Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Las ansias de silencio

Silencio en la puja.

Hace 30 años, el 11 de abril de 1989, el Poder Ejecutivo promulgaba la ley 16019, que mandó “cesar necesariamente cuarenta y ocho horas antes del día en que se celebren los actos comiciales” los “actos de propaganda proselitista en la vía pública o que se oigan o perciban desde ella, o que se efectúen en locales públicos o abiertos al público y en los medios de difusión escrita, radial o televisiva”, así como la divulgación de “encuestas o consultas” y “manifestaciones o exhortaciones dirigidas a influir en la decisión del Cuerpo Electoral”.

En el júbilo de la restauración democrática presidida por Sanguinetti, la unanimidad del Senado aprobó la veda. Era claro que ella buscaba purificar el ánimo del Cuerpo Electoral, dándole a cada ciudadano que no fuese militante sectorial, dos jornadas enteras de reflexión en el cuarto secreto del alma que pronuncia cada voto. Pausa con intención republicana, se obedeció sin fisuras importantes. Hasta que, en la última década, la nueva tecnología impuso el mensaje instantáneo, con autor oculto y sin editor responsable, armado para saltar las vallas y entrar a mansalva en pantallas, correos y whatsapp.

Pero aun horadado desde Internet, el silencio en las 48 horas previas a votar sigue incorporado a nuestras costumbres y no se vive como una limitación a la libertad sino como un bien mayor de nuestro sistema democrático.

¿Beneficia la veda preelectoral a los partidos, al prohibir la publicidad engañosa de último momento? Sí, pero más beneficia al ciudadano, que usa esos dos días para afinar su conciencia y terminar de decidir su sufragio-esperanza.

En esta vuelta electoral, aumentó ostensiblemente el ofertorio de partidos. Como la prédica de principios ha sido sustituida por afirmaciones sectoriales y planteos descoyuntados, como la doctrina ha sido sustituida por el marketing político, nos desembarcó una fiebre divisionista. Hoy para distinguirse y armar lema aparte, basta arremeter con una o dos escuálidas “ideas a tener en cuenta” que se elevan a la categoría de verdades-panaceas.

Si en este contexto levantamos la mirada en torno y al frente, salta a la vista que, como “asociación política de todos los habitantes de su territorio”, el Uruguay está reclamando a gritos coordinar los distintos énfasis que lo contraponen por dentro y sintetizarlos en visiones amplias, que apunten a una República capaz de vertebrar todos los sentimientos nobles y todas las metas elevadas. Esa es una misión dinámica y unificadora que debemos encargarle con urgencia al esfuerzo creador de pensar, planteando tesis y discutiéndolas, en todos los planos y en todos los niveles de cultura. Sabemos que hace años esa clase de esfuerzos pasó de moda. Es más cómodo acuñar eslóganes, encargar estudios, medir el PBI o importar idearios. Pero ya vemos a qué podemos llegar si en vez de forjar entre todos respuestas que sean nuestras, nos limitamos a preguntar si puede suceder en el Uruguay lo mismo que en la Argentina, Chile, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Cuba o México.

Esa lista sirve para crispar almas pero no para sentar una convivencia donde la libertad se amalgame con la justicia, cultivando a la persona, sede primera e instrumento insustituible del progreso individual, familiar y colectivo, como nos enseña a todos el proyecto humanista que es la Constitución Nacional.

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