Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Las redes del desprecio

Basta. El camión cayó en un pozo por no respetar la señalización dispuesta por la Intendencia de Montevideo; lo de "pegar a los candidatos del FA" fue dicho por Lacalle Pou en sentido metafórico; el alcalde frentista de Las Piedras nunca dijo que robar fuera una forma de trabajo; Juan Ma. Bordaberry, el padre de Pedro, llegó a la presidencia por voto popular, nunca hubo niños comiendo pasto y Uruguay no se parece en nada a Venezuela.

La lista de noticias falsas o adulteradas convertidas en invectivas en las redes sociales ha crecido hasta la exasperación y demuestra que la estupidez no respeta fronteras ideológicas.

El hecho debería estar en la agenda de todas las instituciones comprometidas con la salud moral, intelectual y democrática de nuestra sociedad, sobre todo si se tiene presente su enorme y creciente penetración: se calcula que 7 de cada 10 hogares uruguayos tiene wi-fi, 9 de cada diez al menos un Smartphone, y 8 de 10 usuarios de redes lee o escucha noticias en ellas.

Las nuevas tecnologías facilitan la creación de gigantescos espacios de opinión pública donde se expresa una multitud de personas no entrenadas en los rigores del manejo de la información o las técnicas argumentativas. El problema aparece cuando se promueve el odio hacia enemigos reales o inventados, se miente a sabiendas y se promueven campañas de linchamiento.

El estudio sobre la evolución de los medios ha incorporado conceptos inquietantes, como el de posverdad (o mentira emotiva) referida a unas circunstancias en las que los hechos constatables resultan menos influyentes que los argumentos surgidos de la emoción y los prejuicios; y poscensura (acuñada por el investigador español Juan Soto Ivars), para referirse a esos procesos de disciplinamiento promovidos por una turba de indignados digitales, que a diferencia de la censura tradicional, se saltea la acción del Estado.

La falta de un espíritu crítico y una conducta ética en las redes conforman un caldo de cultivo especialmente peligroso para la democracia, al propiciar la construcción de un escenario en el que la falsificación de la realidad puede volverse perfectamente real, y el resurgimiento de creencias supersticiosas y anticientíficas, aún en comunidades sofisticadas.

La democracia necesita políticos y ciudadanos que respeten al menos la lógica de los hechos. La manipulación es una forma de atentar contra la convivencia democrática pero sobre todo, contra la libertad, en la medida en que busca alterar la conciencia del prójimo con procedimientos espurios.

Solo se puede debatir de manera constructiva si se toma al otro en su mejor versión. Simplificar, retorcer o sacar de contexto argumentos es una muestra de debilidad intelectual y moral. Además, es inconducente.

El perfil personal en las redes sociales no es una plaza pública sino el patio de una parroquia; está lleno de feligreses del mismo credo. Repetir propaganda, majaderías y noticias de dudoso rigor sobre rivales políticos es como tapiar una casa del lado de adentro.

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