Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Orientarse en la cerrazón

El tema de la seguridad abarca un aspecto de nuestra vida de todos los días que se puede simbolizar en un nombre: Bonomi. De eso se ha ocupado con tesón el senador Javier García. Hay otro aspecto, más general y elusivo, que pertenece a las características de los tiempos que vivimos.

El tema de la seguridad abarca un aspecto de nuestra vida de todos los días que se puede simbolizar en un nombre: Bonomi. De eso se ha ocupado con tesón el senador Javier García. Hay otro aspecto, más general y elusivo, que pertenece a las características de los tiempos que vivimos.

Tanto el mundo como la región geográfica que ocupamos no tienen más las certezas en las que antes se apoyaban y nuestro país, por su lado, ha aportado a esas incertidumbres algunas más de producción nacional.
Tabaré Vázquez, en su artillería de propaganda electoral, incorporó el slogan “traigo certezas”. Su propósito era el de tranquilizar a los clientes electorales del FA, asegurándoles que en los tiempos de incertidumbre económica que se avecinaban (y que ya llegaron) iban a poder seguir contando con el favor del estado y de su gobierno. Fue una promesa de campaña electoral que, como tantas otras, Vázquez no pudo cumplir (y no era para el Uruguay sino para los suyos).

El Uruguay vive actualmente horas de inquietud; en parte porque en el horizonte mundial se han desdibujado certezas que parecían definitivas. La Unión Europea se disuelve por una salida de los ingleses que ni los propios ingleses se esperaban y en Estados Unidos gana las elecciones un personaje impredecible, en desafío a los vaticinios de los entendidos. Estos acontecimientos mundiales más los cambios en la región (más predecibles, quizás, pero ciertamente más desacomodadores del relato oficial de las izquierdas), han dejado a nuestro país en una situación de incómoda incertidumbre. Ya se sabe que la incertidumbre y la falta de una seguridad que dé certezas (aunque sean certezas sin base) es algo que el uruguayo teme como a la peste.

Padecemos un crónico síndrome de niño rico, acostumbrados a la bonanza. Más que acostumbrados a la bonanza estamos acostumbrados al relato de la bonanza, el que ha seguido firme aún cuando la realidad económica no lo justificaba: igual se mantiene en el imaginario colectivo como derecho de cuna y estado natural de este país. El niño rico recibe con naturalidad y sin pensar los beneficios de su status; llora por lo que le falta, pero siempre ajeno a la referencia hacia la viril ley de la vida donde el bienestar es resultado de un emprendimiento por cuenta propia. Decía Methol que el Uruguay era una sociedad de comensales. ¡Aguda mirada!

Pues bien: en esta época y este mundo ese tipo de sociedad no tiene más ni lugar ni legitimación. Se podrá discutir si eso es justo o injusto, pero desapareció por la razón del artillero. Vázquez no nos puede proteger aislándonos del mundo donde el viento se puso en contra: no puede ni siquiera asegurar el rumbo interno de la nave porque no tiene apoyo político ni cuenta con elenco gubernamental avezado y firme. Y el FA, gigante herido, lleno de vacilaciones internas, es la contracara de la certeza; sólo respira la incómoda certeza de su actual ocaso como fuerza política hegemónica.

A este Uruguay de hoy hay que devolverle la confianza en sí mismo; no en los Reyes Magos (petróleo en el Río de la Plata, pastera finlandesa en el Norte, TLC con China). Hay que tocarlo con los talones, hacerle parar las orejitas y sacarlo del tranco cansino; (el paisano sabe que tusar se hace siempre a contrapelo). La oportunidad está abierta para que vengan otros a señalar un rumbo, a gritar un abajajá nuevo y a entusiasmarnos a todos con la expectativa de abrirnos camino.

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