Danilo Arbilla
Danilo Arbilla

Entre tango y mate

Me cuesta leer libros y ver películas y documentales sobre la historia del Uruguay de los últimos 50 a 60 años.

Con 57 años de periodista fui testigo privilegiado de la mayoría de los acontecimientos político-sociales del país. A veces de muy cerca, otras un poco más lejos: fui uno de los tres periodistas a quien el entonces Canciller Jorge Peirano Facio al ingresar a Casa de Gobierno confió que iban a negociar la liberación de Dan Mitrione. Al salir, casi echado por Pacheco Areco, nada de lo dicho existió. Los otros dos periodistas eran Gerardo Achard de El País y Héctor Menoni de UPI, amigo, colega y vecino, éste, de quien con el tiempo se supo que durante dos décadas con el seudónimo de “Rarach” (“duende de las imprentas” en checo) fue agente de los servicios de inteligencia checoslovacos.

Hay casos en que soy el único que queda vivo, como cuando el sainete que se vivió en casa de Gobierno la noche de octubre de 1972 en que Bordaberry a eso de las 9 dispuso la prisión de Jorge Batlle para arrepentirse a la hora y cuatro horas después tener que volver a hacerlo por presión de los militares. Pasada las dos de la madrugada lo anunció por cadena de TV señalando que Batlle, con quien habían sido compañeros de estudios, tendría todas las garantías. Al día siguiente Wilson ironizo: “menos mal que yo no fui ni compañero de escuela del presidente”.

Se efectivamente quién fue el informante del periodista Alberto Astesiano sobre la devaluación de abril del 68 -dólar de 200 a 250 pesos- conocida como “la infidencia”. No fueron ni Batlle, ni José Guntin ni el escribano Felisberto Carámbula (este solo segunda fuente de chequeo), como se ha dicho en crónicas y libros. Y así sigue y suma, todo lo que hace que me enfrente a muchas omisiones, falsedades y groseras tergiversaciones de los hechos. Algunas involuntarias, por falta de investigaciones serias y a fondo y otras no tanto: ya sea por decisión propia (diferentes especies de “rarachs” que pululan por ahí), o porque fueron usados.

No he visto, entonces, casi ninguna de las documentales o películas que se han hecho. Vi en estos días de verano, sin embargo, el documental “El Pepe una vida suprema” del serbio Emir Kusturica y la película “Los dos papas” del argentino Fernando Meirelles.

A lo largo de los años he tratado bastante a Mujica. En su casa, en el “Bar de vida”, en su despacho del Senado, en alguna parrillada.

Daba para sacarle mucho más jugo al “viejo”. Dos escupidas del “mate del bobo” lo mas llamativo, los relatos fantásticos del ”Ñato” Fernández Huidobro -el gran artífice de la mentira oficial de los Tupamaros, cada vez con más desmentidos de varios de sus excompañeros y también protagonistas de la lucha armada- y alguna “sesuda” reflexión de Rosenkof. Y mientras, con fondo de tango y olimareños, el Kusturica se fumaba un soberbio habano con el único costo de tenerse que tomar algún mate hasta hacerle sonar las tripas.

Creo que no da para calentarse tanto como le sucedió a algunos ante ciertas afirmaciones o “frases” del expresidente. Las ha dicho mucho peores y mucho mejores también. A los uruguayos no les aporta nada nuevo, ni a los que lo quieren ni a los que lo desquieren. Ni para entretenimiento sirve pues se hace lenta y aburrida. Y a los de afuera, y supongo que ahí está parte del negocio de Kusturica, uno nunca sabe: en el exterior a Mujica lo compran. Hay una especie de autenticidad que vende y más si se le compara con sus correligionarios y amigos como los millonarios Cristina Kirchner, Lula, Maduro, Ortega y Rafael Correa. Gran poder de comunicación, lenguaje sencillo y vivir como se piensa, al decir de Lucía Topolansky.

Y no es lo que dice para la tribuna -que a veces ni se sabe lo que está diciendo- sino la lectura que le da la gente. Esta pasando algo parecido con el General Guido Manini Ríos, que juega sus cartas, sin duda, pero dice poco. Mientras todos hablan de él y dan lugar a diferentes lecturas.

Volviendo al cine, si lo que se buscaba era una obra apologética, Kusturica les robó la plata.

No paso lo mismo con Meirelles respecto a Jorge Bergoglio (Papa Francisco I). Sí que se ganó la plata: no solo con sus argumentos para demostrar que dios es argentino sino para convencer al espectador que es Jorge Bergoglio en persona, el que además de ser un gran bailarín de tango, integró la selección argentina del 86 y poco menos hizo ala con su correligionario Maradona y es más de San Lorenzo que el propio Tinelli.

Una gran mentira de relanzamiento y de blanqueo del Papa kirchnerista que fue acusado de ser amigo de la dictadura según reconocidos peronistas. A su antecesor Ratzinger la película lo trata mal -hasta de nazi se le cataloga- y solo mejora cuando le “confiesa” a Bergoglio que va a renunciar (de locos) y le dice que tiene que ser su sucesor. A mucha gente le gustó y decididamente la película fue hecha para gustar y bastante bien hecha. De todas formas al momento de tomar partido vale tener en cuenta lo que Ratzinger le dijo en el 2016 a su compatriota y amigo el escritor Peter Seewald. Este publicó una larga entrevista al papa renunciante con el titulo -Benedicto XVI. Ultimas conversaciones con Peter Seewald.

Ratzinger le dice a Seewald que no tenía ninguna idea ni presentimiento de quien iba a ser su sucesor.

“No, en absoluto” afirma Benedicto. Y agrega más a lo largo de la charla: “Nadie esperaba que fuera él (Bergoglio)”. ”Yo lo conocía, por supuesto, pero no había pensado en él”. “Desde ese punto de vista fue para mi una gran sorpresa”. “Lo conocía de las visitas ad limina (visitas obligatoria de los obispos a Roma) y por la correspondencia”. “Esperaba que (el papa) fuera otra persona”. “No pensaba que él se encontrara entre los principales candidatos”. “Ya no se oía hablar de él”. “Cuando oí su nombre (como el elegido) al principio ”no me alegró mucho” reconoce Ratzinger a Seewald.

La pregunta final es: ¿quién le contó a Meirelles todas esas conversaciones con pizza compartida y hasta una confesión entre Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) y Bergoglio?

Difícil que haya sido el alemán, conocido por su parquedad, más bien el argentino que como es sabido es muy dicharachero.

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