Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

La Nao de China

Entre el siglo XVI y el XIX existió una globalización muy similar a la actual

También entonces se contaba con rutas comerciales bidireccionales y mundiales; con intercambios culturales y de corrientes de población; con urbes globales, políglotas, de densos mercados; con la integración de los mercados financieros y con una divisa global: el real de a ocho. Una moneda de plata acuñada por la monarquía española en el siglo XV, que valía ocho reales y que circulaba en los territorios europeos, americanos y asiáticos. Fue la primera divisa de uso mundial, precursora de la libra, el dólar y el yen.

La vía de enlace de esos mundos distantes y distintos fue “El Galeón de Manila”, conocido también como “La Nao de China”, nombre genérico dado a la flota de naves españolas que hacía ese cruce del Pacífico una o dos veces al año, uniendo Manila (Filipinas) con los puertos de Nueva España (México). Chinas eran -mayoritariamente- las mercaderías que transportaban y también el armado de origen de algunas de las naves de la flota; aunque muchas de ellas eran armadas en los astilleros de Zihuatanejo, La Navidad y Acapulco.

Ese verdadero puente comercial y civilizatorio debió su existencia al marinero y fraile español Andrés de Urdaneta, quien -a lo que ya habían demostrado Magallanes y Elcano, que desde América se podía avanzar hasta Filipinas- agregó que desde allí se podía regresar hacia América, utilizando la corriente de Kuroshio. Era un “tornaviaje” de riesgo, pero si tenía éxito tendería un puente entre las necesidades y productos de Oriente y Occidente. A partir de 1565 fue posible por la ruta de Urdaneta, dando un giro al noreste hacia el mar de Japón, para girar luego al este y cruzar el océano Pacífico, hasta llegar a las costas del cabo Mendocino y, desde allí, bajar hasta Acapulco. Surcaban las crispadas aguas del mal llamado Pacífico, con su carga de delicadas sedas, con las indispensables especias (para una gastronomía que aún no conocía la conservación de alimentos por frío y los “quemaba” con nuez moscada, clavo, canela y pimienta), con diferentes maderas, con los refinados biombos, porcelanas, lacas, tafetanes, terciopelos, rasos, espadas japonesas, alfombras persas, jarrones de la dinastía Ming y marfiles, entre otros muchos productos milenarios.

Fueron un total de 110 barcos, que regresaban a Filipinas con las bodegas repletas de plata mexicana, del Perú y del Alto Perú (Bolivia), especialmente de Potosí. Lo hicieron durante 250 años y sin salir del imperio español, dado que tanto Filipinas (donde se embarcaban los productos chinos) como América, pertenecían a esa corona.

Una vez en la costa mexicana, los productos eran llevados por tierra hasta el puerto de Veracruz, donde eran reembarcados en la Flota de Indias, rumbo a Sevilla o Cádiz. Sabían que el viaje era más corto por el istmo de Panamá, pero la selva y las enfermedades como la malaria, los obligaban a un largo trayecto terrestre. Pese a eso, era una ruta preferible a la que se hacía desde la península española bordeando el Cabo de Buena Esperanza, ruta que -además- estaba monopolizada por los portugueses, tal y como establecía el Tratado de Tordesillas.

Navegar hacia el este era el mandato papal para Portugal, hacerlo hacia el oeste era la ruta indicada para la corona hispana. Eran los dos imperios que dominaban los mares, mientras que China era la más poderosa y productiva economía del mundo. Inglaterra, por entonces, incubaba lentamente un poderío que detonaría solo siglos más tarde. Aún no era su tiempo, aunque el mundo ya era global.

Esa rivalidad entre imperios y la fuerte presencia de piratería en los mares, hicieron que el secretismo rodeara la ruta que seguían las Naos, lo que le sumó misterio y magia a esos barcos enormes que llegaban a América con delicadezas perfumadas y a Oriente con el tintineante metal plateado. Era la ruta comercial más larga de la historia, hasta ese momento. Algunos la llaman “ruta de la seda”, otros prefieren hablar de “ruta de la plata”.

Los que compraban en Veracruz pagaban con la plata extraída de suelo mexicano, mientras que los españoles pagaban los productos del Galeón de Manila con la plata del Alto Perú, que bajaba desde Potosí a Buenos Aires, pasaba por Montevideo y seguía rumbo a Sevilla o Cádiz. El “tesoro” de Buenos Aires, que los ingleses confiscaron durante las invasiones de 1806 y que pasearon orgullosos por las calles de Londres, era -precisamente- el cargamento anual de plata de Potosí, que estaba allí, pronto para ser llevado a la Península.

Cuando se explica por qué llegó a su fin la Nao de China se suele relacionar con el período de las luchas independentistas en todo el continente y su consiguiente clima de inestabilidad. Sin embargo, varios autores señalan que el fin de esa ruta global de dos siglos y medio de duración se debió a un descenso en la tasa de retorno de la inversión y no a las luchas independentistas.

El cambio principal se dio en torno a la plata, pues a principios del siglo XIX se redujo la demanda por parte de Europa y su precio bajó sensiblemente. Es que el mundo estaba en medio de un cambio gravitante y los imperios ya no se medían por sus posesiones territoriales sino por diferencias tecnológicas. La hora de Inglaterra había llegado, hacia 1820 su revolución industrial avanzaba decididamente y se internalizaba su economía. Los ingleses, además de dueños de los mares, promovían la libre circulación de lo que vendían: telas, porcelanas, especias y sedas que rápidamente sustituyeron las mercaderías que traía la Nao de China.

Potosí, por su parte, había declinado su producción, mientras una nueva moneda se afianzaba en el cono sur: el cuero, que pasó a llenar las bodegas inglesas como pago por todo tipo de mercaderías, inclusive las tristes cargas humanas de esclavos africanos. Mientras el ciclo de la Nao de China se cerraba, la pradera oriental y la argentina asomaban a la economía mundial, de la mano de la ganadería.

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