuatro mártires que no debieron ser. 

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