Hebert Gatto
Hebert Gatto

El populismo de nuestro tiempo

Avanzada la última década del siglo pasado, en varios países del continente los populistas latinoamericanos proclamaron que sus movimientos y sus líderes encarnaban el futuro político de la región, como lo demostraban sus triunfos electorales en cadena.

Avanzada la última década del siglo pasado, en varios países del continente los populistas latinoamericanos proclamaron que sus movimientos y sus líderes encarnaban el futuro político de la región, como lo demostraban sus triunfos electorales en cadena.

Se consideraban los verdaderos herederos de la vieja izquierda con la cual, pero sobre nuevas bases, se identificaban políticamente. Por su parte, esta última, sorprendida por haber conseguido, cuando más debilitada se encontraba, el aporte de ese conjunto de líderes y movimientos revolucionarios aceptó en silencio su nuevo rol ideológico, pese a las grandes diferencias conceptuales con sus anteriores definiciones. Ello, impulsada por la pérdida, que sentía definitiva, del mundo soviético. De vivir en un contexto donde todo estaba previsto, pasaban a otro donde no sólo se esfumaba su iglesia, sino su religión. Es útil revisar cómo se produjo este acercamiento y cuál será su futuro, ahora que el populismo comienza a mostrar sus terribles debilidades.

Como decíamos, cuando todo era difícil y el porvenir parecía hipotecado, reaparecieron en varios rincones de América, siguiendo las tradiciones del populismo clásico de Perón o Vargas, un conjunto de líderes de fuerte personalidad, capaces de generar un mundo alternativo en base a su especial aptitud para interpretar el sentir de las masas. Figuras carismáticas, capaces de ganar elecciones, de identificarse con sus próceres, como Chávez en Venezuela, Correa en Venezuela, Morales en Bolivia, los Kirchner en la Argentina o Lula en el Brasil, aptos para renovar, sin confrontarla, la venerable pero ya envejecida prédica de Fidel y su entorno. Pero que además, se proclamaban herederos del socialismo.

Por más que, a diferencia de lo que había sido el ideario de la izquierda marxista, ya no confiaba en el proletariado como clase dominante ni en las virtudes de la lucha armada, básicamente concluida con las derrotas de la guerrilla en las décadas del sesenta y setenta. De ese modo, producto de la coyuntura y sin mucha reflexión, la izquierda devino populista, es decir un movimiento voluntarista volcado a la contingencia que abandonó su apego a las leyes de la historia dirigidas ciegamente a la sociedad sin clases. La política declinó su subordinación a las determinaciones de la economía para adquirir una productividad propia como espacio en que diversos grupos de muy distinta naturaleza luchan por imponerse en una lucha hegemónica. Laclau, Mouffe, Ranciere o Foucault, sustituyeron a Marx y Engels en la conducción ideológica, y del proletariado se pasó sin transiciones a la creación del “pueblo” como nueva entidad revolucionaria. Producto de la lucha política entre las masas, o las etnias (el nosotros) y la oligarquía, los blancos (los otros). En una confrontación que si ya no es armada pasa a ser una lucha simbólica donde la consigna es imponerse discursivamente al “enemigo”. Derrotarlo para imponer la voluntad hegemónica de los vencedores en un ámbito sin garantías, sólo exteriormente democrático.

Es cierto que con elecciones periódicas. Pero ya no con libertades, partidos autónomos, Poder Judicial independiente, derechos humanos o instituciones que los hagan respetar. La soberanía ha quedado en la desnuda voluntad de la mayoría. La Constitución ha dejado de ser un pacto consensual y la democracia liberal un lejano recuerdo.

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