Martín Aguirre
Martín Aguirre

Anticipo preocupante

El resultado electoral dejó una certeza y una interrogante.

¿La certeza? La evolución política de Lacalle Pou, que demostró que en los años transcurridos desde su derrota en 2014, se ha convertido en un político muy fino, con olfato, capacidad de articulación y, lo más importante y que distingue a un político exitoso de un juntavotos: la habilidad de minimizar sus debilidades y maximizar sus talentos.

Para comprobar esto alcanza comparar aquel Lacalle Pou del “díganle a Tabaré que lo espero en esta bandera”, con el que dio el discurso de la noche electoral del “no reconocimiento”. Una evolución que hasta su más enconado adversario debe reconocer que ha sido notable.

Esa evolución es a lo que todos los observadores apuestan para ver con chance de éxito este período que comienza. Donde el panorama económico luce preocupante, y donde articular un gobierno con cinco partidos, y un andamiaje entre quienes orientan la opinión pública mayormente en contra, parece un desafío muy duro.

Y esto tiene mucho que ver con lo que mencionábamos sobre la interrogante. La cual se centra en cómo sería la reacción del Frente Amplio tras su derrota. Si aceptaría con dignidad la salida del poder, atravesaría un necesario período de autocrítica interno, y buscaría ocupar el rol de oposición centrada y constructiva, de mano de una nueva generación de dirigentes.

O si, en vez de eso, los dirigentes y militantes del FA canalizarán su dolor culpando a factores exógenos (la clase media, los “comebosta”, los medios), y se recostarán en sus figuras y posturas más sectarias, para hacer una oposición sangrienta y destructiva. Lo ocurrido en estas dos semanas hace temer que haya optado por la segunda opción.

Las voces más fuertes que se han escuchado por estos días han sido la del exministro Olesker, una persona que se niega a abrir el telegrama envejecido en el que le avisaban que se cayó el Muro de Berlín, y que se ha dedicado a repartir el mensaje de que cualquier reforma en línea con el programa con el cual Lacalle Pou ganó las elecciones, será enfrentada “en las calles”. A esto se suma una salida barrabrava del ministro Astori, directamente insultando al presidente electo y su entorno, acusándolos de ignorantes con mala fe. Y la acción general de las figuras del gobierno saliente, que con su negativa a subir las tarifas, parecen decir que privilegian la imagen de su partido, por encima del interés a largo plazo de la sociedad.

A esto hay que sumar, por supuesto, el tono que han aplicado a su discurso los dirigentes y militantes referentes del Frente Amplio, que en los medios y en las redes sociales, donde destilan una iracundia que parece más propia de alguien que ha sido traicionado por un amigo malagradecido, antes que de una persona que reconoce que pudo no hacer algunas cosas bien, y que tiene que replantear su vínculo con la sociedad.

Aunque parezca mentira, la voz discordante en todo esto vino del Partido Comunista, donde el diputado Núñez acusó a la dirigencia del Frente Amplio de no estar a la altura de las circunstancias. Conociendo que los comunistas no suelen dar aire a sus sentimientos espontáneos, hay que hilar fino para ver qué hay detrás de esa postura.

Pero la reacción del Frente Amplio, si se quiere, era esperable. La tentación de echar todas las culpas del fracaso a Daniel Martínez, o creer que la sociedad les dio la espalda por una oscura conjura de los medios, los empresarios, y el Club Bildelberg, siempre es más agradable al alma que reconocer que se trabajó mal. Ahora lo que lleva más inquietud es la actitud del gobierno electo.

Toda la reacción de la cúpula “multicolor” sobre las tarifas parece ir en contra de la imagen que se dio durante toda la campaña. Una campaña donde no hubo ni un error importante, y donde se manejó con fineza de cirujano, el vínculo entre los partidos, así como el discurso hacia la sociedad. La salida enojada a intimar al gobierno a subir las tarifas no pudo ser más negativa. Primero, porque se perdió la calma y se dejó la iniciativa en manos de los dirigentes del Frente. Segundo, porque es una reacción estéril, ya que cuanto más crean las figuras sin relevancia a cargo del asunto, como el ministro Moncecchi, que pueden irritar al nuevo gobierno, más se reafirmarán, y no hay ninguna chance de que cambien de parecer. Por último, porque ante la sociedad, estar haciendo lío porque no se le subió la luz a la gente no parece la mejor forma de ganarse la simpatía popular.

Apenas a dos semanas de las elecciones, esto nos pone en el peor de los lugares. Con un Frente Amplio inclinándose hacia sus opciones más confrontativas, y con un nuevo gobierno en falsa escuadra y poniéndose del lado antipático del debate, cuando todavía ni asumió. Estas primeras impresiones pueden ser algo pasajero, producto todavía de las réplicas del sismo electoral. De lo contrario, nos aguarda un choque de trenes del que nada bueno puede salir para el país.

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