Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Criticar y aportar

El segundo gobierno del presidente Vázquez está resultando muy errático, pero en pocas áreas parece tan falto de rumbo como en la enseñanza.

El segundo gobierno del presidente Vázquez está resultando muy errático, pero en pocas áreas parece tan falto de rumbo como en la enseñanza.

Durante la campaña electoral, Vázquez prometió que cambiaría el ADN de la educación. Apenas electo, constituyó un equipo que sería el encargado de hacerlo y lo colocó en la cúpula del MEC. Los nombres más visibles eran los de la ministra María Julia Muñoz, el subsecretario Fernando Filgueira y el Director de Educación Juan Pedro Mir. Sólo que también decidió mantener casi intacta la antigua cúpula de ANEP, integrada por personas que globalmente representan el inmovilismo y que, en varios casos notorios, no responden políticamente al presidente Vázquez sino a su antecesor.

En los meses siguientes, la ministra Muñoz intentó alimentar la ficción de que esos núcleos venían trabajando armónicamente, hasta el punto de que no había dos equipos sino uno. Pero la gente bien informada sabía que no era cierto. Las tensiones eran constantes y ambos bandos dedicaban lo mejor de sus esfuerzos a neutralizar al otro. Eso es parte de lo que explica que tanto el Poder Ejecutivo como ANEP hayan presentado proyectos de presupuesto en los que no aparece nada parecido a un plan transformador.

Así las cosas, las tensiones aumentaron hasta que todo estalló: unas declaraciones imprudentes de Mir condujeron a su destitución y a la inmediata renuncia de Filgueira. Esto último fue un gesto digno en un país en el que nos hemos acostumbrado a gobiernos en los que nadie renuncia. Pero los dos hechos significaron en conjunto la eliminación del único foco transformador que existía en todo el gobierno de la educación.

Las señales transmitidas desde entonces son preocupantes. Por una parte, el puesto de Mir fue ocupado por una persona cuyo único antecedente conocido es haber sido una estrecha colaboradora de la consejera Laura Motta. Esto sugiere mucha proximidad entre la ministra Muñoz y una consejera que encarna los reflejos más conservadores e inmovilistas del sistema educativo. Por otra parte, la propia ministra Muñoz ha empezado a descafeinar su discurso transformador. Según sus declaraciones más recientes, algo tan tradicional como inaugurar escuelas formaría parte del cambio de ADN educativo.

A ocho meses de iniciado el segundo gobierno de Vázquez, los transformadores perdieron y los conservadores son dueños del terreno. La mesa está servida para otro quinquenio sin cambios en la educación, lo que sumaría quince años de empantanamiento.

En este contexto, la oposición podría limitarse a denunciar cómo se va consolidando la parálisis, lo que le daría cuatro años de hacerle pagar costos al gobierno. Pero el problema es que no sólo el gobierno sufriría daños. Los peores costos los pagarían miles y miles de uruguayos que necesitan cuanto antes una educación de calidad para tener una vida con horizontes.

De modo que la oposición sería irresponsable si se limitara a esperar y criticar. Su desafío es empujar al gobierno a hacer las cosas que no quiere hacer. Eso requiere una combinación de crítica, propuesta y exigencia, sin buscar cargos ni caer en la trampa de acuerdos declarativos. La tarea es buscar resultados sin confundirse con el gobierno.

Si se consolidan quince años de parálisis, la responsabilidad histórica será del Frente Amplio. Pero la oposición debe hacer todo lo posible para impedirlo.

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