Francisco Faig
Francisco Faig

Popper y nosotros

Vargas Llosa declaró una vez que uno de los libros que mayor incidencia habían tenido en cambiar su forma socialista de ver el mundo fue el publicado en 1945 por Karl Popper, “La sociedad abierta y sus enemigos”.

Entre nosotros a Popper se lo conoce poco, y en todo caso y sobre todo por sus trabajos de epistemología de la ciencia. Pero muestra de ese desconocimiento es que no se encuentra fácilmente en nuestras librerías ni “La sociedad abierta”, ni otro, más pequeño, “La miseria del historicismo”.

Por un lado, ese silencio es una pena, porque realmente estamos ante una crítica magistral y punzante de autores relevantes del pensamiento occidental, y en particular de Karl Marx. Por otro lado, ese silencio es entendible, porque nuestra izquierda hegemónica, sencilla y burocrática preferirá siempre conjugar alguna versión del credo marxista, antes que confrontarse a la enorme disonancia cognitiva que le significaría digerir el texto de Popper.

Esa actitud izquierdista no es novedosa, claro está. Forma parte del sustrato cultural que es el nuestro desde hace décadas y que conforma el sentido común ciudadano mayoritario, ese que se siente más cómodo, por ejemplo, leyendo la historia del siglo XX del estalinista Hobsbawm, tan extendido en nuestras universidades, antes que pensar con Furet o con Arendt.

Popper sobre todo critica el historicismo en Marx, cuyos textos condujeron por la senda equivocada a “docenas de poderosas mentalidades, convenciéndolas de que la profecía histórica era el método científico indicado para la resolución de los problemas sociales. Marx es responsable de la devastadora influencia del método de pensamiento historicista en las filas de quienes desean defender la causa de la sociedad abierta”.

Más adelante Popper señala: “el elemento profético del credo marxista predominó en las mentes de sus adeptos. Hizo a un lado todo lo demás, desterrando el poder del juicio frío y crítico y destruyendo la creencia de que es posible cambiar el mundo por medio de la razón”.

Se abrió entonces paso un marxismo de “elemento religioso inconfundible”: “en la hora de su mayor miseria y degradación, las predicciones de Marx dieron a los trabajadores una fe inconmovible en su misión y en el gran futuro que su movimiento estaba elaborando para la humanidad”.

Alguien podrá pensar que todo esto es Historia: los regímenes inspirados en Marx y en Lenin acabaron siempre en desastres, y los pocos que se mantienen en pie son infames tiranías. Sin embargo, el espíritu historicista de génesis marxista, que tan bien presenta y critica Popper en 1945, perdura entre nosotros: por ejemplo, cuando al Frente Amplio le cuesta aceptar que la Unión Soviética fue un régimen nefasto; o cuando su talante religioso, que pervive enredado en la política, lleva a tantos izquierdistas a considerarse superiores moralmente porque creen conjugar un sentido de la Historia que los justifica siempre en sus acciones.

Todavía no terminamos de calibrar bien el enorme daño que el historicismo hizo en el último medio siglo a toda Sudamérica. Y sobre todo aquí, país democrático ejemplar que en los tempranos años sesenta sufrió gravemente el embate del fanatismo marxista. Leer a Popper, sin duda, ayuda en esa tarea.

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