Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Algo más que los nombres

Ya entrada la noche sabremos los resultados de las internas 2019. Festejarán algunos, procesarán las derrotas otros, se especulará con las fórmulas para octubre y finalmente nos iremos a dormir, atiborrados de imágenes y emociones.

Siempre emociona una jornada de reafirmación democrática.

Pero también mediremos cómo -en tanto ciudadanos- nos hemos comportado respecto a las diversas formas en que los mensajes de los candidatos nos han llegado. Mediremos si tenemos ingenuidad comunicacional o somos exigentes, si nos rendimos a las propuestas ramplonas o elevamos la mira con sentido de realidad, si votamos con el cerebro, el bolsillo, las emociones y recuerdos, o con todo eso junto. Sabremos, en definitiva, cómo somos de cara a los medios de comunicación, en su rol vertebrador de la sociedad actual.

Todos conocemos cuánto influyeron en nuestras campañas políticas los elementos comunicacionales. El rol de los papeles, proclamas y gacetas fue decisivo a partir de 1810 en todo el Río de la Plata y las autoridades hispanas se referían a ellos (para significar su rol expansivo y peligroso) co-mo “fomes”.

Aparicio Saravia, a quien nadie en Montevideo había visto, en una época en que los diarios no tenían aún incorporada la fotografía, es inseparable como fenómeno político de las páginas que le dedicó Eduardo Acevedo en el periódico “El Nacional”. Suele pensárselo como el último caudillo ecuestre, pero fue también producto de las plumas que lo retrataron ante la sociedad capitalina. “El Día” a un vintén fue la gran herramienta política de José Batlle y Ordóñez; la radio “Ariel” y el diario “Acción” lo fueron de Luis Batlle Berres; la radio Spika, a pila, le permitió a “Chico Tazo” -el personaje de Benito Nardone- ser escuchado por la peonada, sin necesidad de apearse de las tareas, el tractor o el caballo. La eficacia de un eslogan, la emotividad de una canción, lo pegadizo de un jingle, son inseparables de las campañas en que candidatos y programas buscan a sus destinatarios, voto a voto.

Las teorías de cómo los medios (en su diversidad de soportes) son capaces de influir y/o determinar a las sociedades, han pasado por diversas etapas. A principios del siglo XX se los explicó mediante la teoría de la aguja hipodérmica o de la bala mágica, que concebía al lector-escucha-receptor como alguien pasivo, a quien se podía inocular e impactar abiertamente. Se basaban en la psicología conductista, en los estudios sobre la sociedad de masas y en el miedo a la homogeneidad total.

También abrevaban en la fuerte experiencia de la Primera Guerra Mundial, cuando los obreros se enrolaron voluntariamente en una sangrienta confrontación que contradecía sus anteriores reclamos de paz. Harold Lasswell lo dijo con claridad: la propaganda permite captar la voluntad de los ciudadanos sin necesidad de recurrir a coerción alguna, alcanza con una correcta manipulación.

Había por entonces una dosis de ingenuidad frente a los recursos mediáticos que explica por qué, en 1938, el actor Orson Wells llevó a la radio la novela de H. G. Wells, «La guerra de los mundos», produciendo una ola de pánico entre sus millones de oyentes, que creyeron que realmente el planeta estaba siendo invadido por alienígenas.

Avanzando el siglo, Karl Lazarsfeld señaló que el efecto no era tan claro y simple, porque el individuo no estaba aislado frente al medio, sino rodeado de su propia conformación psicológica, su entorno social y económico, su nivel cultural. El mensaje no entra en vena, sino que atraviesa capas varias de piel, que operan como escudo y filtro. Podrá inyectarse un mismo mensaje, pero la reacción no es uniforme, sino individual.

Lazarsfeld experimentó con la campaña electoral que llevó a la presidencia a Franklin Delano Roosevelt en 1940 y comprobó que las relaciones de cada uno con sus amigos, parientes y compañeros de trabajo, eran tanto o más determinantes que el mensaje recibido y su contenido. No había persuasión completa ni tampoco una audiencia que se comportara como una simple esponja, que todo lo absorbía acríticamente.

El que recibía el mensaje pasaba por un proceso en el que intervenían varios actores: las élites socioeconómicas, los organismos y funcionarios del sistema político gubernamental, los periódicos, las emisoras de radio y cine, las agencias de publicidad, las redes electrónicas y los líderes de opinión que actuaban en las distintas esferas en las que se movían los ciudadanos, desde el barrio a las aulas universitarias. Todos incidiendo en y sobre el electorado, que es el que en definitiva elige a quien gobierna. Finalmente, los teóricos entendían que la comunicación era una negociación.

Una comunicación de la que sabemos muchas cosas. Que oímos selectivamente los argumentos, coincidiendo más con quienes ya gozan de antemano de nuestra simpatía. Que hay mensajes que no llegan correctamente, porque se equivoca el lenguaje o la forma. Que no hay aguja hipodérmica que valga, cuando todos decodifican, traducen y escuchan críticamente.

Claro que también aprendimos cómo algunos impostan la apariencia y las promesas, permeando voluntades. Al menos por un tiempo, porque otra cosa que hemos aprendido es cuán rápido aprendemos, desde esas trincheras en que se convierten los sofás y las sillas de los espectadores y lectores.

¿Quién no ha sonreído ante la “antigüedad” de ciertas publicidades (antes llamadas propagandas) que subsisten en localidades del interior, a puro parlante y trillo de calles? Todos hemos librado nuestra propia “guerrilla semiológica”, al decir de Umberto Eco, haciendo una recepción no pasiva de esa colección de sonrisas y promesas que se hilan en una campaña electoral.

“¿No te parece que se tragó un angelito?” me preguntó una compañera de trabajo, a propósito de un exceso de ambos elementos en una de las candidaturas que hoy decidimos si votar o no.

Ojalá hayamos conversado lo suficiente con los argumentos, los colegas, los vecinos, los líderes de opinión, los partidos y la Historia. Ojalá no hayamos sido ingenuamente manipulables.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)