Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Con pasado patricio

Los animales se roban el protagonismo y está bien, dado que el lugar se creó a partir de 1946 -1949 como un proyecto conservacionista del arquitecto Mario Paysée que, renovado desde el año 2000 por medio de un Plan Maestro, se propone la "preservación de la Biodiversidad a nivel Nacional e Internacional".

Por otra parte, esas 150 especies de vertebrados y un sinnúmero de invertebrados viven en un hábitat preservado de 150 hectáreas, con zonas de monte, pradera y corrientes de agua que también atrapan las miradas y los sentidos. Pero ¿a qué debe su nombre y qué cuenta de nosotros el "Parque Lecocq"?

El Parque se desarrolla en tierras que pertenecieron a Francisco Lecocq, quien fuera hijo del ingeniero militar Bernardo Lecocq y nieto de Pedro Lecocq, el primero de los ingenieros y hombres de ciencia de una familia coruñesa, con antepasados flamencos. El primero de los Lecocq que se allegó al Río de la Plata fue Bernardo, quien en 1772 pasó a desempeñarse como Ingeniero Extraordinario en Buenos Aires y luego en la Banda Oriental, interviniendo en las obras de arquitectura militar que requería la frontera con Brasil y participando luego de las partidas demarcadoras de límites. Lecocq construyó el Fuerte de Santa Tecla, con su foso de dos metros y medio de profundidad. También reforzó las estructuras de los fuertes de Santa Teresa, de San Miguel y de las baterías de Colonia de Sacramento, llegando a ser Ingeniero en Jefe.

Dispuso de bienes cuantiosos, que incluían varios esclavos. En un gesto de agradecimiento singular, en su testamento determinó que, a su muerte, fuera liberada su esclava María Basilia Malabes y los tres hijos que tenía con su esposo "Martín Giles esclavo que fue de Don Juan José de Lezica": "dos hembras", Juana y Joaquina, y un varón llamado Juan. Antes de estampar la firma en el documento, fechado el 20 de agosto de 1799, aclaró que, correspondiéndole "este procreo por haverse fecundado bajo mi dominio", era su mi voluntad que ella y sus hijos queden libres de esclavitud cuando él muriera, sin que hijos o parientes pudiesen reclamarlos como propios. Era su forma de agradecerle los buenos servicios.

Una década más tarde, ese buen pasar se complicó. Bernardo Lecocq participó del Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810 y ya no separó su nombre de los avatares del movimiento juntista porteño. Su mujer quedó en Montevideo, intentado preservar los bienes familiares. En 1813, con la ciudad sitiada por las fuerzas revolucionarias de Rondeau y de Artigas, María del Pilar Pérez Valdez de Lecocq reclamó ante las autoridades montevideanas para que dejasen de aplicarle quitas a sus propiedades, pretextando los apuros económicos que generaba el sitio. Basaba su reclamo en su necesidad de mantener una numerosa y "honrada familia": un hijo que estudiaba en un colegio de Irlanda; otro que fue hecho prisionero de guerra por parte de los franceses (y al que debía enviarle dinero para su manutención en la cárcel); dos cuñadas y un hermano. A todos los debía alimentar, por lo que —se quejaba— "llegué al extremo de tener que sacrificar mi plata labrada, vendiendola à menor precio".

El ajado documento estaba redactado por un funcionario real que dejó entrever que Bernardo Lecocq era cómplice de "los insurgentes" y que había abandonado a su mujer en esas terribles circunstancias. En realidad el Brigadier Lecocq volvió a Montevideo en el año 1820, pero para morir poco después. Lo enterraron en la Iglesia Matriz, por haber colaborado en la construcción de la misma.

El hijo que estudiaba en Irlanda era Francisco Lecocq, un brillante estudiante que con el paso de los años se convirtió en político y empresario. Fue Defensor de Menores y Esclavos del Gobierno del Cerrito, designado por Manuel Oribe; una vez terminada la Guerra Grande fue Jefe Político y de Policía de Montevideo; fue Ministro de Hacienda durante el gobierno de Gabriel Pereira y apoyo político de Timoteo Aparicio en el transcurso de la Revolución de las Lanzas. Pero ninguna de esas actividades lo apartó de su capacidad de emprender. En su estancia sobre el río Santa Lucía, en donde se ubica el actual Parque Lecocq, hizo ensayos de vinicultura y arboricultura, introduciendo especies vegetales y animales de raza. Experimentó incluso con gusanos de seda, retomando los trabajos que hiciera al respecto el Padre Dámaso Antonio Larrañaga.

Sus experimentos más avanzados, junto con Nin Reyes y el francés Carlos Tellier, consistieron en la búsqueda de un procedimiento de conservación por frío que permitiera transportar mercadería a grandes distancias.

Hizo el primer experimento con el vapor inglés The City of Río de Janeiro, en el año 1868, obteniendo un rotundo fracaso. Pero en 1876 Tellier logró llevar carne en el barco no casualmente bautizado Frigorifique y ésta llegó fresca luego del largo cruce del océano. Habían triunfado. Uruguay accedería desde entonces al mercado europeo y éste exigiría terminar con la inestabilidad generada por los caudillos y sus seguidores.

Lecocq, que participaba de las transformaciones técnicas tanto como de las políticas, fue electo senador por San José en 1879, llegando a ser presidente de la Cámara de Senadores. Era masón y un miembro destacado de esa élite montevideana que podía jactarse de remontar sus orígenes familiares a la colonia.

La Casa Lecocq es un discreto testimonio de ese pasado, convertida hoy en cooperativa de viviendas, en la cual se ubica la Fundación Zitarrosa. Forma parte del patrimonio de Montevideo Antiguo, recostada a la Rambla 25 de Agosto, haciendo esquina con Juan C. Gómez y de cara a "Las Bóvedas". Era la casa solariega, mientras las tierras del actual Parque Lecocq, de ricos humedales y montes, era la estancia familiar extra muros.

Por ella se pasean los antílopes Addax nasomaculatus, los carpinchos, las viuditas grises y los capuchinos canela, pero también parte de la historia de una especie ya extinguida: el antiguo patriciado montevideano.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)