Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

¿Noventa días?

La convocatoria de Uruguay y la Unión Europea a un grupo internacional de contacto por la crisis en Venezuela encierra algunos riesgos. El primero y acaso el más significativo es que semejante esfuerzo diplomático termine diluyendo la presión de los países democráticos sobre el régimen de Maduro.

El Grupo de Lima ha planteado con razón que “toda iniciativa política o diplomática que se desarrolle debe tener por objeto apoyar la hoja de ruta constitucional presentada por la Asamblea Nacional y por el Presidente Encargado, Juan Guaidó”.

Cuando se anunció la celebración de la cumbre de Montevideo, señalábamos el cambio que había experimentado la posición uruguaya, que pasó de la neutralidad absoluta compartida con México (y que intentó, recordemos, realizar una conferencia entre países neutrales, sin agenda ni plazos) a promover una iniciativa que recoge la agenda de la Unión Europea: “permitir a los venezolanos expresarse libre y democráticamente a través de nuevas elecciones”, según la jefa de la diplomacia del bloque, Federica Mogherini.

Un fracaso de esta iniciativa no solo sepultaría las aspiraciones de libertad de los venezolanos sino que podría terminar consolidando en el poder al agonizante régimen chavista. ¿Pero cómo podría fracasar?

Una posibilidad es que la hoja de ruta sea impracticable o irreal, ante las singularidades de la crisis venezolana, especialmente ante el grado de descomposición institucional y de convivencia que dejaron estas dos décadas de revolución bolivariana. El régimen intentará por todos los medios sabotear la realización de elecciones libres, a menos que obtenga ciertas garantías de impunidad, y eso siempre que no entienda que aún está a tiempo de salvar el negocio.

Pero hay otra forma de fracasar menos ostensible (y acaso también más cínica), que no deberíamos descartar, y que consiste en el manejo desaprensivo del tiempo. Un “grupo de contacto” puede caer fácilmente en la burocratización y las dilatorias, sin necesidad de que los agentes de Maduro siembren el caos en Montevideo. Alcanza con que deleguen las resoluciones en comisiones y subgrupos, delegaciones de contacto y subcomisiones, conferencias regionales preparatorias de plenarios interregionales de contacto y otras trapisondas por el estilo, para que la cumbre naufrague a costo exclusivo de los sufridos venezolanos.

Debemos estar muy atentos, con el cronómetro y la agenda en la mano, para recordarles a los convocantes que el final no puede ser otro que la caída de la dictadura y la convocatoria a unas elecciones en las que no haya represión, exclusiones, manipulaciones ni censura. Los noventa días parecen un plazo excesivo, que se presta a sabotajes y distracciones, frente a la tragedia de los venezolanos y la vesania de sus tiranos.

Más allá de la reverencia colonial con la que recibimos todo lo que llega del viejo continente, la diplomacia europea no se caracteriza por sus éxitos. Allí están Ucrania, Libia y Siria (por no hablar del desastre humanitario que dejó, en plena Europa, la Guerra de los Balcanes) como testimonio de sus limitaciones y sus intereses cruzados. Claro que Venezuela es principalmente una tragedia latinoamericana, por lo que deberíamos mirar mejor la viga en el ojo propio.

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