Martín Aguirre
Martín Aguirre

El vaso medio vacío

Esta pieza podría usar el partido con Argentina como detonante para analizar el problema que tenemos los uruguayos con el conformismo, la falta de ambición, el desperdicio de oportunidades y el pecado de quedarnos mirando demasiado la mitad llena del vaso. Pero en vista de lo que pasó en la escuela 251, eso sería una frivolidad imperdonable.

Esta pieza podría usar el partido con Argentina como detonante para analizar el problema que tenemos los uruguayos con el conformismo, la falta de ambición, el desperdicio de oportunidades y el pecado de quedarnos mirando demasiado la mitad llena del vaso. Pero en vista de lo que pasó en la escuela 251, eso sería una frivolidad imperdonable.


La descripción fría del hecho alcanza para derrumbar toda la visión idealizada que muchas veces tenemos de nuestra sociedad. Resulta que una mamá, a la que llaman de la escuela debido a que el mayor de sus hijos parecía descuidado por ella, monta en cólera, agrede a la maestra salvajemente, y se lleva a sus abochornados hijos a los tirones y con insultos. No conforme con eso, piensa en frío y decide volver por más, y como la reja está cerrada, trepa, ingresa al centro educativo, y ataca con saña a la directora, grita que a uno de sus hijos -justamente el mayor- lo regala “con moña y todo”, y se va triunfante para su casa.

Un detalle más, en medio de este escándalo, deja “olvidado” a su hijo de 11 años, el que está dispuesta a regalar, el cual cuando llega a su casa, la actual pareja de la señora no lo deja entrar, por lo que el niño regresa llorando a su escuela, y debe ser acompañado por una mujer policía para que la familia acepte abrirle la puerta.

Acá es donde a uno se le caen todos los folletines. Donde queda como un estúpido si se queja de que los maestros hagan paro y dejen a todo el país sin clase por un hecho aislado, donde resulta una banalidad hablar de pruebas Pisa, donde cualquier crítica al funcionamiento de la Policía es una falta de respeto a la realidad con la que tienen que lidiar cada día.

Porque no nos equivoquemos, este fue el quinto caso similar en ocho meses del año. No se trata de una señora inestable como puede haber en cualquier país. Se trata de la realidad. El saltar una reja para agredir a una maestra es la punta del iceberg del panorama de abandono, desamor y marginalidad que se vive hoy en buena parte de la sociedad uruguaya.

Una sociedad que, para atender al vaso medio lleno, no padece problemas de integración cultural, choques religiosos milenarios, ni conflictos raciales profundos. Una sociedad implantada en un país estable, con instituciones sólidas, y con un Estado omnipresente.

Pero además, y acá seguramente vamos a tocar alguna fibra sensible, lleva más de 12 años de crecimiento económico, con un Estado que ha manejado recursos como no se veían probablemente desde hacía un siglo. Que ha generado estamentos de asistencia social con costos millonarios, y que ha hecho de la solidaridad, la inclusión, y el apoyo a la cultura y a los humildes una bandera excluyente.

¿Entonces? ¿Qué pasa? ¿Cómo es que vivimos en una sociedad que cada muy poco tiempo nos da este tipo de cachetazos reveladores de un nivel de descomposición propios de un país africano?

Evidentemente, esto podría ser visto como una crítica política menor. Intentar sacar rédito electoral de una miseria humana espantosa. Con la mano en el corazón, no se trata de eso.

También se podrían ensayar argumentos como los que usan los integristas del “proceso” del fútbol. Veníamos de muy abajo, hemos mejorado muchos indicadores, hacemos la cosa a nuestro ritmo, con nuestra identidad, así hemos funcionado siempre. Por lo menos a quien esto escribe, eso le deja gusto a poco.

Diez años, trece si contamos desde el 2004, son muchos años en el devenir de una sociedad. El país ha hecho esfuerzos materiales y emocionales muy grandes en este tiempo, y sin embargo, este caso emblemático deja en evidencia enormes carencias a nivel de las instituciones que deberían cobijar y prevenir estas situaciones.

¿Cómo se generó una señora que es capaz de un nivel de violencia así, incluso contra sus propios hijos, superando hasta los básicos instintos de cualquier animal? ¿Cómo las instituciones educativas y de asistencia social no previeron ni previnieron esto? ¿Cómo ha actuado la Justicia en casos anteriores, como para que alguien tenga normalizado una reacción así? Incluso como sociedad, ¿cómo convive entre nosotros pacíficamente y sin saltar alarmas una señora capaz de esta reacción? Perdón, cinco señoras. Y solo en ocho meses de lo que va del año.

De nuevo, por favor, no se trata de hacer politiquería barata, ni de rehuir la responsabilidad colectiva. Al contrario, es asumirla. ¿No debemos preguntarnos qué hemos estado haciendo mal? ¿No hemos estado derrochando recursos y horas de discusión en frivolidades? ¿Es normal que aceptemos este tipo de situaciones en un país como Uruguay? ¿Podemos batirnos el pecho diciendo que vivimos en un país fabuloso cuando pasan estas cosas? ¿Es tan solo un tema de plata? ¿De recursos?

Podemos ver el vaso medio lleno pensando cuánto peor estuvimos. Pero viendo el país que tenemos, que nos pasen estas cosas debería darnos un poco más de vergüenza. Es el primer paso ineludible para cambiar la realidad.

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