Hebert Gatto
Hebert Gatto

Desafíos pos pandémicos

No puede dudarse que durante los últimos siglos, particularmente desde el XV con los inicios de la modernidad, la humanidad ha realizado notorios avances materiales.

Un proceso acelerado desde comienzos de la anterior centuria, período en que la ciencia y la técnica se han convertido en líderes, dejando atrás tradiciones y tabúes ancestrales. Sin embargo, como si la naturaleza no siempre aprobara estas modificaciones, a cada uno de estos logros le han correspondido fenómenos de sentido inverso que parecen limitarlos.

Más allá de los aterradores desafíos ecológicos, que amenazan la integridad de un planeta azotado por el calentamiento global, fenómeno sobre el que no resulta ajena la propia conducta humana, lo ocurrido con la pandemia con la que todavía convivimos, es su mejor prueba. Tanto, que ante cada avance médico secundado por una cuantiosa inversión de recursos su invisible causante responde con una diferente mutación, más poderosa e infectiva, que nos alarma por su persistencia y recursividad. Repitiendo la mutación de los virus ante los antibióticos. Y esto aún cuando esta se identifiquen, como adelanta la ciencia, con el ciego resultado de la evolución.

Es mucho sin duda lo que conocemos sobre los virus pero es más aún lo que ignoramos de ellos. Asumamos lo elemental: desconocemos si se trata de un ser vivo o de un patógeno ajeno a aquel nivel de complejidad. Una característica que sí sabemos respecto a los priones, un mero conjunto de moléculas orgánicas, que, sin embargo, causan enfermedades incurables. Un caso donde la desnuda naturaleza sirviéndose de mecanismos puramente materiales, parecería que se dotara de un propósito para conspirar contra la salud humana.

Algo similar, pero en un plano distinto, ocurre con los avances tecnológicos en materia de comunicación y conocimiento tecnológico. Al presente podemos comunicarnos y ver a una persona de la que nos separan miles de kilómetros solo con operar una cajuela del tamaño de un puño. O manejar con precisión un vehículo que viaja al espacio exterior atravesando millones de kilómetros. Nada, en este campo parece estarnos vedado desde que es posible concentrar el ya vasto conocimiento humano, hasta ahora en gigantescas bibliotecas, en el mismo insignificante artefacto. Una cajita que facilita contactos lejanos pero inhibe los más cercanos.

Este sorprendente avance puede ser fácilmente hackeado para fines espúreos, utilizando ingenios cada vez más sencillos de obtener y utilizar. Tan amorales como eficaces. Como si nuevamente la naturaleza se valiera de la especie que ella misma ha creado, utilizándola para autolimitar su desarrollo. Y eso por no hablar de guerras sin supervivientes, del crecimiento del delito y del abrumador avance de una humanidad ahogada en megalópolis invivibles.

Ninguna de estas desordenadas reflexiones pretende extender el pesimismo o negar el progreso. Sólo señalan la necesidad de una nueva actitud ética y política, guiada por la modestia, el consenso, el reconocimiento del otro y el definitivo abandono del egoísmo nacionalista y el dogmatismo partidista. O bien todos colaboramos en la causa común y dejamos de priorizar lo pequeño, o todos perderemos el reto. Tanto aquí, como en el resto del mundo.

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