Claudio Fantini
Claudio Fantini

El éxito de la violencia verbal

En el siglo XV, fueron jóvenes los que siguieron el fanatismo de Girolamo Savonarola.

Aquel monje dominico incitaba un feroz desprecio a los artistas que expresaban el espíritu renacentista en Florencia, quemando sus libros y cuadros en la “Hoguera de las Vanidades” que ardía en la Piazza della Signoria, y azuzando el apedreamiento de prostitutas y mujeres con vestidos “indecorosos”.

Desde los “pequeños guardias rojos” que ejecutaban las inquisiciones ideológicas de Mao, a los jóvenes hitleristas que conducía Ernst Röhm, la historia está plagada de ejemplos que muestran cómo los fanatismos religiosos e ideológicos, de izquierdas y derechas, resultan atractivos para muchos jóvenes. Abrazar convicciones absolutas no es patrimonio de la juventud, pero siempre ha sido el sector de la sociedad más propenso a la seducción de los cruzados.

En Argentina, el precandidato Javier Milei está moviendo multitudes de jóvenes con un discurso de alto voltaje. No hubo violencia en sus actos proselitistas ni los jóvenes que se aglomeran a escucharlo dan señales de ser violentos. Pero el discurso que los moviliza tiene como rasgo principal una alta carga de violencia.

Milei no llama a sus partidarios a realizar manifestaciones violentas, pero descarga tanto aborrecimiento sobre todo lo que no esté en su vereda ideológica, que irradia violencia.

El precandidato liberal de Juntos por el Cambio Ricardo López Murphy también propone achicar el Estado y economía de mercado, pero critica a los estatismos populistas y de izquierdas sin insultar ni demonizar a nadie. En cambio Milei siempre dispara a mansalva insultos y descalificaciones de grueso calibre.

Tiene buena parte de razón al señalar a la clase política como una casta. Pero más allá de la justificada irritación que causa el cinismo, la codicia, la decadencia y la ineptitud que caracteriza a la mayor parte de los políticos argentinos, la violencia y el desprecio que irradia en programas de televisión y en actos partidarios, es el rasgo principal de Milei y el imán que atrae a muchos jóvenes sumergidos en el hartazgo, la angustia y la decepción.

Es posible que Horacio Rodríguez Larreta recurra a jugadas políticas cuestionables, pero llamarlo “zurdo de mierda” y amenazarlo diciéndole “te voy a aplastar”, no señala ese probable lado oscuro del jefe de gobierno porteño, sino el lado oscuro del insultador serial que lo disparó en cámara: Javier Milei.

Cuando la democracia no revierte las caídas económicas y la descomposición social, ni da respuestas a las incertidumbres incubadas en los períodos oscuros, crece la gravitación del autoritarismo. La violencia retórica es una de las formas del autoritarismo.

En Argentina, el kirchnerismo construyó cultura autoritaria en los tres gobiernos que encabezaron Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. Todo discurso maniqueo es una herramienta para construir cultura autoritaria. En el maniqueísmo, el “otro” encarna el mal absoluto. Y frente al mal absoluto se justifican el desprecio, la violencia y la marginación.

El kirchnerismo estigmatizó a sus críticos y oponentes como la “anti-patria”, logrando niveles de adhesión juvenil abrumadoramente superiores a los de sus proclamados “enemigos”. Por cierto, no todos los jóvenes adhirieron a los dirigentes patagónicos por el maniqueísmo agresivo que irradió el aparato de propaganda kirchnerista. Tampoco es la violencia que irradia Milei la única causa del protagonismo que logró y que amplifica la voracidad mediática por difundir todo aquello que de rating por escandaloso, por agresivo o por grotesco.

Las incertidumbres que devoran al ser humano contemporáneo explican la irrupción de figuras anti-sistema en todos los rincones del planeta y en todo el arco ideológico y religioso. En Estados Unidos y en Brasil, entre otros países, el discurso que establece blancos de aborrecimiento llegó a la presidencia.

El discurso que establece blancos de aborrecimiento no tiene razón, sino eficacia. Sobre todo en los momentos en que la política es arrastrada por lo que Goethe llamó “impulsos oscuros de la historia”.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados