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Activistas por el ambiente: uruguayos que viven y promueven una vida ecológica

En las redes o en las calles, cada uno desde un lugar distinto, estos activistas buscan concientizar en la lucha por el ambiente.

Belén Suárez Rocha, de Ecobelu.uy. Foto: Guillermo Pagano / Cortesía Ecobelu
Belén Suárez Rocha, de Ecobelu.uy. Foto: Guillermo Pagano / Cortesía Ecobelu

 Lo que quieren ellas y ellos es no perder la esperanza. Quieren, dicen, creer que un mundo digno, limpio, sano es posible. Son conscientes de que muy probablemente el daño que ya se ha hecho en el ambiente no pueda revertirse, pero están convencidos de que la imprudencia contaminante puede frenarse, por eso no se dan por vencidos. Juntarse, conocer a otras y otros, hablar, manifestarse, difundir, presionar, de algún modo les da otra fuerza, otro impulso para no caer, para no rendirse. Además, desde la ausencia de educación ambiental que observan, quieren aportar. Son héroes uruguayos anónimos —y no tan anónimos— que dejan gran parte de sus días en promover la sustentabilidad y sostenibilidad: en las redes, en las calles, en sus emprendimientos.

Instagram como arma

Belén Suárez Rocha no era una persona completamente ignorante de los problemas ambientales previo a crear Ecobelu.uy. Pero fue un viaje a Miami, una ciudad que percibió limpia pero cargada de consumismo -—después supo que se aplican multas por la mala gestión de los residuos-—, y su regreso a una Montevideo sucia y descuidada lo que la hizo reflexionar más a fondo, empezar a cuestionarse sus propios hábitos y a pensar qué podía hacer para mejorar. “Pensé, bueno, tengo a la mano una herramienta gratuita que es Instagram, veamos si solo me molesta esto a mí o de dónde viene. Y empecé muy desde mi lado más curioso a preguntarle a las personas qué consideraban que estaba pasando y se empezó a dar como un intercambio que no paró más”, dice a Revista Domingo.

En poco más de un año de haber empezado con esta movida, su Instagram tiene más de 7.000 seguidores a quienes llama “responsientes”. Allí se presenta como una “activista ambiental” que comparte “reflexiones para un consumo responsable y consciente con amor” (ver recuadro). Hace poco adoptó una gallina que apareció en su barrio y está mostrando el proceso del animal en adaptarse del encierro a una vida libre.

Consejos para empezar

Dice Belén Suárez Rocha (Ecobelu) que lo que más sencillo le resultó a la hora de empezar una vida “ecofriendly” fue reducir, separar residuos y compostar. Su mayor desafío viene siendo reducir el consumo de ropa, pero lo intenta. “Es un proceso y hay que entenderlo como tal,”, comparte. Para quienes quieren incluir cambios, recomienda empezar por cosas sencillas como poner una bolsa de tela en la mochila para los mandados, cambiar a un cepillo de bambú, la botella PET por una de vidrio o acero, la maquinita de afeitar de plástico por una “eterna”, cambiar los productos cosméticos por versiones naturales y, sobre todo, conversar con quienes los producen para entender cómo lo desarrollan, los ingredientes, la elaboración, los beneficios, las contraindicaciones.

Su propia influencia, se dio cuenta, venía desde su casa. Belén es de Paysandú (hoy en día reside ahí) y sus padres, a su manera, han sido ejemplos de vida “responsiente”. “Mi papá es un tipo normal, pero va por el barrio y junta todos los residuos de la cuadra. Tiene el patio como muy prolijito, como que necesita la sensación de limpio. Después mi mamá, que nació en el campo, tiene, sin querer, hábitos muy sostenibles, sobre todo de la reutilización. La vas a ver lavando bolsitas para volver a usar. Y también el minimalismo, no comprar nada que no necesites porque capaz que si abrís el ropero ya lo tenés. Contaminar tiene que ver un poco con el consumismo acelerado, ¿no?”

Lo que deja una colilla

Todo empezó el 5 de junio de 2019. Joaquín Bentancor tenía 17 años y curiosidad. Era el Día del Medio Ambiente y un grupo de manifestantes se había reunido en la explanada de la Intendencia de Montevideo por reclamos contra decisiones que afectaban al medio ambiente. Él pasó por ahí, se detuvo y observó. Lo que vio fue que muchas de esas personas que estaban reclamando por políticas ambientales, fumaban y tiraban las colillas al suelo. Fue hasta la farmacia, se compró un guante, sacó una botella de litro y medio de su mochila y empezó a juntar colilla por colilla. En 45 minutos el recipiente estaba lleno.

“En ese ratito me pasó de todo. Una mezcla de sensaciones. Personas que me ofrecían cigarros pensando que estaba buscando colillas para fumarlas, otros entendieron lo que estaba haciendo y me felicitaban, me daban sus colillas. Pensé que no me quería quedar solo con eso y pedí la palabra en el micrófono”, cuenta Joaquín, que ahora tiene 19 años.

No más colillas junto voluntarios en jornadas de recolección. Foto: cortesía. No más colillas
No más colillas junto voluntarios en jornadas de recolección. Foto: cortesía. No más colillas

Frente a 500 personas, así, espontáneamente, mientras le temblaban las piernas, compartió un discurso que, básicamente, decía así: “Gente, vamos arriba, están promoviendo una cosa y haciendo otra, es momento de empezar a alinear nuestros discursos con nuestras acciones”. La respuesta fue buena.

Poco después, primero con amigos del liceo y después con otras personas que se quisieron comprometer con la causa, Joaquín creó No más colillas —hoy englobado en NMC, un proyecto mayor que tiende a futuro a trabajar con otros temas vinculados al ambiente—. En este momento está con la campaña ONE, que lanzó junto a Teko.uy —recicladora de colillas en Uruguay—, y tienen el desafío de recolectar un millón de colillas antes de que termine el 2021 para reciclarlas en pintura y crear un mural. Crean colilleros de bolsillo con tapas de bidones, otros más grandes que distribuyen en empresas o en la vía pública, tienen puntos de acopio y se reúnen voluntarios en espacios populares para hacer jornadas de recolección y generar conciencia sobre la contaminación de este residuo en el agua y el aire que respiramos.

Para reusar

Claves para hacer un ecoladrillo

Florencia está al frente de la página de Instagram @eso.ladrillos.uy. tiene 28 años y dice que empezó a pensar en los problemas ambientales cuando estaba en Facultad, cursando la Licenciatura en Relaciones Internaciones. Empezó a investigar y se encontró con esa palabra: ecoladrillos. Pero, ¿cómo se hace un ecoladrillo? Ella dice esto: “Lo mejor es que se utilicen bidones de seis litros. No se pueden poner orgánicos ni pilas, ni colillas de cigarros ni materiales cortantes. Después, en la base de la botella hay poner materiales blandos como por ejemplo las bolsas transparentes, lo mezclamos con algo de material rígido, que tiene que estar limpio y seco. Hay que cortarlo lo más pequeño que se pueda porque es más fácil para compactar. Para el compactado yo recomiendo hacer una proporción por capas, ponerle que vamos a hablar de un 30 por ciento de material rígido y el resto y material blando. Luego para saber si está finalizado es una buena técnica pararse arriba del ecoladrillo. Si no se hunde, está listo”.

Estos últimos días, dice Joaquín, han sido de mucha reflexión. “Me pasa de que hoy a la hora de presentarme soy Joaquín el fundador de No más colillas y es complejo también, tengo 19 años, vivir con esa presión de ser un agente de cambio, de entender que desde mi persona y con el proyecto estoy generando un cambio de conciencia en las personas, es tremendo”. Pero la presión se contrarresta con la sensación de estar parado en un lugar donde puede alinear sus pensamientos con sus acciones.

Ante la pregunta de si cree que su generación es especial en cuanto a la conciencia ecológica, responde: “A veces siento que ese tipo de frases es para quitarse la culpa, pero creo que es un tema de voluntad y no de llevar la responsabilidad solo a los jóvenes que caímos en un mundo que ya estaba hecho pelota”.

Arenas de vidrio

Para cuidar un recurso

Ana Paula Demaría dice que todo ha sido un desafío, un delirio, una locura. El único conocimiento que tenía sobre el vidrio era por su trabajo en gestión de cobranzas o logística a pequeña escala con empresas de envasado. Lo demás, desconocido. Y, sin embargo, ahora está al frente de un proyecto que transforma esos envases en Arenas de vidrio (está en Instagram).

Todo empezó cuando vio que su trabajo disminuía y “tenía que buscarle la vuelta”.

Lo primero que se le ocurrió fue plantear una campaña de recolección de envases en el verano uruguayo. El problema estaba en que —aprendió entonces— en Uruguay no hay un sistema que reciba al vidrio como materia prima y que la exportación es una osadía. Así que se propuso pensar una alternativa que pudiera implementarse con los recursos y las capacidades preexistentes en el país.

“Vi que había experiencias en otros países de incorporación del vidrio triturado al grado de arena, en mezclas asfálticas, en cemento y mezclas de hormigón. Dije, bueno, vamos a ver por dónde vamos. Ahí el gran desafío era, sin tener las capacidades industriales, cómo hacer para procesar el vidrio al grado de arena y así probar estos distintos usos”.

Piezas de máquinas sueltas que se fueron engranando, la colaboración de la empresa Urugestión, que tenía experiencia en la destrucción de envases y empezaron con la prueba y error hasta que salió. “Fue un largo periplo de ajustes, modificaciones, e implementación de nuevos dispositivos, para poder llegar al producto final que hoy obtenemos que es tal cual arena”.

Aunque la inserción en el mercado es todavía una proyección, están incorporando la arena de vidrio en productos como baldosas de vereda —los primeros 200 metros cuadrados fueron entregados este mes para las inmediaciones de la Fábrica Nacional de Cerveza—, en mayo experimentaron en conjunto y con apoyo de la Intendencia de Flores un tramo en Trinidad, donde se aplicó una mezcla asfáltica diseñada por Grupo Bitafal y desarrollada experimentalmente en el Centro de Investigación en Tecnologías Viales durante 2 años. La importancia de lograr esa materia con el vidrio se explica en que la arena “es el recurso natural más utilizado después del agua y el aire”.

Una moneda ecológica

Esta historia nació de veranos en Piriápolis en los que recolectaban residuos de las playas. Él, Juan Rivero, es surfista y veía las consecuencias de la contaminación de cerca. Ella, Nicole, creció en el interior y en su casa siempre le inculcaron prácticas sostenibles, pero no recuerda un motivo particular por el que empezó a tener más conciencia ecológica, dice que “una cosa fue llevando a otra” y se dio cuenta de que podía hacerse cargo de lo que generaba.

“Somos cuñados, veraneábamos juntos en Piriápolis. Antes no se conocía tanto la palabra microplástico, él fue quien me introdujo en el tema y la problemática. Conocimos lo que era al verlo en nuestras playas y comenzamos a conversar sobre qué podíamos hacer para que todo ese plástico se retirara y reciclara. En el camino nos dimos cuenta de que el plástico llega al océano porque nosotros descartamos incorrectamente nuestros reciclables, no solo porque no tenemos educación y conciencia, sino también porque no existen instrumentos que faciliten estas prácticas. Ahí nos dimos cuenta de que para generar una diferencia debíamos atacar el problema antes”.

Jornadas de recolección en playas, charlas, idas y venidas de ideas, y a la par de sus trabajos previos, fue naciendo el programa Plasticoin, por el que las personas generan créditos que pueden utilizar en distintos comercios al hacer entrega de plástico para reciclar. “Creíamos en ella, pero no sabíamos si a las personas les iba a interesar formar parte, o si las empresas podían ver el atractivo de la propuesta para sumarse. Por eso nos presentamos a un fondo de oportunidades circulares de la Agencia Nacional de Desarrollo que nos favoreció con U$S 5.000 para realizar la plataforma virtual que hoy tenemos y de esa manera poder probar si el sistema generaba el impacto que suponíamos”.

plasticoin
Foto de archivo de puntos de acopio de plasticoin en veranos anteriores. Foto: Ricardo Figueredo

Ganaron, desarrollaron la web y eligieron empezar en Piriápolis. El video que hicieron explicando todo se viralizó y “fue una locura”. Al mes de funcionar, recibieron plástico de 600 personas —esperaban 100—. Aún siguen aprendiendo. “De las cosas que recuerdo, es que recolectábamos los bolsones de plástico tres veces al día. Ahí lo llevábamos a la casa de veraneo de nuestra familia donde clasificábamos. Teníamos organizados horarios en función de lo fuerte que estaba el sol y las horas de disfrute de la playa para que nuestros amigos, conocidos o voluntarios vinieran a casa a clasificar. Y entre medio estaban las limonadas y juegos de mesa”, recuerda Nicole.

En equipo es mejor

Ariana y María Noel son parte de Fridays for Future, un movimiento internacional contra el cambio climático que desde fines de 2018 tiene sus representantes en Uruguay, casi todos chicos y chicas jóvenes. Dice Ariana que en febrero de 2019, frente al Palacio Legislativo, vivieron la primera manifestación que les demostró que eso que estaban haciendo era algo grande, una causa a la que entregarse.

En Uruguay también se unieron a la marcha mundial Fridays For Future. Foto: EFE
En Uruguay también se unieron a la marcha mundial Fridays For Future. Foto: EFE

“Nosotros nos basamos mucho en el cambio en la conciencia de las personas. Es decir, cómo hacer cambios mínimos desde lo que es la conciencia de cada uno para lograr grandes cambios en lo macro después. Porque consideramos que los cambios en lo personal terminan llevando a uno general y terminan llevando los cambios en las políticas públicas, que derivan en un cambio sistémico. Y eso causa una alteración en lo que es el ambiente y un todo como sociedad”, dice Ariana, que en el movimiento encontró una forma de calmar su “ecoansiedad”.

Un grupo de jóvenes promueve una ley para “No más plásticos”

En el Instagram No más plásticos se puede leer sobre un proyecto de ley que jóvenes están elaborando con el fin de reducir los plásticos de un solo uso en Uruguay —a nivel mundial, estos representan el 47% de la contaminación en los océanos—. “Se esquematizó en cuatro páginas cuando comenzamos con la movida —en 2019— y se trabajó con una abogada interesada en el tema que nos ayudó a redactar en base a otros proyectos similares. En ese año, se presentó a autoridades de la Dinama y este año al Ministerio de Ambiente. En ambos casos escucharon y compartieron la preocupación, pero no recibimos devolución del proyecto”, explica Victoria Zapata, que fundó el movimiento junto a Facundo Tomas —ambos estudiantes de Salto—. Actualmente son un equipo de siete personas y están revisando y reescribiendo el borrador en base a lo que han aprendido en estos años de trabajo e investigación, para hacerlo público, esperan, en diciembre.

Mientras, utilizan sus redes para difundir información sobre la temática y participan en debates juveniles tanto a nivel nacional como internacional.

Lo mismo le sucedió a María Noel, que hace menos tiempo que está en el movimiento pero que desde niña vive con una preocupación constante y ha aplicado medidas ecológicas en su estilo de vida, como la clasificación de residuos o la reducción de consumo que, recalca, es fundamental. “Pero me pasó que necesitaba ir un poco más, sentía que en lo individual ya me estaba quedando corta, quería llegar a tener más alcance y a conseguir cosas más grandes porque la situación que vivimos es urgente. Y entonces encontré Fridays. Y está de más también encontrar gente que está en la misma que vos, porque muchas veces otros te tratan de loco y exagerado, pero ahí estamos todos por la misma causa”.

Con la pandemia tuvieron que migrar de las calles a las redes sociales, pero ahora están regresando a las actividades que tienen un impacto en “el mundo real”, como la recolección de basura en playas y las manifestaciones.

¿Hay esperanza? Ariana responde que sí: “Yo creo que mientras haya acción, hay esperanza. Creo que se retroalimentan la acción y la esperanza y que es por ese camino por el que tenemos que ir. Si no tenemos esas dos cositas es como que ya está, rendite”.

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