Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Saber indignarse

No me gusta Anatole France porque no sabe indignarse", decía Miguel de Unamuno sobre el Premio Nobel de Literatura de 1921.

Unamuno prefería, por esa misma razón, a otros escritores franceses, célebres en su tiempo, como Flaubert, Bloy o incluso Lammenais. Para el filósofo vasco, saber indignarse es una virtud moral que nutre a la buena literatura.

La celebración nacional de un nuevo Día del Periodista es una ocasión para reflexionar sobre algunos asuntos inherentes a la profesión. En tiempos en los que cualquier individuo con acceso a un teléfono inteligente es capaz de difundir noticias y opiniones con alcance virtualmente ilimitado, conviene recordar algunas de las aristas singulares del periodismo, como la ponderación de los hechos, los datos y las voces de los implicados.

El periodismo no puede soslayar la tensión entre las demandas de celeridad, verificación y oportunidad. La aceleración de los intercambios que trajo la tecnología digital, especialmente las redes sociales, no puede ser una excusa para vulnerar ninguna de estas demandas, antes una autoimposición de los profesionales que un reproche de la comunidad.

Nadie nace sabiendo titular o entrevistar, pero cualquiera que se tome el aprendizaje de estas habilidades profesionales con seriedad y vocación va a adquirir cierta competencia.

Lo que diferencia a un periodista es que el desarrollo de las habilidades profesionales y deontológicas tiene una matriz existencial propia, caracterizada por dos cualidades: la curiosidad, entendida como ansia por saber, y la indignación frente a la injusticia, especialmente frente a la mentira, una de sus formas más perversas.

El periodista que pierde la curiosidad y la capacidad de indignarse se aborrega, queda sin ideas ni opiniones propias, sin iniciativa, por lo que sus destrezas no van a ser más que fuego de artificio, destinado a mantener al público entretenido. Quizás ni siquiera eso.

Lo que ocurre con la indignación del periodista es que, a diferencia de la del público, su afloramiento no se puede justificar en que alguien contradiga sus juicios y opiniones sobre los temas de agenda. Esa sería la reacción esperable entre amateurs o activistas.

Según la organización Reporteros sin Fronteras, durante 2017 fueron asesinados en el mundo 65 periodistas. A más de la mitad los mataron de manera intencional y como represalia por sus investigaciones, tal vez enfocadas en temas que ni siquiera los afectaban directamente. En lo que va del 2018, unos 60 periodistas murieron como consecuencia de su trabajo y hoy mismo, más de 150 periodistas permanecen encarcelados en 28 países.

La realidad de los colegas en Siria, México o Venezuela no se parece en nada a la de Uruguay, pero eso no es razón suficiente para soslayar algunos intentos de amedrentamiento, especialmente el de jerarcas públicos que buscan criminalizar sus desavenencias con los periodistas.

No hay buen periodismo sin buenos profesionales, gente que sabe manejar temas y datos con agudeza, ecuanimidad y destreza expresiva, pero si tuviera que elegir dos atributos capitales de los periodistas, me quedaría con la curiosidad infinita y la capacidad de indignarse. El resto se aprende.

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