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La sub 30 del arte en Uruguay

Son actores, músicos, cineastas, escritores, bailarines y pintores. Son la generación que se viene y tienen algo en común: muchas ganas de hacer.

Papina De Palma lanzó en 2017 su primer disco
Papina De Palma lanzó en 2017 su primer disco. Foto: Darwin Borrelli

Todos tienen menos de 30 años y algo en común: se dedican al arte porque no hay nada más que les guste y los llene. Se entregan, buscan la forma de "vivir", crean, estudian, se forman, y hacen, por sobre todas las cosas. Porque ese es el secreto de estos seis artistas que pisan cada vez más, y más fuerte (si es que se puede hablar de secretos en el arte): ir hacia adelante, confiar, aferrarse a sus ideas y hacer.

Ahora, seamos sinceros. Elegir al arte como forma de vida en Uruguay es, por lo menos, para personas valientes y arriesgadas. Y ellos lo saben. Lo sabían cuando a los 18 años eligieron este camino. Pero no importó. Y lo saben ahora, que están empezando a "ser grandes" y hacen "malabares" para vivir de su profesión, algo que, en el ámbito artístico, es casi una utopía. Pero no importa. No les importa.

Eligieron el teatro, el cine, las artes plásticas, la música, la literatura y la danza. Y lo volverían a elegir. Ellos son la "sub 30" del arte en Uruguay. Hay que prestarles atención. Hay que escucharlos, mirarlos, leerlos. Porque tienen talento, es cierto, pero sobre todo, tienen cosas que decir y ganas de mostrar lo que hacen.

Vivir de las canciones.

Deseó con tantas ganas grabar un disco con sus canciones que, cuando encontró la oportunidad, hizo todo para hacerlo de mejor manera posible. Y lo volvería a hacer así siempre. En 2017, Papina De Palma (26) presentó su primer disco, Instantes Decisivos, con la sala Zitarrosa agotada. La cantautora recuerda ese momento como uno de los más lindos que ha vivido con su música pero, si tiene que pensar en un instante de total felicidad, elige otro: "Me acuerdo salado de cuando fui a Buenos Aires a hacer la preproducción del disco; llegué y me fue a buscar Juanito el Cantor —el productor— y me acuerdo de estarme subiendo a su auto y que él me dijera: ¡Llegaste! Y yo pensé: Ay sí, re llegué. Lo pensé como algo simbólico".

Y no era para menos. Para lograr grabarlo, Papina vendió su guitarra (aunque, dice, no fue tan trágico porque no tenía una "relación de amor"), su bicicleta, hizo una campaña para juntar dinero y también le pidió prestado a sus amigos; se fue a vivir un año sola a Buenos Aires, donde se dedicó a tocar en distintos lugares y a cuidar bebés ("no es muy rockero"), mientras trabajaba junto a su productor en la concreción de su disco, que era, en definitiva, la concreción de un sueño.

Empezó a escribir canciones cuando era una adolescente y vivía en Bogotá. Por entonces no sabía tocar la guitarra pero, dice, todas tenían melodía, que ella cantaba a capella. Regresó a Uruguay para estudiar ingeniería audiovisual, con la idea de aprender sobre sonido y poder grabarse sus propios temas. Hasta entonces, la música no era una opción real de futuro. Comenzó la carrera, hizo cuatro años "desprolijamente" y, cuando volvió de la preproducción de su disco en Buenos Aires, decidió que no tenía sentido seguir estudiando ingeniería. "Yo no quería hacer eso en realidad. A veces me pasa que soy muy indecisa, pero de repente tengo una certeza zarpada de algo de la que no puedo huir". Y eso sucedió con la música, que era (es) su única certeza: "No elegí nada en realidad, fue como algo que me pasaba y con lo que no podía hacer nada. Parece romántico pero es horrible que no te guste nada más. Es así. No me gusta nada más que la música".

Para estar en el mundo.

Hoski coordina una taller con poetas de entre 15 y 20 años
Hoski coordina una taller con poetas de entre 15 y 20 años. Foto: D. Borrelli.

No es sencillo, para un escritor, explicar por qué escribe. "Supongo que en parte es para conjurar la propia existencia, como por esa idea de Onetti de salvarse a través de la escritura. Es una forma de estar en este mundo y manejar la angustia". Así define Hoski (29) a su arte, que lo viene cultivando desde niño.

Empezó a escribir canciones en la escuela. Pero fue a los 12 o 13 años que, por una necesidad de canalizar su rebeldía y su "estar peleado" con el mundo, cuando decidió expresarse en poemas. Un día en 2002 se guardó la plata que tenía para la merienda del liceo e imprimió un par de copias de un poemario propio para vendérselo a sus profesores. "Ya hace años que vengo trabajando en la autogestión", se ríe. Cuando salió del liceo comenzó a estudiar Literatura en el IPA y se enfrentó con una realidad que le preocupa hoy desde el lugar de docente: "La distancia que se genera entre la producción literaria y la formación en arte, en este caso en literatura".

Poco después, entre 2008 y 2010, ganó un concurso de la Casa de los Escritores y una amiga lo ayudó a financiar su primer libro, Poemas de Amor (2010). Hasta ahora tiene editado Hacia Ítaca (2011), Poemas de la Pija (2016) y Ningún lugar (2017). A partir de entonces, empezó a hacer un espectáculo de música con poesía y formó una banda de punk. Fue en ese momento cuando todo empezó a suceder y Hoski pasó de ser alguien que guarda en su casa lo que escribe a ser un escritor que empieza a tener un espacio en el ambiente literario.

—¿Te costó tener ese espacio?

—Sí, claro. Yo hace años que trabajo gratis en muchas cosas —entre ellas, coordina la antología de poetas ultrajóvenes En el camino de los perros—, no solamente escribiendo, que recibís una regalía por lo que vendés pero que es muy poco, sino también en todos los proyectos que tienen que ver con cultura en los que participo de manera honoraria. Y eso también hace a la carrera del escritor y hace al espacio que te podés hacer dentro de un sistema literario. Pero el ambiente de la poesía en Uruguay es muy fraterno y generoso; lo más jodido en literatura es el ambiente académico, ahí el ninguneo por ser joven está siempre.

Aunque le guste la docencia, dice que su sueño es poder vivir de la creación. Pero, de algo es consciente Hoski: para lograrlo hay que hacer. "Existe ese prejuicio de que hay que sufrir antes de ser reconocido como escritor, déjense de joder. Hay que escribir y mostrar, esa es la forma de aprender. Hay que escribir para aprender".

Encontrar la forma.

Elián está involucrada en el arte desde niña
Elián está involucrada en el arte desde niña. Foto: Ariel Colmegna.

Elián Stolarsky (27) cree que una cosa fue llevando a la otra hasta que un día se dio cuenta de que ya no había marcha atrás: sería artista plástica. Con dos padres arquitectos, las visitas a los museos y la tendencia al arte estuvo con ella desde niña. "Y de chiquita siempre me gustó dibujar, me gustaba inventar historias, hacía títeres", cuenta Elián desde la casa de sus padres, que también funciona como depósito de sus obras.

A los 15 años decidió que quería dibujar más "en serio" y fue al taller de Tunda y Ombú. Desde entonces se pasó veranos enteros creando, hasta que, cuando terminó la secundaria y tuvo que elegir una carrera, no lo dudó: se inscribió en la Escuela Nacional de Bellas Artes, a la vez que empezó a estudiar Animación en Animation Campus. Un año después se dio cuenta de que capaz era tiempo de mostrar todo lo que tenía guardado en su casa, porque, aunque la creación siempre es algo privado, encuentra su sentido último en la relación con el público. Así que a los 19 hizo su primera exposición y después hizo otra y otra, y se empezó a presentar a concursos y más concursos, hasta que las puertas empezaron a abrirse.

Hoy Elián es una de las artistas plásticas de mayor proyección en Uruguay y además su obra se vende en el exterior (especialmente en Brasil y en Francia). Ahora prepara una exposición que se inaugura el 26 de abril en el Museo Nacional de Artes Visuales. Sin embargo, dice que todavía está buscando la forma para poder vivir de su trabajo. Hasta ahora lo ha logrado con becas y premios, vendiendo su obra, con trabajos freelance de ilustración y escenografía para teatro. "Como artista el cómo vivir es un cuestionamiento constante. En realidad vivís un hoy, en el mal sentido del hoy. Por suerte tengo el apoyo de mis padres y al menos tengo un lugar donde dormir y puedo destinar la plata a viajar para formarme, pero es muy difícil", cuenta. "Yo creo que la cultura en este país no se entiende como educación y la cultura es una forma de educación. No está muy contemplado socialmente el rol del artista y se le quita toda la parte de disciplina, de horas de dedicación, de formación".

Ha hecho varios talleres en Uruguay pero además estudió en España y en Bélgica y planea seguir viajando para seguir creciendo. "En las residencias estás todo el día enfocada en tu trabajo y te pagan por eso, tenés un lugar donde dormir, es increíble. Ahora en octubre y noviembre me voy a estudiar litografía a La Coruña, en España". Y así vive Elián, entre beca y beca, mientras su obra es cada vez más trascendente, mientras busca la fórmula para poder vivir de su arte.

Por la pantalla grande.

Joaquín Mauad está trabajando en dos películas en simultáneo
Joaquín Mauad está trabajando en dos películas en simultáneo. Foto: D. Borrelli

Empezó a lo grande: su primera película fue protagonizada por Gastón Pauls y César Troncoso. Joaquín Mauad tenía 25 años y El sereno fue estrenada en el Festival Internacional de Cine de Punta del Este, en 2017.

Joaquín cuenta que la idea de la película le surgió a partir de una locación: un depósito de remates que estaba por demolerse. Como él estaba estudiando en la escuela de actuación para cine La Escena (de la cual ahora forma parte) le propuso a Oscar Estévez, guionista al frente de la institución, para hacer algo juntos. Después, terminaron dirigiendo a dúo el que sería el primer largometraje de Joaquín. "Yo había hechos algunos cortos cuando estudiaba en la ECU (Escuela de Cine del Uruguay) pero esto era otro cosa. Después de filmar entendí realmente lo que era hacer una película. Y empecé a meterme de a poco en el mercado del cine de verdad".

Luego Joaquín decidió abrir su propia productora cinematográfica junto a su socia, Alina Kaplán. "Acá nadie te llama para que hagas una película, tenés que escribir tu proyecto y sacarla vos adelante. Así que decidí que yo quiero ser productor también de mis películas porque te da como otra visión de lo que estás haciendo", cuenta. Ahora, se encuentra trabajando en dos proyectos propios. Por un lado, hace dos años que está escribiendo el guion de Los lirios, que surge de un cuento de Mario Delgado Aparaín. "Calculo que la voy a filmar en dos años más".

Por eso, porque la ansiedad es grande y las ganas de hacer películas le ganan, también está escribiendo otro proyecto, junto a un amigo que es guionista, que planea rodar este año. "Años luz es un proyecto entre amigos, hecho con poca plata y en poco tiempo. Pero yo me inspiro un poco en películas que están hechas con dos mangos, porque así también se puede hacer muy buen cine. O no. Capaz que la película me sale mal; pero yo igual la voy a filmar, porque también es un tema de aprendizaje, de experiencia. Yo estoy arrancando y me parece que la mejor forma de aprender es filmando, haciendo ".

Joaquín sabe que es difícil vivir de hacer películas. "Yo respondí a mi vocación. Nadie hace cine pensando en tener una vida económicamente tranquila y cómoda, pero yo quiero hacer cine, es lo que me hace bien. Uno se termina acostumbrando a que si querés hacer esto tenés que estar haciendo otras cosas por separado".

Cuando el teatro es la única opción

Sebastián Calderón se considera una persona de teatro
Sebastián Calderón se considera una persona de teatro. Foto: Marcelo Bonjour

Sebastián Calderón (25) es, ante todo, una persona de teatro: es actor, por su formación en la EMAD, pero también ha escrito seis obras y dirigido otras tantas. Ahora, se reparte el tiempo entre los ensayos finales de un espectáculo, en terminar de escribir un texto y ensayando como actor otro.

"Además en este momento puedo vivir del teatro, en distintas instancias: doy talleres en la cárcel de mujeres, doy clases a unos niños en una escuela y un taller de dramaturgia. Digamos que hago uso de los conocimientos de los distintos campos que tengo para empezar a poder sustentarme de esto", comenta. Sebastián dice que lo único que le gusta hacer es ensayar, compartir el espacio del ensayo, que por eso, empezó a dejar cosas para hacer teatro, que por eso, no tuvo que elegir entre otros caminos posibles: era el teatro y no había marcha atrás.

"Y además tenía la figura de mi primo, de Gabriel, que él era como una especie de excepción porque le iba bien haciendo teatro, y viajaba por el mundo. Y me entusiasmaba la vida que llevaba él, que leía un montón de libros, que llegaba tarde, los vínculos que él tenía". Aunque conocía desde adentro lo que implicaba dedicarse al arte, él lo eligió y lo elige. "Los creadores de teatro, para mí, creamos en condiciones muy precarias, todos mis compañeros de generación tenemos que hacer muchas vueltas para lograr la obra que queremos".

Sebastián cree que su generación de es un poco hija de Roberto Suárez y de su Bienvenido a casa. "Yo vi esa obra y fue impactante. Pensaba que el teatro era otra cosa y quedé muy shockeado y eso fue una sensación general. Es una obra de muchas impresiones y toda esa sensación que a mí me transmitió en el cuerpo como espectador, es la que me gustaría que mis espectadores tengan en mis obras. Eso como un ideal", dice. Cree también, que hay muchos jóvenes haciendo teatro y que hay una predilección por el texto de autoría propia y por respetar los tiempos que cada proceso tiene. "No hay que apurar las cosas tanto como hacíamos antes porque nos surgía la oportunidad de estrenar en una sala. Ahora podemos estrenar todos en cualquier lado".

Vivir para bailar y llegar con la danza a los demás

Fabián Sosa baila Pulgarcito en La bella durmiente
Fabián Sosa baila Pulgarcito en La bella durmiente. Foto: Francisco Flores.

Fabián Sosa tiene 21 años y un sueño: vivir bailando y viajar por el mundo con su danza. "Quiero poder llegar a los ojos de las personas con mi arte, que es algo que me encanta. Quiero transmitir mi danza a los demás, que les llegue", dice.

Nació en Montevideo y es egresado de la Escuela Nacional de Danza, a la que entró a los 15 años.

Cuando estaba en el tercer año de la escuela, se presentó a una audición internacional del Ballet Nacional del Sodre (BNS) y fue seleccionado. "Trabajar en la compañía y terminar la escuela a la vez fue un poco agobiante", cuenta. Dos años después, un día, al llegar al Auditorio, vio que estaba la cartelera con el reparto para Don Quijote. "En la variación espada decía Fabián Sosa y mi cara fue como... no sé, quedé en shock. Ese fue mi primer rol de solista", recuerda. Actualmente Fabián está bailando el rol de Pulgarcito, que es "el alma de la fiesta en este ballet y muy carismático ", en La bella durmiente, primera producción del año del BNS y la primera bajo la dirección de Igor Yebra; este también es un rol de solista. Y, teniendo en cuenta el nivel en el que está la compañía uruguaya, llegar a ser elegido para un rol de solista no resulta sencillo.

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