Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Sanguinetti en la arena

Parecía inevitable y ocurrió: el Dr. Julio María Sanguinetti retornó a la arena política.

El regreso del dos veces Presidente de la República merece mucho más que el análisis de sus posibilidades en el tránsito electoral y sus perspectivas negociadoras en el futuro Poder Legislativo. Merece mucho más que la medición de su evidente influencia en el repunte del lema de los Batlle. Es que su gesto supera los límites de la política partidaria y de la puja electoral.

La vida pública está signada hoy por un circo de actores que suben y bajan las escalinatas del poder soñado, muchos sin preocuparse por iluminar nuestros problemas. Unos hablan desde el alma y otros sin alma. Unos entran a la política desde lo interno y por vocación, mientras otros -“outsiders”- se lanzan desde afuera, por ocasión. Unos piensan por sí mismos y otros encargan sus libretos. Licuado todo eso en el clima apurado del “entertainment”, le pasa a la política lo mismo que a casi todos los órdenes de la vida actual: la grandeza les resbala, les pasa inadvertida, no la usan como vara para medir.

Es que con la moda de explicar todo lo humano por intereses materiales, se ignora cuánto hay de idealidad, sacrificio y heroísmo en muchas actitudes que a diario se adoptan en silencio y sin prensa. Y aun en las decisiones públicas como esta de Julio María, el cálculo inmediatista impide poner en valor la fuerza espiritual que hace falta para, dejando la paz del escritor, salir con 83 años a recorrer calles y caminos para sembrar el porvenir de la República. Cuando se ha tenido todos los cargos y se han recibido todos los honores, eso solo se hace por entrega y por amor a la laica religión de la libertad.

Así planteadas las cosas, la cuestión no es ya si se prefiere a Sanguinetti, Amorín Batlle o Talvi, dignísimos contrincantes en la interna, ni cómo le vaya en la aventura. Lo principal -y esperanzador- es que el país sigue dando ejemplares humanos hondamente cultos, capaces de obedecer imperativos de conciencia por encima de sus circunstancias y de servir valores sin descansarse en su comodidad. En esa clase de espíritus, más que la victoria o la derrota el tema es la orientación y el sentido. ¡Y vaya si eso hace falta en el país sin brújula donde vivimos!

En un mundo con Trump-twitter y con Bolsonaro-golden-shower, el Uruguay de los pro-Maduro vive una feroz crisis cultural.
Fracasada la guerra de clases, exaltan la guerra de géneros: el Día de la Mujer -hoy- deja de llamar al amor en igualdad y se lo convierte en coto de odios.

El presidente Vázquez inventa una rendición de cuentas, pero en vez de acudir al Palacio Legislativo para dirigirse a la ciudadanía, elige hablar entre las candilejas de un Arena en que Antel gastó más de US$ 80 millones fuera de sus competencias. Desde hace dos años largos ese estadio corporiza una violación de la Constitución y acaso Vázquez lo eligió porque él iba allí para perpetrar otra, al pronunciar un discurso netamente electorero a base de datos flechados.

Y así es todo.

Para salir de este marasmo hacen falta personalidades recias y cultas, capaces de escuchar, entender y sintetizar a todos, reconstruyendo rumbos de razón y armonía cuando todo cruje.

Por eso, la vuelta de Sanguinetti debe saludarse más allá de las contingencias que, en acto de grandeza, asume desde una humildad ejemplar.

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