HALLAZGO EN PUNTA DEL ESTE

La intimidad del Graf Spee a través de fotos inéditas del acorazado

Las imágenes fueron tomadas por el marino Hans Eubel, quien murió en Uruguay a los 101 años, y abren una ventana hacia la vida cotidiana a bordo del célebre buque alemán.

Graf Spee boxeo
Boxeo en la cubierta del Graf Spee.

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Era jueves 31 de agosto de 1939 cuando el Graf Spee se encontraba un poco al norte del Ecuador. Llevaba diez días de viaje desde que había partido del puerto de Wilhemshaven, en Alemania. Y a esa altura, los tripulantes solo pensaban en encontrarse con el buque-tanque Altmark, lo cual ocurriría al día siguiente, para hacerse del diesel que consumían los modernos motores del acorazado. ¡Toda la tripulación a popa! Fue la orden que recibieron los marinos. El comandante les leyó un mensaje que acababa de llegar por radio: las tropas germanas cruzarían, a las 4:45 hora de Alemania, la frontera hacia Polonia. Nadie sabía qué decisión tomarían Inglaterra y Francia tras la invasión (dicen que ni el propio Hitler lo sabía), pero lo intuían. Con una copa de vino y música de acordeones, sentados en la cubierta bajo un cielo tropical salpicado de estrellas, aquellos jóvenes recibieron la noticia del comienzo de la guerra. A miles de kilómetros de su patria y de sus familias. Muy lejos de conocer las atrocidades que cometería después el nazismo, bajo cuya bandera tendrían que pelear.

Pero además, aquel anuncio fue el fin del romance entre el hombre y la máquina. El ocaso de aquellos días en los que el Graf Spee, que había sido botado a comienzos de 1936, surcó los mares recalando en varias ciudades sin disparar ni un solo tiro. Había llegado la hora de enviar a los mercantes ingleses al fondo del océano. Y comenzaba el sinuoso camino hacia la tumba de Montevideo.

Mucho se ha escrito de la mal llamada Batalla del Río de la Plata (que en realidad ocurrió en el Atlántico), aunque no tanto se conoce de la intimidad de los tripulantes del blindado alemán, algunos de los cuales terminaron viviendo y formando familias en Uruguay y Argentina. El Graf Spee fue el ingenio naval más poderoso de su tiempo, pero también el hogar de más de 1.000 almas que entre sus paredes vivieron historias sobre las que, gracias a un hallazgo fortuito, se abre hoy una pequeña ventana por la cual se puede echar un vistazo.

El jueves 14 de setiembre de 2017 murió en Punta del Este el marino alemán Hans Eubel, último sobreviviente del acorazado “de bolsillo”. Llegó a vivir 101 años y estaba radicado en Uruguay desde 1981, cuando llegó junto a su esposa argentina de padres alemanes. Con apenas 22 años, Eubel fue torpedero y el encargado de lanzar el avión de reconocimiento que transportaba el Graf Spee. Pero además, era un hábil dibujante. Y un amante de la fotografía, con una sensibilidad tal como para capturar imágenes de delfines o gaviotas a un lado del buque de guerra.

Tripulantes del Graf Spee en traje de baño
Tripulantes del Graf Spee en traje de baño

Más de 80 años después de que tomara una serie de fotografías de sus viajes a bordo del Graf Spee, estas terminaron en manos del empresario Alfredo Etchegaray, último propietario de los derechos de extracción del buque, del que se han recuperado piezas como su telémetro y la famosa águila o mascarón de popa. Luego de un largo proceso de digitalización de negativos y análisis (son 245 imágenes), la existencia del material se da a conocer hoy por primera vez en Revista Domingo.

“La historia es fundamental porque es parte de nuestras raíces y de nuestra cultura. Pero en este caso, a través de la exhibición y el análisis, nos permite la reflexión, lo cual nos ayuda a crecer y a vivir con uno mismo y con el prójimo”, dice Etchegaray. Y agrega: “Estas imágenes son un aporte invaluable a la memoria, en tiempos en que muchas familias se deshacen de sus recuerdos sin darles su debido valor”.

Graf Zeppelin
Encuentro en el Atlántico: el dirigible LZ127 Graf Zeppelin pasa por encima del acorazado.

Escasez y ratas a bordo

Cada encuentro con el buque aprovisionador Altmark era motivo de alegría para la tripulación del Graf Spee, que por unos días podía disfrutar de algunos lujos gastronómicos y salir de la rutina en la que el arroz había sustituido hacía ya mucho tiempo a las papas. Según relata el suboficial artillero Herbert Klemm en su diario personal, “la escasez de productos que podían adquirirse en la cantina era cada vez mayor; no faltaban botones para los pantalones ni cigarrillos, pero el champú y el jabón, así como artículos para afeitarse o la pasta de dientes habían prácticamente desaparecido. La cerveza estaba racionada a 200 litros diarios. En la peluquería la situación era aún peor, los peines eran restos desdentados. El estado de las máquinas de cortar el pelo era tal que no cortaban sino que arrancaban, el corte de pelo militar había dejado de ser posible. Pero la peor de las situaciones era el racionamiento de papel higiénico: solamente 1/3 de rollo por hombre por mes”.

Según explicó a Revista Domingo el investigador y escritor Daniel Acosta y Lara, el capitán de navío Walter Kay, primer oficial del buque, era el encargado de la disciplina a bordo. Considerado de carácter muy duro, no era especialmente apreciado por la mayoría de la tripulación.

“Dentro de las actividades que desarrollaban los tripulantes cuando el barco se encontraba en puerto estaba la caza de roedores”, comenta el autor (junto a Federico Leicht) del libro Graf Spee: 1939-2014 de Wilhelmshaven al Río de la Plata.

Desde la época de la navegación a vela y los cascos de madera, las ratas han sido una de las plagas endémicas a bordo de cualquier buque. “El capitán Kay pagaba la captura de cada ejemplar con dinero de la cantina de a bordo. Los tripulantes eran convocados frente a la puerta de la oficina de Kay para presentar las colas de los roedores capturados. El primer oficial las contaba, pagaba la suma correspondiente y se deshacía de ellas tirándolas por el ojo de buey (ventana). Varios tripulantes notaron que esta rutina se repetía cada vez. Y para la siguiente oportunidad, dispusieron uno de los botes debajo del ojo de buey, logrando recoger la mayoría de los rabos que el oficial descartaba, presentándolos nuevamente en la siguiente cita”, agrega el historiador.

Graf marinos
Un momento de distención: los marinos descansan en cubierta.

Notas (musicales) de paz

En el verano de 1936, tras el inicio de la guerra civil en España, el Graf Spee fue desplegado en aguas españolas para participar en las patrullas de no intervención frente a las costas controladas por el bando republicano. El 20 de mayo del año siguiente se encontraba en Spithead, al sur del Reino Unido, para representar a Alemania en los actos de coronación del rey Jorge VI, y luego regresó a España para una nueva patrulla, a la que siguieron viajes a Suecia y a otros destinos muy lejanos al Río de la Plata. A esos derroteros corresponden la mayoría de las fotografías tomadas por el último de los sobrevivientes del Graf Spee, en las que se ve, por ejemplo, la banda estable que tenía el acorazado.

“Se trataba de una orquesta de viento compuesta por 25 músicos y otros tantos instrumentos. Ejecutaban canciones durante la visita de personalidades diplomáticas, civiles y militares, cuando se organizaban bailes a bordo”, dice Acosta y Lara.

Debido a la necesidad de utilizar los espacios disponibles para el almacenamiento de víveres, el lugar donde se disponía la biblioteca del Spee fue convertido en depósito de harina, por lo que una de las únicas distracciones a bordo eran los conciertos que brindaba la orquesta.

Durante la Batalla del Río de la Plata, los músicos se transformaron en combatientes. Algunos de ellos, que se encontraban en posiciones expuestas, sufrieron heridas e incluso perdieron la vida.

Los instrumentos de la orquesta, algunos dañados durante la contienda, se encontraban a bordo del Graf Spee cuando este fue volado frente a la zona de Punta Yeguas. Al llegar a Buenos Aires, los músicos pudieron adquirir instrumentos de ocasión y organizarse nuevamente.

Orquesta Graf Spee
La orquesta del Graf Spee

La vida en altamar

Los tripulantes del Graf Spee vivían aislados del mundo. Solamente algunos sabían lo que ocurría más allá de la borda del buque: los que llevaban la insignia del rayo en su manga izquierda, los radiotelegrafistas. Conscientes de su privilegio, estos solían “vender” la información con la que contaban.

“Cerveza, cigarrillos y las delicatesen de la cantina servían para conocer cómo había salido el último partido del Schalke 04 o cuál era la situación política del momento. Si bien el buque contaba con un sistema de altoparlantes, no solía comunicarse información de manera regular. Este rol era cumplido por el diario de a bordo, una hoja mimeografiada que difundía las noticias del momento”, recuerda Acosta y Lara.

Desde agua para beber, té, café o un plato de comida caliente, todo debía estar disponible para garantizar la salud, el rendimiento y la moral de los 1.188 hombres que viajaban a bordo del acorazado. Para ello era necesario disponer de una cocina y una panadería que pudiera satisfacer tantas necesidades. “Desde el personal administrativo a los ayudantes de cocina, unas 20 personas con la formación necesaria operaban estas secciones del buque. En la marina alemana a la cocina se la denominaba Kombüse y en el Spee estaba ubicada en la mitad del barco. Ocupaba un espacio bastante acotado teniendo en cuenta la importancia de la función que desempeñaba”, explica Acosta y Lara.

Ahí había grandes ollas calentadas a vapor que permitían preparar guisos, y un amplio menú de papas, salsas, carnes y legumbres. Se podía estofar y asar carnes. Y también preparar postres como cremas y pudines. Y algo interesante: se ofrecía el mismo menú para toda la tripulación, incluidos los oficiales y los prisioneros de los buques enemigos que eran hundidos. Porque esa fue una de las características que tuvo la andadura del Graf Spee -y que defendió hasta el final su último capitán, Hans Langsdorff-: todos eran iguales mientras estuvieran a bordo.

Marinos Graf Spee
Los tripulantes del Graf Spee tomando sol, bañándose y divirtiéndose en cubierta.

Hans Eubel: torpedero y fotógrafo

Hans Eubel fue torpedero y encargado de lanzar el avión de reconocimiento que transportaba el Graf Spee (el cual estaba averiado cuando llegó al Río de la Plata). Entre los 250 negativos que se descubrieron de su archivo personal, había algunas imágenes en las que aparece él. Eubel nació en Düsseldorf, Alemania, en 1916. Vivió y trabajó como ingeniero en Argentina tras la guerra. Y murió en Punta del Este en 2017, con 101 años.

Hans Eubel
Hans Eubel junto a su padre.

La situación legal del águila

El empresario Alfredo Etchegaray estima que entre diciembre y enero habrá novedades judiciales respecto al águila del Graf Spee. El último propietario de los derechos de extracción del buque asegura que hay “muchos interesados” en comprarla. “Soy optimista en lo referente a que el Tribunal de Apelaciones confirme el fallo judicial de primera instancia y en llegar a un acuerdo con el gobierno. De esa manera, se cumpliría el contrato y se podría hacer un llamado internacional a interesados o subasta pública, asegurando el destino académico de la pieza”, sostuvo.

“También hay europeos y norteamericanos que hablan de transformar un signo maligno en algo positivo. Y de hacer un tributo a La Rosa Blanca, un grupo de estudiantes que existió y que se opuso solamente con panfletos, sin armas, a la locura de Hitler. Todos esos jóvenes fueron asesinados”, anota el empresario.

Desde prácticamente el momento en el que el águila fue recuperada, en 2006, los permisarios privados estuvieron enfrentados al Estado por la comercialización de la pieza. Trece años más tarde, en 2019, recibieron una buena noticia con un fallo judicial que condenó al Ministerio de Defensa a disponer y realizar la venta. El águila se encuentra en el Cerro, en un depósito de los Fusileros Navales (Fusna).

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