Hugo Burel
Hugo Burel

La piqueta fatal

Gran revuelo ha provocado la impuesta demolición del Hotel San Rafael de Punta del Este, para el inicio de construcción del proyecto del arquitecto Rafael Vignoli que impulsa el Grupo Cipriani.

Gran revuelo ha provocado la impuesta demolición del Hotel San Rafael de Punta del Este, para el inicio de construcción del proyecto del arquitecto Rafael Vignoli que impulsa el Grupo Cipriani.

El añoso cottage de estilo Tudor, realizado por Octavio De los Campos, Milton Puente e Hipólito Tournier, fue inaugurado en 1948. En la década del 60 se le agregó un pabellón exterior diseñado por Nelly Grandal, conectado con el edificio principal. Entre los materiales de construcción utilizados hay pizarras de Portugal, mayólicas y sanitaria del Reino Unido, carpintería en laurel de Chile, y una serie de frescos ejecutados por Norberto Berdía que quién sabe si sobrevivirán. El San Rafael era uno de los dos hoteles de gran categoría del país, junto con el Victoria Plaza de Montevideo, antes de la incorporación de la categorización por estrellas.

La demolición fue autorizada por la Junta de Maldonado y el proyecto prevé que el edificio se construirá de nuevo replicando el anterior. Las razones esgrimidas para demolerlo explican que su estructura original está seriamente dañada y que, además, en el terreno sobre el que se afinca se deberán realizar excavaciones para hacer un estacionamiento subterráneo con dos mil plazas. La Sociedad de Arquitectos ha puesto el grito en el cielo y clama para que se anule esta destrucción de uno de los símbolos de Punta del Este y también del Uruguay. Al momento de escribir esto se están presentando diversos recursos de amparo para impedir la lamentable demolición de este ícono arquitectónico.

Sin ofender al autor del proyecto, reconocido en el mundo por sus trabajos, el que finalmente se aprobó cuesta ser digerido, en especial por los que aman y admiran el entorno natural del barrio San Rafael. Tanto en este, como en el anterior proyecto, el edificio parecía mantenerse, empequeñecido y minúsculo junto a los volúmenes, en mi humilde opinión desaforados, de las nuevas construcciones. Pero eso era pura ilusión: la maqueta mostraba algo que podía ser o no el actual y verdadero San Rafael, deteriorado y abandonado sí, pero que por décadas integró y definió el paisaje de esa zona de la península.

Para sumar confusión al asunto, el Grupo Cipriani no tuvo mejor idea que instalar en la Punta unos carteles que reproducen una antigua postal del edificio, como si pudiéramos viajar en el tiempo para reencontrarnos con el San Rafael tal como era cuando fue inaugurado. Creo que, a la luz de lo que se ha informado y con las máquinas demoledoras asediando el inmueble, los nostálgicos carteles son una broma macabra o un chiste de mal gusto.

Hay algo perverso en este proceso que se emparenta con otros que el país ya sufrió. Bajo la consigna del progreso y la modernización, se han ido perdiendo señas de identidad edilicia. Basta con ver fotografías de la época de lo que era, por ejemplo, la Rambla de Pocitos entre la calle Buxareo y la Plaza Gomensoro, con casas que no envidiaban a las que entonces había en balnearios europeos como Biarritz o la Costa Azul. Todas fueron demoliéndose para la construcción de un muro de edificios altos y de escasa belleza arquitectónica que además proyecta una temprana sombra sobre la playa, detalle que al parecer nadie previó. Se pueden esgrimir razones económicas y de mercado, oferta y demanda, pero la pérdida va más allá del valor material de un inmueble.

Más cercano en el tiempo -el 12 de Mayo de 2014- la implosión del Cilindro, promovida y festejada con abrazos y sonrisas por autoridades municipales, determinó la desaparición de un patrimonio de la ciudad. El llamado Cilindro Municipal fue proyectado por el arquitecto Lucas Ríos Demaldé y la estructura que sostenía su techo realizada por Leonel Viera y el Ingeniero Alberto Sydney Miller, en lo que se consideró un logro de la ingeniería nacional. Se había construido para albergar la 1ª Exposición Nacional de Producción, una muestra de empresas industriales. Esta fue concebida por Héctor Grauert y por ello el recinto llevaba su nombre. Con los años fue escenario deportivo, sede de un mundial de basquetbol, improvisada cárcel durante la dictadura y espacio de recitales que cobijó a artistas como Bob Dylan, Eric Clapton o la banda de rock Van Hallen. El estadio se había inaugurado el 19 de enero de 1956. En 2010 un misterioso incendio provocó la caída de su legendario techo y dejó dañada su estructura por lo cual su propietaria, la Intendencia montevideana, decidió demolerlo. ¿Se hubiera podido recuperar la obra? Supongo que eso hubiera costado menos de los 90 millones de dólares invertidos en el Antel Arena. Incluso habría sobrado dinero para ocuparse de recuperar el Hospital del Clínicas, otro clásico edificio que atraviesa un largo proceso de deterioro.

Como decían las crónicas periodísticas de antes, “la piqueta fatal del progreso” se ha encargado de hacer desaparecer lugares no solo irrecuperables sino que integran un patrimonio espiritual del cual todos tenemos parte. Ahí está la Estación Central General Artigas sin un destino claro todavía y con años de implacable decadencia. O el Palacio Salvo, enorme y asediado por la inviabilidad de su mantenimiento. ¿Se imagina la ciudad si un día tuviera que demolerse porque a un señor Cipriani se le ocurrió levantar allí una torre? Bueno, eso es lo mismo que va suceder en Punta del Este.

La solicitud de declaración de Monumento Histórico Nacional que debe presentarse ante la Comisión de Patrimonio Cultural de la Nación en virtud de la Ley 14.040, parece ser la única defensa posible ante la destructiva piqueta, aunque su aplicación depende de muchos factores que no contemplan ni incluyen una inversión para el mantenimiento del inmueble que se pretende proteger.

Así vamos, demoliendo de a poco no solo el pasado sino también nuestra identidad.

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