Francisco Faig
Francisco Faig

Baila el mono

Para entender la agresividad con la que varios dirigentes del Frente Amplio han comenzado la campaña electoral no hay que prestar atención a disquisiciones politológicas.

Ellas no son más que distracción. En lo que sí hay que fijarse es en las condiciones materiales de la existencia, para ponerlo en blablá marxista; o, más prosaico, atender a aquello tan sabio de que por la plata baila el mono.

Así, lo primero a considerar es que son miles los frenteamplistas acomodados de una u otra forma en cargos y prebendas estatales: están los centenares con cargos políticos esparcidos por la amplia administración estatal, y están también los aún más numerosos prendidos de esos cargos —asesorías, contratos, etc.

Lo segundo y más importante aún, es tener muy claro que no hay empleo en la actividad privada que permita a tantos acomodados frenteamplistas percibir ingresos tan abultados como los que reciben en su función pública de origen clientelista. Esto es clave, porque casi nadie lo reconoce a pesar de que es una evidencia; y porque quienes sí lo saben, aunque jamás lo admitirán, son justamente los miles de izquierdistas involucrados. Por poner un ejemplo: lo que alguien cobre mensualmente por ocupar una jerarquía pública vinculada a los derechos humanos, jamás logrará percibirlo en ninguna institución privada, si es que llegase a quedar desocupado por causa de una natural alternancia de partidos en el poder.

La razón es sencilla: gente que a veces ni siquiera tiene buena formación universitaria que permita aspirar a lugares de relevancia empresarial, como ingeniería por ejemplo, ¿dónde podría recibir un salario superior a los $ 200.000 mensuales, como el de los diputados o senadores actualmente, o sueldos cercanos a esa cifra como son los de muchísimos jerarcas estatales? En ninguna parte.

La desesperación por perder el poder que explica los insultos repetidos contra dirigentes opositores no está entonces motivada por pasiones políticas genuinas que hagan a la defensa de un gobierno con sello de izquierda. Un país con torturas sistemáticas en las cárceles, con clases medias y populares semianalfabetas y sumidas al terror cotidiano por la creciente inseguridad, con extendida corrupción en las esferas más altas del poder, con emigración internacional constante de sus jóvenes más educados, y con una incapacidad de gestión tal que, por ejemplo, es razonable dudar de la calidad del agua que ingiere la mayoría de su población, no es un modelo formidable a ensalzar.

La agresividad es por el pavor a ser desenchufados del Estado. Se podrá decir, con razón, que nunca quedarán todos a la intemperie porque el feudo de Montevideo oficiará de seguro de paro de hecho (y si no, pregúntele a Brenta). Pero evidentemente, es un botín que no puede satisfacer al conjunto de los centenares de cincuentones izquierdistas que precisan de un empujoncito que dure cinco años más para lograr una buena jubilación, esa que los salve de la temida merma de ingresos luego de tantos lustros de clientelista bonanza. Si la alternancia pareciese inevitable, muchos de ellos guiñarán con simpatía sus ojos derechos a los que aparezcan como posibles triunfadores. Porque el tipo de música que suene es lo de menos: lo único que al mono le importa es bailar por plata.

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