Francisco Faig
Francisco Faig

Los cambios en el Mercosur

Ahora que en la próxima cumbre del Mercosur en Santa Fe, Argentina y Brasil seguramente abran la puerta a acuerdos bilaterales de libre comercio que enterrarán toda la lógica comercial regional propia de una unión aduanera, y ahora que transcurre nuestro año electoral, vale la pena reflexionar sobre los formidables cambios que hubo desde aquel lejano inicio de Mercosur en 1991.

A nivel mundial, era impensado en aquel tiempo que una China que acababa de salir de la matanza de Tiananmén lograra 30 años más tarde ser la segunda potencia mundial, y se transformara además en el principal socio comercial de toda Sudamérica. También era muy difícil de prever que el espíritu liberal y aperturista de finales de la Guerra Fría, que por tres décadas generó un crecimiento sostenido en importantes países del otrora Tercer Mundo, cediera a una actualidad de recelo proteccionista propiciado por importantes potencias occidentales.

En lo regional y visto en perspectiva, quizá Mercosur haya sido la última iniciativa en la que Argentina y Brasil actuaron como potencias similares. En estos 30 años Brasil se despegó -como lo mostró su protagonismo mundial con China, Rusia e India-, y Argentina perdió peso relativo, frente a México en Latinoamérica y frente a Colombia en Sudamérica. Incluso en el cono sur, natural zona de influencia de Buenos Aires, fue Chile el que se afianzó como principal referente comercial, económico e institucional de la mayor zona de expansión mundial como es Asia-Pacífico. Sus resultados de bienestar económico y social son superiores a los de Argentina; y comparativamente, eran impensados hace tan solo medio siglo atrás.

El paso de la ola progresista en la región dejó su espuma de espíritu fundacional de patria grande continental. Mercosur cedió mucho a esa lógica política, a la vez que vio cómo acuerdos regionales más flexibles y de objetivos económicos concretos y aperturistas, como Alianza del Pacífico, terminaban teniendo mucho más predicamento regional que una unión atlántica no solo comercialmente encerrada, sino también con enormes dificultades por profundizar sus vínculos internos, como quedó claro con la gravísima crisis por Botnia entre Argentina y Uruguay, con el golpe luego a Paraguay en 2012, y con la suspensión finalmente de una Venezuela ya por entonces notoriamente alejada de criterios democráticos.

El inicial Mercosur que pretendió hacer de Uruguay una puerta de entrada estable y eficiente a un amplio mercado regional hecho de integración y libre comercio terminó decepcionando. Infelizmente además, una parte de nuestra izquierda se dejó convencer por una propaganda cruza de protoperonismo e infantil metholismo. Se enamoró así de un discurso de patria grande que reniega de la Historia y que descree de nuestra singularidad nacional asentada en intereses propios y distintos de los de nuestros vecinos. Supone que “La vieja trenza” de Abreu es un folclórico peinado quechua; y cree, con su adolescente espíritu heredado de su universidad pública en ciencias sociales, que la fraternidad del bombo legüero de Mercedes Sosa es la que generosamente guía las políticas americanas de Buenos Aires y de Brasilia.

Este tiempo regional nuevo ocurre justo cuando debemos elegir un nuevo rumbo político. Elijamos bien.

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