DEL OTRO LADO DEL RÍO

Uruguayos en la Argentina pandémica buscan la forma de volver tras 106 días de encierro

Bajo acceso a tratamientos médicos, crisis económica y depresión por salir una vez por semana. Algunos arman maletas y se preparan para venir. Aquí, seis relatos de lo que se vive.

Obelisco, Buenos Aires, Argentina, Covid-19
La calle Corrientes casi desierta en tiempos de cuarentena obligatoria (Foto: La Nación/GDA)

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La grieta. Siempre la grieta. Todo en Argentina está cortado como por un serrucho con dientes desafilados, y lo que queda son dos partes que parece imposible que puedan volver a unirse. Ni una pandemia, ni el Covid-19, dejan lugar a la reconciliación. Todo se politiza.

El presidente Alberto Fernández apuntó al encierro para frenar al virus. Primero dijo que eran 15 días, después 15 más, y desde el 20 de marzo la situación sigue siendo la misma: los test positivos que se multiplican, la economía que se desmorona y el aislamiento forzoso que se perpetúa. Encima, la semana pasada se endurecieron las medidas ante la multiplicación de los casos.

Del otro lado del charco ya suman 70.000 infectados y 1.400 fallecidos. La mayoría de los casos fueron detectados en Provincia y Ciudad de Buenos Aires: 35.000 y 29.000, respectivamente. Pero en la Ciudad tienen el mayor índice de mortalidad del país (casi 600 fallecidos).

Las medidas estrictas hicieron desaparecer las luces de la ciudad que nunca dormía: los carteles de los teatros están apagados, los restaurantes y las librerías cerradas, solo el Obelisco encendido espera que todo vuelva a la normalidad.

La interna de Cambiemos, el partido del expresidente Mauricio Macri, arde. Su gobernador en Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, abrió un poco los grifos de la libertad en días pasados, pero tuvo que volver a cerrarlos. Ahora ha decidido plegarse al presidente kirchnerista, pese a la presión de sus compañeros para que se active el transporte público para todos, para dejar que la gente circule a conciencia, para ir hacia un modelo más “a la uruguaya”. ¿Pero el caos de Buenos Aires es comprable con Montevideo? ¿El bonaerense se comporta igual que el montevideano? ¿Alcanza con pedirle que no salga a la calle? Para muchos uruguayos que están allí, la respuesta es clara: “No”.

El consulado en Argentina ha recibido cientos de consultas de personas que quieren cruzar el charco: uruguayos y argentinos con residencia. El viernes de la semana pasada, en el único Buquebus que sale por semana a Uruguay, llegaron 270 pasajeros, entre ellos dos argentinos con Covid-19.

El Ministerio de Salud Pública venía pidiendo a los que llegan que hicieran dos semanas de cuarentena, pero fuentes del gobierno reconocen que “no hay manera de controlar que esto se cumpla, ni de saber si la persona que llega se toma un ómnibus para ir a su domicilio, aunque firmen una declaración jurada”.

La cartera resolvió el jueves empezar a pedir a quienes vengan de Argentina que se hagan obligatoriamente un test siete días antes, y luego, de manera optativa, lo repitan en Uruguay siete días después. Si deciden no hacerse este segundo examen, deben cumplir 14 días de encierro. El costo de estos test debe ser cubierto por los pasajeros.

Ayer llegó otro barco a Montevideo, con 160 pasajeros, y lo que se hizo —para evitar un nuevo ingreso de alguien con coronavirus— fue hisoparlos y prohibirles bajar hasta que estén los resultados.

Aquí, historias de uruguayos que viven la pandemia en el encierro argentino: uno que no aguantó más y volvió ayer, otros que preparan las maletas, y otros que quisieran volver, pero no pueden.

                                                              ***
Pizza frita. Ese es el emprendimiento que tenemos con mi socia, Lucía Correa. Hicimos carnaval allá, vendiendo pizza frita en el Velódromo y después nos vinimos a Buenos Aires. Yo estudio gastronomía y actuación. Llegamos el 9 de marzo, así que fue solo una semana de clases presenciales y después el encierro. Hace 100 días que estamos acá, casi sin salir a ningún lado. Yo salgo a correr… Bueno, salía, porque ahora tampoco se puede. A veces nos mandamos al carajo, pero tratamos de mantener la buena convivencia. Es difícil, pero… Es que tenemos una muy buena relación. Igual me quiero volver, allá es distinto. El viernes (por ayer) me voy a tomar el Buquebus, voy a hacer los 14 días de cuarentena y después ya voy a poder salir.

Estoy en el barrio de Belgrano, en capital. Los controles al principio fueron bastante estrictos. Me tuve que mudar en plena pandemia y bueno, ahí me pararon, me preguntaron a dónde iba, de dónde venía, me pidieron comprobante de mi nuevo alojamiento, pero después en esta zona se han ido ablandando. Hasta hace unos día se salía a correr por número de DNI (cédula): los que terminaban en número par un día y en número impar los otros, pero nadie controlaba.

En la calle hay de todo. Está la gente a la que le caminás cerca y se aleja un metro, y el grupo de chiquilines sin tapaboca reunidos en una plaza. En un momento se podía hacer take away (solicitar y retirar el pedido), pero ahora no estaría permitido. Por mi rubro sé, de todos modos, que unos de los negocios que más creció fue la venta de pizza, de la más cara a la más barata.

Si uno quiere romper la cuarentena, la rompe. Depende de uno.
                                                                                     
                                                                                       Federico Tulbowicz, 23 años

Trenes, Covid-19, Buenos Aires
Solo pueden ingresar a los andenes pasajeros con permisos para circular (Foto: La Nación /GDA). 

                                                                ***
Soy relator de fútbol, estoy en el equipo de Víctor Hugo Morales desde hace un año y medio, cuando me vine a vivir a Buenos Aires. En el verano hice notas de farándula en Punta del Este para Canal 9 y después me fui a San Carlos, mi ciudad, para cubrir el carnaval. Volví en marzo, relaté la final Boca – Gimnasia, y después empezó el encierro. Vivo con mi novia. No vamos más que al supermercado. Estoy trabajando a distancia, por eso en un momento pensé en irme a Uruguay, pero a ella no la dejaban pasar por ser argentina.

Yo vivo en el Microcentro y en todas las esquinas hay control policial. Lo más difícil de sobrellevar es que no hay horizonte, no se sabe cuándo se va a salir de esto, porque son siempre 15 días más y nunca termina. Es un Buenos Aires muy distinto al que la gente conoce, porque de noche no queda nada, y de día el centro está vacío. La ciudad está más verde; yo descubrí los canteros de la 9 de julio, que nunca se ven porque está toda la gente amontonada.

Hay mucho control policial, pero también el de los porteros a la salida de los edificios, o en la entrada a los supermercados. La desconfianza es absoluta y el control es estricto. A mí me pararon varias veces, dos o tres veces por semana los policías te piden el documento, la dirección de donde venís y la dirección a donde vas. Si se dan cuenta de que les mentís, que saliste sin un rumbo claro, primero te notifican y después te llevan detenido.

En un momento abrieron algunos locales de ropa, pero enseguida volvieron a cerrar. Hay persianas que uno sabe que nunca más se van a levantar. La economía va a estar brava.
         
                                                                                                    Jorge Arruti, 29 años

                                                               ***
Las medidas son drásticas, pero quizá deban ser más drásticas. Yo vivo en Villa Crespo, en Capital Federal, casi en Av. Corrientes, y lo que veo es mucha gente. Voy al supermercado y vuelvo, nada más, y una vez por semana, pero veo gente. Muchos salen porque no tienen más remedio, porque necesitan plata, porque la situación económica es dramática. Hay control en las principales avenidas, hay accesos cerrados, pero por los demás lugares la gente circula.

Hace seis años que vivo acá. Estamos con mi pareja encerrados, sin hacer ejercicio, sin hacer nada. Y aunque hay gente, también es verdad que son muchos los que se quedan en la casa. Yo trabajo en logística, en una empresa de entrega de paquetería, y las ventas se cuadriplicaron. Es impresionante. Y no solo de comida: ropa, juguetes, de todo se está comprando por internet.

La enfermedad me viene golpeando muy de cerca. Tengo una amiga que es enfermera; en el hospital no la cuidaron y se contagió. Está aislada, hace mucho que no la dejan ver a los hijos, es desesperante. Y después está el caso de la abuela de mi pareja, que estaba en un geriátrico, tenía alzhéimer. Como encontraron un caso entre los viejitos que vivían ahí, el Ministerio de Salud ordenó el desalojo y el traslado de todos los internados a un hospital. Ella tenía 96 años y no resistió. Le hicieron el hisopado, no tenía coronavirus, pero la mató el estrés de la situación. Estamos conteniendo a mi suegra, porque se hizo todo muy difícil, ni pudo despedirla. No hubo velatorio, solo la dejaron reconocer el cuerpo, y la cremaron inmediatamente. Por eso es que yo le tengo tanto respeto a este virus. Tanto cuidarla, 96 años, para morir así. Es injusto.

                                                                                                     Nadia Pachi, 30 años

Covid-19 Argentina
Así trasladan a una paciente con Covid-19 en Argentina (Foto: EFE). 

                                                               ***
Soy uruguaya, voy y vengo, pero hace mucho ya que vivo acá: nueve años. No somos una familia que la estemos pasando mal, el plato de comida está. Pero es difícil. Yo no trabajo y mi esposo es electricista. Tengo dos hijos, de un año y medio, y de tres años. Y los nenes hace meses que están adentro de casa, no salen para nada. Los veo como deprimidos. Es difícil.

Mucha gente alrededor ha perdido el trabajo o le han reducido el sueldo. Han recibido la ayuda del gobierno, pero no es mucha. Duele ver tanta gente que no se cuida, que anda sin tapaboca, que no se controla, que no se baja la aplicación que sirve para monitorear dónde está cada uno y si tiene síntomas. A mi marido le dijeron que era obligatorio, que si no, no podía trabajar. Y es un requisito cuando se hace el trámite para salir a la calle.

Hay que tener sí o sí la aplicación. Yo vivo en San Andrés, en Provincia, y acá se está controlando bastante. Un día fui a la farmacia y me pararon. Me pidieron documentos, me preguntaron a dónde iba y de dónde venía. Les dije la verdad, y me dijeron que si a la vuelta me volvían a parar y no había comprado nada me podían detener. Estamos bajo la lupa.

                                                                                                   Sol Benedetti, 30 años

                                                                   ***
Mi marido y yo estamos bien, tenemos una casa cómoda, pero nos queremos ir. La idea es cruzar a Uruguay, porque allá tenemos un apartamento en Punta del Este. Queremos hacer la cuarentena de 14 días y después salir rumbo a Alemania, donde vive nuestra hija. Ya averiguamos todo y lo podríamos hacer, pero hay un problema, hay un cuello de botella.

Nosotros queríamos cruzar con nuestro auto, pero no se pueden ingresar vehículos con chapa argentina. Entonces nuestra duda es: ¿cómo hacemos para llegar a Punta del Este? Podríamos tomarnos un taxi, luego un interdepartamental y punto. ¿Pero si en el camino en Buquebus nos contagiamos? Nos parece una irresponsabilidad trasladarnos en transporte público. Lo lógico sería poder cruzar el auto e ir en él hasta Punta del Este.

La embajada nos informó que la otra forma de viajar es hacerlo por Fray Bentos. Ahí podríamos ir en un remis o un taxi, y tomar o un remis o un taxi del lado uruguayo para ir hasta Punta del Este. No sé, es complicado, son opciones que estamos evaluando. Lo que no sé es cómo hacen en Uruguay para que la gente haga sí o sí la cuarentena; me harán bajar la aplicación capaz. En Buquebus no supieron decirme.

Tanto la aplicación de allá como la de acá (la de Argentina), que se llama Cuidar, tienen el mismo problema: que uno puede encenderla o no. Acá tenés la posibilidad de no conectar el GPS. Desde la misma aplicación es que se hace el trámite para poder circular. Hasta la semana pasada lo podía hacer más gente, pero ahora es solo para actividades esenciales. Se ha suspendido el ingreso de personas a transporte público, salvo que cuenten con el permiso, que es fundamentalmente para quienes realizan esas actividades esenciales. Se suspendió también el transporte entre municipios.

Es una situación difícil, y hay mucho miedo. Yo salgo a la calle a hacer mandados solo los sábados, así si aparecen síntomas puedo saber exactamente cuándo y por dónde me contagié. Mi marido sale un poco más; a veces va a una panadería a diez cuadras y discutimos un poco, porque yo no quiero que se exponga.

Acá estamos en Provincia, en territorio de Axel Kicillof, por decirlo de alguna manera. Vivimos en Acassuso. Cruzando la General Paz tenés Vicente López, Olivos, La Lucila, Martínez y después viene Acassuso. Estamos a 18 kilómetros del kilómetro cero de Buenos Aires, que es el Cabildo. Acá desde el principio las medidas fueron más duras que en Capital, pero ahora en Capital se les desmadró y tuvieron que volver para atrás. Es difícil, porque acá se politiza todo. Hay presión desde Cambiemos para que sus gobernantes no tomen medidas tan estrictas, pero los que están en los cargos saben que acá se hace así o no se puede hacer. Entre uruguayos lo podemos conversar: la misma prepotencia que tienen los porteños en Punta del Este, es la que tendrían todos acá si les pidieran un aislamiento voluntario.

                                                                                            María José Pérez, 68 años

Control en ruta, Argentina, Covid-19
Estricto control en las rutas de Buenos Aires (Foto: La Nación / GDA). 

                                                                 ***
La angustia se hace sentir. Porque no es solo la pandemia, sino también el momento que estamos viviendo. Mi esposo tiene muchas enfermedades: es diabético, es hipertenso, tiene un tumor en el colon y problemas en la piel.

Tenemos una prepaga (lo equivalente en Uruguay a un seguro privado) y nos cerraron todos los consultorios de la capital. En mayo mi marido estuvo internado y lo llevaron a la Provincia. Ahí nos enteramos de que allá había consultorios, y ahora lo que estamos haciendo es ir a consulta allá. Hasta la semana pasada sacábamos un permiso cada 48 horas, y yo podía ir. Ahora nos lo dan cada 24 y mi marido tiene que ir solo.Vivimos en la Paternal, y para llegar al otro lado hay que tomarse dos ómnibus, porque hay que cruzar la General Paz. Nosotros no tenemos auto, entonces hay que armarse de paciencia. Y pensar que tengo una clínica a 10 cuadras… ¡Pero está cerrada! Hoy los embotellamientos demoran hasta seis horas. Hay que esperar que revisen uno por uno. Si uno no tiene el permiso, no importa cuánto haya esperado, se tiene que bajar del colectivo y no puede cruzar para el otro lado. Y además hay que poner franja horaria, y si te pasás de esa franja ya no podés pasar. Es complicado. El otro día mi marido se fue a hacer una biopsia, se demoró, se pasó la hora y tuvimos que pedir un papel para justificar por qué nos demoramos.

Mi hija y mi yerno, que viven en Uruguay, quieren que nos vayamos para allá. Pero nosotros hace más de 40 años que vivimos acá. Hay un arraigo. No es tan fácil. Ellos, con todo este lío, tampoco han podido venir para acá. Tengo familia en Quilmes; un sobrino me dijo que venía a ayudarme, pero está a dos horas de mi casa y tiene cinco hijos. Cada uno tiene sus problemas.

Entiendo que el gobierno pida que la gente se quede encerrada, nosotros si pudiéramos eso es lo que haríamos, qué más quiero yo que quedarme calentita al lado de la estufa. Pero no podemos. La parte económica, además, cada vez se pone más difícil, y nosotros somos jubilados. El presidente dice que prefiere la salud de la gente que la economía, pero todo se viene abajo. La verdad es que no sé cómo va a hacer para arreglar todo esto.

                                                                                        Margarita Marrero, 68 años

196 argentinos solicitaron la residencia en la pandemia

Aunque la cifra es bastante menor que en años anteriores, proporcionalmente han sido muchos los argentinos que iniciaron trámites de residencia en Uruguay durante los primeros tres meses de la pandemia.
En marzo, abril y mayo, 196 argentinos comenzaron el trámite para venirse a vivir a Uruguay. En estos mismos tres meses fueron 400 los que lo hicieron en 2019 y 334 en 2018.
En total, los extranjeros que solicitaron su residencia en Uruguay fueron 817 entre marzo y mayo, contra 2.745 y 2.795 del mismo lapso del año pasado y el anterior.
En porcentajes, del total de extranjeros, en este año el 23,9% de quienes iniciaron el trámite son argentinos. En 2019 estos representaban el 14,5% y en 2018 el 11,9%. Las cifras fueron aportadas por la Cancillería a El País; aún no estaba cerrada la información al mes de junio.
El País también pidió al Ministerio de Relaciones Exteriores, al consulado uruguayo en Argentina y al nuevo embajador en ese país, Carlos Enciso, la cantidad de uruguayos y residentes argentinos que habían hecho consultas para averiguar cómo debían proceder para venir a Uruguay, y cuántos efectivamente habían regresado. Esta información no fue brindada. Sin embargo, fuentes de Cancillería sostuvieron que eran “cientos”. Cada viernes llega un barco de Buquebus con entre 250 y 300 personas, y parte otro hacia Buenos Aires (con ciudadanos argentinos y uruguayos con residencia allí). No se pueden cruzar hacia Argentina vehículos empadronados en Uruguay, y viceversa. Y quien llega a alguno de los países no puede volver al menos por 14 días, que es lo estipulado para realizar cuarentena.

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