EDITORIAL

En un mundo paralelo

En lo que va de los tres gobiernos del Frente Amplio no se ha logrado aprobar ni un solo tratado de libre comercio y el único que se firmó, con Chile, duerme en el Parlamento debido a la oposición parapetada en ideologías del partido de gobierno.

Las noticias respecto de la realidad económica de nuestro país siguen siendo mixtas. El último dato oficial conocido sobre la evolución de la economía publicado por el Banco Central la semana pasada, mostró que en el segundo trimestre del presente año el Producto Bruto Interno (PBI) cayó 0,8% en términos desestacionalizados respecto al primer trimestre del año.

Este dato, si bien sorpresivo dado que la mayoría de los analistas no esperaban una caída del producto, no cambia mayormente las perspectivas para 2017 y lo más probable es que de todas formas el país termine creciendo en el entorno del 3% para la tasa anual.

La evolución reciente del mercado de trabajo también es motivo de preocupación. Ya se perdieron unos 40.000 puestos de trabajo en los últimos 2 años y no hay signos de recuperación en 2017; por el contrario, todo parece indicar que se seguirán perdiendo puestos de trabajo.

Otros datos que muestran que la situación de la economía es bastante más compleja que lo que muestra el dato aislado del PBI, es el número creciente de empresas que se presentan a concurso. En lo que va del año ha aumentado 55% respecto del mismo período del año pasado. Al mismo tiempo, indicadores de confianza del consumidor, como el elaborado por la consultora Equipos Consultores, muestra que el ánimo de los uruguayos se encuentra en una zona de "moderado pesimismo".

Por tanto, la situación de la economía para trabajadores y empresarios dista de ser halagüeña y hay una razón fundamental —que el gobierno se ha negado obstinadamente a reconocer— y que es la brutal pérdida de competitividad que acumulamos, sumado a que los motores que pueden impulsar el crecimiento están apagados.

En efecto, los datos recientes confirman una caída de la inversión, sin la cual, como es sabido, no puede existir crecimiento en el largo plazo. Adicionalmente, todos los indicadores de competitividad nos encuentran mal parados, por lo que algunos ejemplos bastarán para ilustrar el punto.

Al presente acumulamos un importante atraso cambiario, del orden del 20% según las más diversas formas de estimarlo. Sin embargo, el ministro Astori afirma suelto de cuerpo que no existe atraso cambiario en nuestro país. La respuesta vino de su propio compañero de partido, Alberto Couriel, quien afirmó que "todos los colegas decimos que hay atraso cambiario menos el Ministro".

Efectivamente, valga por esta vez afirmar que Couriel tiene razón. Y peor aún, mientras el gobierno no admita que existe atraso cambiario, naturalmente no se tomará ninguna medida para corregirlo. Lo mismo ocurre con otros temas que hacen que el país sea poco competitivo.

Tenemos una de las cargas fiscales más altas del mundo sobre el trabajo, como demostró en su reciente libro el economista argentino José Luis Espert. Tenemos tarifas públicas que cumplen un fin de herramientas fiscales y que por lo tanto expolian a los uruguayos. La diferencia abismal de los precios de la energía eléctrica y los combustibles respecto del resto del continente es elocuente al respecto. Esta situación tampoco es admitida por el gobierno, que se contenta con que Ancap deje de perder dinero aunque siga sin saber qué hacer con las formidables inversiones que se realizaron durante la desastrosa gestión de Daniel Martínez, luego continuada con igual éxito por Raúl Sendic.

Nuestra inexistente política de inserción también es un lastre para la producción exportadora: debemos pagar aranceles en casi todos los países del mundo mientras nuestros competidores no lo hacen, simplemente porque tienen gobiernos que se han ocupado del tema. Astori y Nin Novoa hablan un día sí y otro también sobre la necesidad de una mayor apertura comercial, pero la realidad muestra que no han hecho absolutamente nada. En lo que va de los tres gobiernos del Frente Amplio no se ha logrado aprobar ni un solo tratado de libre comercio, y el único que se firmó, con Chile, duerme en el Parlamento debido a la oposición parapetada en ideologías derrotadas por la historia, ostentadas por la mayoría del partido de gobierno.

En definitiva, es lógico que la economía uruguaya tenga problemas para continuar creciendo porque cae la inversión y porque no es competitiva. Si no se corrigen estos temas podremos tener un crecimiento efímero impulsado por el viento de cola que volvió a soplar desde el año pasado, pero la enorme mayoría de los uruguayos no lo sentirá porque se acumulará en sectores de enclave de la economía. El gobierno debería ser consciente de esta situación, salvo que viva en un mundo paralelo.

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