Björn Lomborg
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Trump y los Acuerdos de París

La decisión del presidente Trump de eliminar la regulación del presidente Obama para centrales térmicas acaba con la principal medida de Estados Unidos para reducir las emisiones nocivas de carbono, y al hacerlo, deja al descubierto la inutilidad del Acuerdo de París sobre el clima.

La decisión del presidente Trump de eliminar la regulación del presidente Obama para centrales térmicas acaba con la principal medida de Estados Unidos para reducir las emisiones nocivas de carbono, y al hacerlo, deja al descubierto la inutilidad del Acuerdo de París sobre el clima.

La ciencia es clara: el cambio climático es real y en gran medida está causado por la humanidad. Obama se comprometió a reducir sustancialmente en América las emisiones de carbono.

De acuerdo con la Agencia Internacional de la Energía, los EE.UU. se comprometieron a reducir más emisiones de CO2 relacionadas con el consumo energético que cualquier otro país del mundo desde 2013 a 2025.

El problema es que esta promesa nunca tuvo mucho fundamento en realidad.

La medida principal que EE.UU. propuso para llevar a cabo estas prometidas reducciones era el plan de energía limpia, lo que requería que su sector energético redujera las emisiones de CO2. Sin el plan de energía limpia, las emisiones de Estados Unidos probablemente aumentarán ligeramente.

Sin embargo, a pesar de la revocación de esta política, basada únicamente en lograr sus promesas, EE.UU. seguirá formando parte del Acuerdo de París, que se ha anunciado al mundo como el acuerdo definitivo para dar solución al cambio climático. Esta situación absurda muestra que el tratado no es más que papel mojado: su única base legal es que todas las naciones presentaron sus promesas, pero esas promesas no necesitan ser mantenidas.

Realmente, la medida de Trump simplemente deja al descubierto lo que ya sabíamos desde hace tiempo: el Acuerdo de París no es el modo de resolver el calentamiento global.

Incluso si cada nación cumpliera todo lo prometido -incluidos los compromisos de Obama- no nos llevaría muy lejos en el camino a conseguir la tan anunciada y poco realista promesa de mantener el aumento de temperatura por debajo de los 1.5° grados centígrados.

La propia ONU ha estimado que, incluso si todos los países consiguieran cumplir con todas y cada una de las promesas relativas a la reducción de las emisiones de carbono entre 2016 y 2030, las emisiones se reducirían en tan solo una centésima parte de lo que se necesita para mantener el aumento de la temperatura por debajo de los 2° C.

Por otro lado, muchos países pobres suscribieron el acuerdo en gran parte debido a la promesa de las naciones ricas de 100 mil millones de dólares al año en concepto de “ayuda climática”, a partir de 2020. En los últimos cinco años, los países ricos han cumplido solamente con una décima parte de lo prometido para un período de un año.

Es solo cuestión de tiempo que los contribuyentes de los países ricos se opongan al pa-go de esta factura. Esto hará que muchos países en desarrollo se echen para atrás en todo este proceso.

Este enfoque climático reanuda una política fracasada que desperdicia décadas: desde 1998, el Protocolo de Kyoto se anunció como la solución al cambio climático, a pesar de que todos los análisis serios ya demostraron que su impacto sería insignificante. Si no cambiamos de rumbo, desperdiciaremos también décadas con un Acuerdo de París de inutilidad similar.

El problema de fondo del acuerdo es que la tecnología ecológica solar y eólica es todavía muy ineficiente, requiriendo centenares de miles de millones de dólares en ayudas económicas anuales para reducciones de emisiones de carbono insignificantes.

Los cálculos muestran además que el coste total de todas las promesas de París -a través de un crecimiento del PIB más lento derivado de mayores costes energéticos- alcanzan de 1 billón de dólares a 2 billones de dólares cada año hacia el año 2030.

Y si Estados Unidos hubiera logrado llevar a cabo las políticas de reducción de emisiones de carbono para cumplir con las expectativas de sus grandes promesas, el análisis muestra que su PIB se habría reducido en más de 150 mil millones de dólares cada año a lo largo de todo el siglo.

En vez de todo esto, hay que centrarse en innovar para conseguir la reducción del precio de la energía renovable, logrando que esté por debajo del precio de la energía derivada de combustibles fósiles. Esta sería una respuesta mucho más eficaz al cambio climático, y aceleraría la reducción de la temperatura.

Un comité de Premios Nobel para el proyecto Consenso de Copenhague sobre el clima concluyó que la mejor política a largo plazo debería centrarse en un considerable aumento en la investigación energética mundial y el desarrollo. Afortunadamente, un grupo liderado por Bill Gates ya se ha ofrecido a prometer una duplicación en inversión de 30 mil millones de dólares. Sin embargo, nuestros investigadores mostraron que debemos ser aún más ambiciosos y multiplicar esta cifra por seis, para alcanzar por lo menos los 100 mil millones de dólares al año.

Trump hizo campaña prometiendo aumentos significativos en el gasto en infraestructuras. Especialmente teniendo en cuenta que ha propuesto recortar el presupuesto destinado a organismos de energía renovable, es de esperar que se destine más dinero a I + D.

La ciencia climática no puede ser ignorada: el calentamiento global es un desafío que merece una respuesta. Aun así, persiguiendo un tratado de promesas vacías no se consigue respuesta alguna.

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