Tomás Linn
Tomás Linn

Tonos de la campaña

Si a lo largo de su historia, para Uruguay toda jornada electoral ha sido un hito fundamental en la vida cívica del país, hoy lo es más.

En estas últimas semanas, el continente (y también otras partes del mundo) han vivido días de convulsión, de agitación y violencia a niveles inusitados. Por momentos hay desprecio a las instituciones y en general se ven dificultades para que las demandas se canalicen por las vías normales de un Estado de Derecho. En algunos casos hay razones muy evidentes para tanta virulencia, en otras las causas son más complejas.

En ese contexto, la realización de elecciones acá, en un clima de paz, de respeto y de tolerancia, ya no solo es un mensaje de que es posible hacer estas cosas de otro modo, sino que debería ser una advertencia de que esto que Uruguay goza no viene dado de por sí y puede perderse en un fugaz instante, por un simple capricho del destino o por un desvío de nuestros valores.

Hay gente que se queja de que la campaña fue dura aunque no creo que haya sido más dura que otras. Ocurre como cuando llega el verano y nos quejamos de que fue el más caluroso que se recuerde, o el más lluvioso, o el más frío, habiendo olvidado que tan solo el anterior fue peor.

Una campaña enfrenta adversarios que necesariamente se dirán cosas duras. Cada parte quiere ganar y para ello a veces se mueven a los empujones, se descalifican gratuitamente, recurren a métodos sucios, mienten descaradamente o inventan realidades falsas y asustan con amenazas imposibles.

Un poco de eso hubo en esta campaña, pero si se compara con otros países, no parece ser demasiado grave (aunque estuvo aquel desborde intempestivo e inusual en la interna, que le salió caro a quienes lo probaron).

Ello ayudará sin duda a que la jornada de hoy se desarrolle como siempre. La gente en la calle, cumpliendo con sus ritos en día de elección, tomándolo como una fiesta cívica porque de eso se trata.

La democracia es eso y nadie pierde de una vez para siempre ni nadie gana para apoderarse del gobierno para la eternidad. Son las cosas buenas de la democracia, aunque en algunas partes del mundo (incluso en países cercanos al nuestro), eso todavía hace falta entender.

Si algo manchó lo respetuoso y civilizado de esta campaña, fue la irrupción de la redes sociales. Lleva a pensar que este país vivió el proceso a dos niveles como si uno no se tocara con el otro. Y la diferencia entre la realidad que se trasmite en un nivel es abismal con la otra. Abismal y eventualmente peligrosa.

Es que aún aceptando que entre dirigentes en la campaña que se desarrolla en la superficie, pudo haber golpes bajos, por lo general nunca pasó de ser una salida de tono, un desliz que se intentó arreglar en la siguiente oportunidad.

No es así con las redes. Allí se dice de todo. No hay matices. Amparados en el anonimato total o parcial, la gente se insulta, se agrede, se ofende con términos agraviantes, descalificatorios y hasta soeces. Aquello que dos personas que piensan muy diferente no se animarían a decirse cara a cara en una rueda de bar o en una reunión familiar, se lo dicen sin reparos en las redes. Se impone una ilimitada grosería.

Esto debería alertarnos hacia el futuro. Como en ese mundo de lo etéreo no hay pautas, los cuidados de lo que debería ser una vida de civilidad se pierden y eventualmente ello tendrá consecuencias complicadas respecto a la calidad de nuestra democracia. Algo que ya está ocurriendo en otras partes del mundo.

La novelería de estos instrumentos llevan a que los usemos con extrema libertad. Pero si en tiempos pasados cuando ellos no existían, la libertad era la misma, pero los buenos modales y el respeto al otro eran parte de nuestra forma de entendernos, algo malo está sucediendo.

Quizás, como ciudadanos, como personas libres, como gente que quiere expresar sus convicciones con firmeza y libertad, estos instrumentos nos hayan dado un espacio infinito, que no hemos aprendido a usarlos con el control debido. Que no es el de acallar opiniones, sino el de respetar las de los otros. Nadie pide ceder posiciones, pero sí aceptar que hay otras que tienen validez y razón de ser, que tienen derecho a hacerse escuchar y que el intercambio puede ser todo lo recio que se quiera, pero a la misma vez tolerante, amable y respetuoso.

Así como en el mundo de lo tangible y lo analógico los uruguayos debimos aprender a ser corteses y abiertos, también tendremos que aprenderlo en el mundo de lo digital y las redes.

La esencia de vivir en democracia es que la gente que cree y siente de modos diferentes (y por eso vota opciones distintas), pueda convivir en paz, en armonía y respeto hacia los demás. Y eso vale aun en la era de las redes sociales. Lo vale aún más. Más que nunca hoy.

Por eso este día es de celebración. Ya lo es mientras transcurre y aun antes de conocer los resultados. Porque en el respeto de unos a otros se juega la democracia y para las uruguayos, vivir en democracia ha sido siempre una marca de identidad. Que eso nunca se pierda.

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